Haru no Yurei C1

Modo nocturno

Capítulo 1: Misión Imposible.

¿Han escuchado aquello de los chicos que van a vivir a una casa que no es la suya y todo les sale genial? ¿No? Es un clásico.

Ya saben, los padres del chico se van de viaje o mueren, él va a parar a casa de la tía/sobrina/prima y de allí en adelante, vive rodeado de mujeres hermosas que cumplen todos sus deseos.

Pues eso no fue lo que me pasó a mí.

Bueno, casi no. Mis padres murieron ambos en un accidente cuando yo tenía ocho años. No puedo describir lo horrible que se siente así que no lo voy a intentar, solo diré que todavía los echo de menos y supongo que no dejaré de hacerlo.

Ahora bien. En aquellos años, la hermana de mi papá, y la única familia que tenía, estaba demasiado envuelta en problemas con su esposo y bueno… ni siquiera respondió el teléfono. Se enteraría eventualmente, claro, pero para ese tiempo, ya no era importante.

Acabé al cuidado de una amable señora que vivía a tres casas de distancia de donde yo vivía y es gracias a esa persona que hoy puedo estar aquí, hablando de esto.

La vida me sonrió un poco cuando salí de la escuela elemental y comencé a asistir al colegio. En aquellos años, la directiva estaba al tanto de mi situación y me permitieron tener un trabajo de medio tiempo para pagar las colegiaturas de la escuela y ayudar a la persona que tanto se había preocupado por mí.

Sin embargo, cuando estaba en el instituto, la señora tuvo que ser hospitalizada debido a un problema respiratorio, y a las pocas semanas, falleció. Los médicos se lo atribuyeron a la edad, es que ella tenía ya noventa años.

Así fue como yo me quedé solo.

No tengo intenciones de hacerme la víctima, sé que esta clase de cosas pasan y estoy completamente al tanto de que ni es mi culpa, ni podía hacer mucho más que seguirme esforzando. Eso hice. Ahora, cuando tienes ocho años es una pésima edad para quedarte solo y lo más probable es que acabes en un orfanato si nadie está dispuesto a tomarse esas molestias, o si de verdad no tienes familia.

Pero a los dieciséis años, bien, puedes argumentar que tienes un trabajo de medio tiempo, la casa que te dejaron tus padres, y una vecina (la familia de la señora) que puede ayudarte en caso de que tengas problemas. Lo digo porque después de que falleció la señora, su nieta (quien heredó su casa) llegó a vivir allí. Y yo pude regresar a mi antigua casa que ahora estaba llena de polvo porque desde lo del accidente nadie vivía allí.

Mentiría si digo que no me alegré.

La señora Kaoru (la nieta de la anciana) tiene dos hijos, uno que es mayor que yo, y no vive con ella porque se fue a la universidad, y una chica que va en el mismo instituto que yo, llamada Kamine y como ahora éramos vecinos, simplemente un día decidimos hacer el camino a casa juntos.

Le pregunté por qué no caminaba con su novio a casa, Kamine me respondió que su novio vivía al otro lado de la prefectura. Creo que eso es a lo que yo llamo mala suerte.

De eso veníamos hablando.

-Es una pena, bueno, al menos creo que si yo tuviera novia, me gustaría hacer el camino a casa con ella, él sí que la tiene difícil. –

Kamine asintió con la cabeza

-Lo ha ofrecido varias veces, pero venir hasta aquí solo para irse corriendo porque tiene que tomar el autobús de vuelta no me parece precisamente justo. –

-¿Le dijiste que haces el camino conmigo? –

Pregunté, ella asintió con la cabeza y sonrió.

-Él confía en mí. –

Respondió ella, mirando mi gesto de sorpresa.

Que una chica haga el camino a casa con otro chico debe ser difícil de aceptar, pensaba en que quizá debería hablar con él para que no fuera a malinterpretar las cosas de alguna forma.

Kamine no era precisamente una chica atractiva, hay que decirlo. Sus ojos grandes y cabello corto le daban un toque de lindura, pero su cuerpo era más bien delgado, del tipo de chica que parece que se romperá si presionas su brazo o su cuello con mucha fuerza. Tampoco tenía formas especialmente prominentes. Era una chica de las que podíamos llamar promedio.

A veces, sin que ella lo supiera, yo todavía me preguntaba si era la hija de la señora Kaoru, quien, no está de más decir, tenía pechos grandes.

Llegamos a nuestras casas, o más bien a la de ella, yo aún debía caminar un par de pasos. Ella volteó a verme.

-¿Quieres pasar? –

Preguntó.

Solía pasar, ella lo sabía, a veces simplemente no quería estar solo en casa, y si algo bueno tenía Kamine es que era buena leyendo el ambiente. Me negué cortésmente.

-Creo que debería ir a mi casa. –

-No tienes que ser tan melancólico, sabes que puedes quedarte a cenar. ¿Qué hay de comer en tu casa de todos modos? Seguramente comida instantánea. –

Suspiré. Tenía razón.

-De acuerdo. –

No me sentía del todo cómodo viniendo aquí a hurtar comida. Creo que esa era la razón por la que no me gustaba pasar. Estaba justo a la mitad de una decisión siempre difícil, dicho esto, no era común que me negara.

Kamine abrió la puerta.

-Kaa-san, ya vine, traje a Toshikane-kun conmigo. –

Si… ese es mi nombre, Otagane Toshikane.

-Aha, eso es bueno, la cena estará lista en un minuto. –

Pasé y acomodé mis zapatos mientras ella entraba dejando su mochila en la entrada.

-Con permiso. –

Dije, la señora asomó la cara por la cocina.

-Ah, me da gusto que hayan llegado, siéntense un momento, la cena estará lista pronto. ¿Te quedarás a la cena? Otagane-kun. –

Saludó la señora. Le dije que sí y pasé a la sala, Kamine estaba sentada y ya había encendido el televisor.

-Kamine, necesito que vayas a la combini por un par de cosas. –

Comentó la señora, saliendo de la cocina mientras se limpiaba las manos.

-Si gusta puedo ir yo, señora. –

Ofrecí, era mi forma de pagar por lo que la señora estaba haciendo por mí, porque como he dicho, era cotidiano.

– Toshikane-kun quiere ir. –

Agregó Kamine, y siguió viendo el televisor.

La señora suspiró y me dio un papel y algo de dinero.

-Un shampóo para baño, toallas para la cocina y una lata de conservas. –

Fui y vine de la combini lo más rápido que pude. Cuando volví, ya estaba la mesa puesta y entregué las cosas a la señora.

-Sube el shampóo al baño, y ya que estés allí, te lavas las manos, la cena ya está servida. –

Ordenó la señora, tomando un par de esas toallas para cocina y colocándolas debajo de un plato para recoger la grasa del pescado.

Después de eso fui a lavarme las manos y puse el shampóo en donde debería. Algo atrajo mi atención y sin entender muy bien porque estaba haciéndolo, me acerqué a la cesta de la ropa sucia. Había allí un sostén. Aquello me hizo reír, pero también picó mi curiosidad. Me acerqué y lo levanté. Era uno grande, posiblemente de la señora.

Me sentí un poco mal por hacer eso en una casa que de todos modos no era mía. Pero… bueno, la verdad es que sabía que la mujer tenía los pechos grandes, pero nunca imaginé que eran tan grandes. Eran más grandes que mi mano.

De hecho, creo que tendría que usar mis dos manos para cubrir uno de ellos en totalidad.

Me encontré pensando que deberían ser algo pesados.

Dejé el sostén allí tratando de no pensar más en el asunto, y me lavé las manos luego de eso para ir a comer.

———–

Durante la cena, no pude evitar pensar en lo que había visto, la señora se dio cuenta de que la estaba mirando por mucho tiempo y preguntó.

-¿Pasa algo? –

Aturdido y avergonzado, bajé la mirada al tiempo que negaba con la cabeza.

-No… no es nada… –

-¿La comida es buena? –

Preguntó de nuevo, supongo que mi excusa le compró poco. Como sea, asentí con la cabeza.

-Muy buena… es solo eso… –

Le dije, entonces la señora Kaoru encogió los hombros y siguió comiendo.

Espero que no se haya dado cuenta de lo que estaba viendo o de lo que había visto.

Tenía que salir de allí lo más pronto posible.

Estúpido sujetador.

Solo me puso ideas tontas en la cabeza que me hicieron pasar una vergüenza.

No hablé más con Kamine durante todo el rato, y luego de que terminamos de cenar, la señora subió a su cuarto y Kamine recibió una llamada telefónica de su novio, se quedaron hablando.

Yo agradecí por la cena y me fui a casa.

———–

Por la noche, la única cosa que pude pensar fue en el tamaño del sostén de la señora Kaoru, y por ende en el tamaño de sus pechos.

Eran grandes, y el sujetador no tenía relleno, ni creo que con esa clase de sostener haya necesidad alguna de poner relleno. ¿Serían suaves? ¿Serían duros? ¿Qué forma tendrían?

Eran las únicas cosas que podía pensar.

Estaba absolutamente seguro de que lo que me preguntaba no tenía sentido, porque la verdad es que no tenía forma de averiguarlo.

Quizá si fuera más mayor, algo podría hacerse.

Siempre usaba revistas o buscaba cosas en internet para masturbarme, en aquel momento no hizo falta, solamente el pensamiento de poder tocar esas enormes cosas bastó para que tuviera que ir al baño cuando menos tres veces.

Lo dejé porque decidí que era una completa locura y que por mucho que hiciera, a no ser que espiara o que algo extraordinario sucediera, no iba a tener la respuesta a esas preguntas.

Sentí una envidia inmensa por quien quiera que estuviera acostándose con ella, si es que lo había, pero lo cierto es que esos pechos estaban fuera de mi alcance.

No sé qué me pasó.

Al día siguiente incluso me sentí como un idiota por haber pensado de esa forma. Es decir, ni siquiera era así como yo veía a la señora. Fui a la escuela como normalmente hacía, volví a casa como normalmente hacía, y Kamine me invitó a cenar de nuevo.

Ver a la señora no me produjo ninguna impresión.

No era la señora.

Era el sostén.

Fui a lavarme las manos antes de cenar.

Me encontré con que me decepcionó que la pieza de ropa interior no estaba allí, pero al menos así evitaría molestar a la señora con una mirada indiscreta.

La historia se repitió igual hasta que salí de aquella casa.

“Demonios”

Dije, cuando salí de allí.

No sé en qué estaba pensando, a decir verdad, solo sabía una cosa, quería volver a ver ese sostén.

Volver a mi casa solo, por la noche, solo puso en mi cabeza la idea estúpida de que necesitaba ese sostén. Pero evidentemente a estas alturas estaría lavado y tendido, o quizá seco y en los cajones de ropa de la señora. Es decir, eso sería lo normal ¿No es cierto?

Pero a pesar de que aquella era como mi segunda casa, yo nunca había puesto un pie en el cuarto de la señora. ¿Cómo iba a hacerme con él?

Y así, fue como me sorprendí pensando.

¿En serio me estaba haciendo esa pregunta?

Pero masturbarme no ayudaba mucho, al contrario, solo lo hacía más doloroso, quizá si usara… el sostén de la señora…

La idea volvió a mi cabeza.

Yo sabía que era una estupidez.

Si cualquier persona se diera cuenta de lo que estaba pensando, estaría en problemas, arruinaría mi vida, pero no podía sacarme la idea de la cabeza.

“Será solamente esta vez, no tendría que volver a hacerlo nunca”

Pensaba mientras iba de un lado a otro de mi casa, con la luz apagada, a media noche, con una tienda de campaña en el pantalón que no me dejaba caminar.

“Entraré, tomaré el sostén y me largaré… nadie se enterará que fui yo, es más, puede que ni siquiera noten la ausencia de una sola prenda.”

Un chico como yo no debería tener los medios para pensar de esa forma. No debería tener los medios para entrar a una casa a donde viven dos mujeres solas.

Pero los tenía.

Esa era la verdad.

Yo sabía en donde guardaban las llaves de repuesto.

Solo tenía que entrar un día, tomar las llaves, salir y volver… por la noche.

Esto era demasiado poder. Era demasiado tentador. No era justo para nada.

Si la señora se daba cuenta de que había sido yo, estaría jodido. Si Kamine se daba cuenta, también. Si la policía se enteraba, lo estaría aún más.

Aun así.

Aun así lo iba a intentar.

———-

El día, un viernes por cierto, se repitió de lo más normal. Volví a caminar al lado de Kamine, a quien no quería mirar a la cara. Creo que mi conciencia aun me recriminaba estar actuando de la forma que lo hacía, o que quería hacerlo, o que planeaba hacerlo.

Ya no sé.

El caso es que ella notó que algo no estaba del todo bien, y preguntó.

-¿Algo anda mal? –

Preguntó ella ocasionalmente, yo negué con la cabeza.

-Déjame adivinar… reprobaste. –

Dijo Kamine, en tono compasivo, yo voltee a verla.

-Claro que no, me esfuerzo en clases, créeme. –

-¿Alguien te rechazó? –

-No… bueno, no del todo. –

Le dije, bajé la cabeza de nuevo.

No estaba mintiéndole.

Le había pedido una cita a una chica llamada Akane, hacía un par de semanas, pero da la casualidad que ella se iba a transferir a la semana que seguía. Me lo dijo, supongo yo que no quería que perdiera mi tiempo.

Lo cierto es que si se transfirió.

Kamine no lo sabía, no estaba del todo interesado en que lo supiera, pero creo que la culpa me hizo sacarlo de todos modos.

-Anímate, quizá si decides decirle de nuevo… –

-No creo que pueda, la razón de que dijera que no es que estaba a punto de transferirse. –

Y comencé a contarle lo que había pasado. Pasamos el camino a casa en medio de ese relato. Pero cuando entramos a su casa y yo recordé lo que había venido a hacer, me puse manos a la obra.

-Espero no estar causando muchas molestias últimamente. –

Me disculpe frente a la señora.

-Para nada, nos alegra mucho que estés aquí, siéntete como en tu casa. –

Respondió la señora, mientras servía la cena, comenzamos a comer, mientras Kamine contaba a su mama sobre un incidente en clase de educación física. Yo suspiré y me puse de pie. Ambas me miraron.

-Un segundo, tengo que ir al baño. –

Comenté.

Ella siguieron conversando mientras yo subía las escaleras.

En la planta de arriba hay una maceta con una flor. Debajo de esa maceta están las llaves. Están allí porque son llaves de todos los cuartos, justo como las de la señora. La llave que guardan bajo el tapete solo abrirá la puerta de entrada.

Tomé las llaves sin hacer ruido, y entré al baño luego de eso, me mojé un poco la cara para calmarme.

Baje las escaleras y seguí cenando.

Incluso platiqué un poco con Kamine para despertar un poco más, luego pregunté porque no había hablado con su novio esta vez.

Siempre lo hacía luego de la cena.

-Creo que tiene una reunión familiar, y yo no debería molestarlo el día de hoy, igual creo que nos veremos mañana. –

-Buena suerte. –

Comenté, ella asintió y sonrió.

-Gracias. –

Y luego de aquello, salí de la casa.

———-

Media noche.

Hora de actuar.

Nunca salía de mi casa a estas horas, todo estaba absolutamente silencioso aquí en el barrio donde yo vivía. Se escuchó el ladrido de un perro en la lejanía y un automóvil pasó a dos calles de donde estaba.

Las luces de todas las casas estaban apagadas.

El corazón me latía con fuerza mientras cruzaba la puerta de la cerca y subía los dos escalones pequeños en la puerta de la entrada.

Me paré en el tapete, mirando la pequeña rendija de la puerta para saber si había luz.

Estaba apagada.

Tragué saliva.

Muy bien, es el último momento para arrepentirse, oficialmente, lo que iba a hacer, era algo problemático. Si iba a darme la vuelta, lo mejor es que lo hiciera ahora… maldición… juro que la llave entró en la cerradura sola.

Abrí la puerta.

¿Qué iba a decir si me encontraban? No tenía excusa alguna, así que no podía dejar que me atraparan. Ni siquiera hizo falta acostumbrarme a la oscuridad, yo conocía perfectamente la casa. La madera chirrió un poco a medida que caminé sobre ella, me apresuré a quitarme los zapatos, pero los escondí, sólo por si acaso.

Subí las escaleras en el más absoluto de los silencios, cuidando cada paso, y a cada paso, sentí que el corazón se me aceleraba y mi respiración también.

Quise arrepentirme muchas veces, pero ya estaba dentro.

Me acerqué al cuarto de Kamine. Luces apagadas, ni un ruido. Evidentemente ella dormía. Y caminé hasta donde estaba el cuarto de la señora Kaoru.

Metí la llave y la giré lo más lentamente que pude, para luego abrir la puerta, que chirrió ligeramente. La ventana estaba abierta y la señora dormía. Podría pescar un resfriado de esa forma.

Me acerqué a su cama en silencio, mirándola dormir.

Dormida bocabajo con el trasero un tanto levantado.

Y yo con una erección incontrolable.

De pronto se me ocurrió una idea. Alcancé su trasero con la mano, y lo acaricié lenta y suavemente, solo por unos momentos.

Fue delicioso.

-No debería dormir con la ventana abierta. –

Susurré. Luego quité mi mano de allí.

Podía despertar y esto se habría arruinado. Sin perder más el tiempo, volví la vista a los muebles. Comencé a abrir cada uno de los cajones y a cerrarlos con el mayor silencio posible. La señora no despertó.

Finalmente, reparé mi vista en un cajón en el pequeño mueble a un lado de la cama.

¿Podía ser ese?

Me acerqué con cuidado, y como estaba a un lado de la cama, pude escucharla respirar cuando me hinqué frente al mueble.

La luz de la luna y la iluminación afuera entraban por la ventana abierta lo suficiente como para que yo pudiera ver lo que había en el cajón.

Bingo.

Era su ropa interior. Tomé uno de sus sostenes, eran justo como los recordaba. Había pantis allí también, pero esas no me interesaban. Y había algo más.

Una pequeña cajita con un aparato dentro. Lo saqué para ver lo que era, un aparato vibrador.

Vaya. La señora tenía sus gustitos. No sé porque me sorprendía tanto, era una mujer. Pero jamás la vería de la misma forma después de saber lo que había aquí.

Me preguntaba ahora si ella “jugaba” seguido con este pequeño juguete.

Cerré el cajón, ya tenía lo que había venido a buscar, así que era momento de irse.

Pero con el sonido del cajón sentí como ella despertó y me apresuré a meterme debajo de la cama.

-¿Hola? –

Se escuchó, una voz con miedo y desconcertada. Yo me tapé la boca para que el sonido de mi respiración no fuera a descubrirme. La señora parece haberse convencido de que no había nadie, pude sentir desde donde estaba que ella volvió a dormir después de unos momentos.

Esperé un minuto para estar seguro, y luego salí de allí.

———-

Aquello había sido, hasta el momento, la emoción más fuerte que yo había sentido en mi vida, casi se me sale el corazón pero ni así voy a negar que me sentí victorioso cuando por fin cerré la puerta de mi casa detrás de mí.

Lo tenía.

Lo oprimí contra mi cara y olfatee.

Estaba limpio, olía a jabón.

Aun así, era su sostén, sus pechos tenían que haber estado allí infinidad de veces.

Lo disfruté tantas veces como pueden

De la forma que todos saben.