Jimen no Hoshi C28

Modo nocturno

Capítulo 28: La prueba del silencio.

Al día siguiente, después de levantarme escuchando las trompetas, a eso de las seis de la mañana, me dirigí a la cocina, pensando en que posiblemente pudiera continuar ayudando a las señoras, pero antes que eso fueron a buscarme a mí. Yo estaba dispuesto a cualquier cosa en ese momento, quiero decir que ningún trabajo me molestaba.

Cortar leña. Aquí se usaba mucho la leña para todo, para cocinar, para encender la chimenea, incluso para hacer hogueras que iluminaran los descampados por la noche. Así que eso hice, pero como nunca había hecho un trabajo pesado en toda mi vida, pronto mis manos se llenaron de ampollas, sangre y astillas.

Ni siquiera me quejé, era mi castigo, mi castigo por haber sido débil, mi castigo por haber sido cobarde. Por no poder cumplir mi promesa.

No fallaría una segunda vez.

Después de pasarme la mañana cortando leña, me llevaron de nuevo a uno de los edificios, en el segundo piso de este, me detuve. Había un balcón que miraba hacia el bosque y allí había una soga enrollada en el barandal.

Había una persona allí parada, junto a la soga. Los otros dos compañeros se fueron.

–Bienvenido. –

Me dijo, era un hombre grande, yo lo miré por un momento, luego me presenté con una breve inclinación.

–Estoy a su cuidado. –

– ¿Empezamos? –

Asentí con la cabeza, el hombre debería tener unos treinta años, el cabello estaba sujeto con una pequeña cola de caballo, y usaba una yukata tradicional. No nos presentamos, de cualquier forma, aunque estaba acostumbrándome a que aquí casi nadie se presentaba.

–Toma esa soga y átala a uno de tus tobillos, luego lánzate por el balcón. –

Esa fue la orden que me dio. Dudé por un momento, pero como él parecía serio, decidí que no era tiempo de hacer preguntas. Hice lo que me dijo que hiciera, tengo que admitir que dudé un poco al momento de lanzarme, pero si quisieran que me matara por arrojarme, de nada serviría la cuerda. Así pues, atando la cuerda fuertemente para no lastimarme, mi cara quedó a escasos treinta centímetros del suelo.

– ¿Ahora qué? –

Pregunté desde abajo… dudando acerca de si debería soltarme, pero como lo había atado tan duramente, probablemente no pudiera desatarlo estando colgado.

–Ahora tienes que volver a subir. –

Dijo un compañero, que estaba detrás de mí, martillando algo… yo sostuve la cuerda con mis manos para enderezarme, provocaba escozor en mis palmas, sobre todo después de haber estado cortando leña, pero aun así comencé a subir, iba a medio camino cuando desde el balcón, el hombre, usando un palo, me golpeó. Eso me hizo soltar la cuerda y volver a caer.

Intenté volver a subir, y traté de esquivar el golpe, pero no funcionó y volví a quedar colgado. Intenté cubrirme, y volví a caer. Cada vez que llevaba una cierta distancia, recibía un golpe. Después de la sexta o séptima vez, vomité.

–Soporta el dolor… si no soportas el dolor, nunca podrás regresar a este balcón. –

Me dijo el sujeto parado desde arriba. Batí la cabeza para librarme del mareo, de todos modos ya había recibido demasiados palos y no había logrado nada. Si soportarlo me iba a hacer llegar de nuevo arriba, entonces lo intentaría.

Esta vez ignoré al sujeto con el palo. Fue doloroso, es cierto, pero logré subir. Tenía las manos enrojecidas y varios golpes en la espalda y los brazos, además de la cara. Pero logré llegar. El hombre de la yukata me extendió un cuchillo.

–Corta la cuerda. –

Dijo, y eso hice, el nudo quedó alrededor de mi tobillo, lo deshice después, y me puse de pie de nuevo.

–Vuelve mañana. –

Dijo.

Agradecí apropiadamente, y luego me fui de allí. Prepararon luego la comida. Patatas dulces y leche. Comí sentado sobre un tronco de madera, en un plato de madera. Pero luego de todo ese trabajo, fue como si cenara un menú elegante.

Al día siguiente, luego de levantarnos con el sonido de la trompeta y el canto a la bandera, pusieron una espada de madera en mis manos, y había frente a mí un tronco. Dai Sensei estaba conmigo.

–Repite esto. –

E hizo un movimiento con la espada. Firme, decidido, directo. El tronco se partió. Colocaron un nuevo tronco frente a mí. Yo repetí el movimiento, pero como mis movimientos eran inexpertos y además vacilantes, no conseguí nada.

–Nuevamente. –

Me dijo. Y lo hice de nuevo. La vibración de las manos pronto me entumeció, pero seguí repitiendo, y repitiendo, y repitiendo. Hasta el medio día en que tuve que cambiar de actividad, no obtuve ningún resultado.

–Eres demasiado grande para convertirte en un maestro de la espada, nunca serás un experto, pero si te esfuerzas, llegarás a manejarla dignamente. –

Me dijo Dai Sensei. Luego se fue.

Volví al balcón después de desayunar. La misma prueba, la misma cuerda, los mismos golpes.

La prueba del agua al día siguiente, soporte treinta minutos, rompí una espada de madera al día siguiente, me dieron otra, y otra después de esa, el tronco no se partía, pero yo seguía intentando. Poco a poco, al pasar de los días, fui soportando más tiempo en la prueba del agua, mis movimientos se volvieron menos vacilantes con la espada de práctica, las manos ya no se entumecían, y cada día que lo hacía, la cuerda era más, y más corta, pues seguía dejando el nudo en el tobillo al momento de cortar.

Los días sábado eran para meditar. Nos pasábamos largas horas meditando. Yo pensaba en todo, en Himiko, en mis padres, en las cosas que había visto, en mis compañeros de la escuela, incluso en los vecinos en ocasiones. Recordando muchas cosas fue como comencé a hacerme preguntas a mí mismo, preguntas que nunca nadie hacía porque no tenían tiempo de pensarlo ¿Por qué actuaban así? ¿Por qué hacían las cosas que hacían? ¿Por qué yo hacía las cosas que hacía?

De allí que piense que es importante conocerse a sí mismo. No voy a poner aquí todo lo que aprendí sobre mí mismo y sobre los demás, y también es cierto que nunca obtenía una respuesta concreta a mis preguntas, pero poco a poco, comencé a comprender muchas cosas acerca del mundo que me rodeaba.

Una de las muchas cosas que me di cuenta meditando fue que, con respecto a Himiko, ella en realidad siempre sintió que era “una chica problemática” y que por ello no merecía ser amada. No puedo recordar con exactitud la cantidad de veces que peleamos o nos disgustamos porque ella tenía esa idea en la cabeza. Yo asumía que el problema terminaba, sólo porque ella amablemente aceptaba lo que yo le decía. Pero ahora que lo meditaba, Himiko nunca lo creyó en realidad.

La prueba está en que el problema aparecía de nuevo tres o cuatro días después bajo alguna nueva mascara. Hasta el día en que se fue. Siendo así, no me quedaba otra alternativa que cumplir mi promesa, de seguir amándola a pesar de sus fallas, a pesar de sus caprichos, a pesar de lo que pensaba, a pesar de todo y de todos.

Amarla incluso a pesar de que ella ya no existía.

De todos modos no había pasado una sola noche en que no llorara hasta dormir, para soñar una y otra vez con esa tarde en mi habitación.

Lo repito, tenía que haber dicho que sí.

––––––––––

Otra cosa para lo que usaba los sábados, al menos mientras estuviera allí, fue para leer. En el templo había muchísimos libros, en un edificio que vendría a ser algo así como una biblioteca (solo que no había bibliotecarios) donde podías tomar lo que fuera.

El primero que leí, era el libro de la obra de Himiko, luego uno acerca de dos sujetos que iban en un viaje de negocios, luego el señor de los anillos, y después el libro prohibido de no sé qué…. Centenares de libros pasaron por mis manos, de todos los temas, algo aprendía de cada uno, y eso era reconfortante para mí, por otro lado, tenía la impresión de que el abuelo de Himiko había sido alguien sabio.

El domingo era un día que los jóvenes teníamos libre… a medias por así decirlo. Es cierto que no había pruebas que hacer, tampoco se asignaban deberes, pero… ¿Qué podía hacer un chico de quince años que pudiera considerarse diversión en un sitio como ese?

No había televisión, videojuegos ni electricidad. Tampoco había citas y casi nadie hablaba demasiado. No había bicicletas, balones o cosas por el estilo. Nada. Los primeros dos domingos me la pase pensando en que debería hacer con mis domingos. Luego de eso comencé a ayudar a quien necesitara ayuda. Algunas veces en la cocina, otras veces reparando cosas, otras veces llevando encargos. Eso me ayudó mucho para conocer a la gente con la que vivía, era deplorable pensar que llevaba allí un mes y todavía no sabía nada de las personas que vivían en el mismo sitio que yo.

El único domingo en que realmente no encontré nada que hacer, me puse a practicar mis movimientos de la katana. Llevaba ya cuatro movimientos aprendidos. Me acuerdo muy bien porque esa fue la primera vez que el tronco se astilló.

Entre los deberes normales, que se hacían cuando no estábamos haciendo entrenamiento, se incluía trabajar en el campo de arroz, revisar las trampas para las pieles, ayudar a las aldeas vecinas con el cuidado de su ganado y el transporte de sus cosechas, limpiar, reparar, construir cosas, cocinar y muchas otras cosas que eran necesarias para la vida en el fuerte.

Aprendí como despellejar un conejo, un ciervo, un zorro. A curtir las pieles usando los sesos de los animales, (cada animal lleva sesos suficientes para curtir su piel con ellos) a limpiar y cocinar la carne e incluso a hacer cosas con las pieles. A cultivar hortalizas y a cortar el bambú, que no era muy abundante, pero si era importante, y a distinguir cuando hay plaga en esa u otra planta. Me hubiera gustado aprender a hacer herrería, porque había un herrero, pero no tuve tanto tiempo.

Cuando llegó el otoño, todo el mundo se puso a revisar los techos y  construir empalizadas anti–nieve, que era para lo que en realidad servían los muros que había, y según me dijeron, la zona se llenaba tanto de nieve que en ocasiones podía llegar a atascar a la gente y a los animales, y eso era sumamente peligroso. Durante ese otoño dejé de hacer la prueba de la cuerda, pues quedaban solo cincuenta centímetros de cuerda, cuando inicialmente, me dijeron, medía seis metros.

No negaré que me sentí realizado con ello. Aunque sabía que pronto habría otra prueba.

–––––––––

Llegó el invierno.

Con la llegada del invierno muchas cosas cambiaron. Ahora que la época de cosechas había terminado, la mayoría de las cosas que hacíamos aparte del entrenamiento, era ejercitarnos, meditar, leer, y por supuesto, ir a buscar leña para tener con que calentarnos por la noche.

Seguimos levantándonos todos los días a la misma hora, para escuchar el juramento a la bandera. Luego los chicos y yo íbamos a cortar leña, entrenábamos antes de volver, y volvíamos con al menos diez kilogramos de troncos cortados cada uno. Almacenábamos la leña que no usaban en el sótano.

Fue también durante el invierno que dejé de estar solo en la habitación, supongo que no era nada fácil conseguir nueva gente para vivir en este sitio, eso puede haber causado que no durmiera nadie conmigo durante tanto tiempo. Pero ahora tenía dos compañeros, evidentemente varones los dos.

No hablamos mucho, y no puedo recordar siquiera sus caras, sólo recuerdo que uno de ellos permaneció un largo rato mirándome, para luego decir:

–Tu eres diferente ¿No es cierto? –

Preguntó, acabábamos de presentarnos y no comprendí su pregunta.

–No eres ainu ¿cierto? –

Preguntó.

–Claro que no. –

Respondí, algo ofendido.

–Tengo abuelos coreanos, es todo. –

Le dije, él me miró con desconfianza, luego su rostro se suavizó.

–No le hagas caso, es un burakumin. –

Dijo el otro, mirándolo con algo de desprecio. Yo volteé a verlo, tampoco parecía cien por cien japonés.

– ¿Y tú? –

Pregunté, aquel a quien habían llamado burakumin volteó también.

–Mitad chino. –

Agregó. Yo me llevé una palma a la cara. ¿Era por eso que me tenían aquí? Maldición, ni siquiera aquí podía librarme de aquello. No había nada que hacer.

– ¿No era un edicto imperial el que eliminaba la distinción de castas? –

Pregunté, a modo de respuesta.

Era cierto, lo había. El edicto que abolía el sistema de castas al que supuestamente pertenecen los ainu y los burakumin. Ya que fue dictaminado por el emperador mismo, se supone que es absoluto. Ni siquiera la constitución del 1946 pudo meterse con ese edicto.

–No te preocupes, lo entiendo, soy un burakumin después de todo, es difícil olvidarlo, ellos no lo olvidarán. –

Me dijo el que decía que era burakumin. ¿Y así me había llamado Ainu?

–Escuchen, no tengo ninguna gana de separar a las personas por esa clase de cosas, aquí la vida es muy simple, o eres japonés o no lo eres, es todo. –

–Por eso es que estamos aquí. –

Respondió el mitad chino. Resulta gracioso que ahora, a pesar de haber dicho que no los iba a segregar por ello, sólo recuerdo que era un burakumin y un mitad chino, pero no recuerdo sus nombres. Pero no intentaba ser un mal sujeto, ni lo intento ahora.

–Sea como sea, espero que podamos llevarnos bien… parece que nuestras raíces es la razón por la que nos tienen aquí, es un poco injusto. –

– ¿Te parece que es injusto? Cámbialo. –

Les dije.

–Imposible. –

Se quejó el mitad chino.

–Entonces deja de quejarte. –

Le dije yo.

– ¿No te acompleja? –

– ¡Claro que no! Estoy aquí, dando mi mejor esfuerzo, para probarme a mí mismo que soy un hombre y que soy japonés, tú dices que es imposible, yo digo que es posible, tú te sientas a esperar a que las cosas cambien, yo voy y lo cambio por la fuerza, veremos cual funciona mejor. –

– ¿Y cómo planeas hacer eso, chico listo? –

–Demostrando que eres la excepción. –

Respondí, tapándome para dormir. No tenía ganas de discutir con gente así. Seguro que no se podía vivir acomplejado toda la vida. Es decir, puede que no te acepten así como así, es normal, si hay una gran diferencia entre ellos y yo. Pero si sigues esforzándote, seguro que los convences de que lo que hay en tu interior es más importante.

Y en el mío había un enorme sol naciente que quería mostrar al mundo que allí estaba.

Si había convencido a Himiko, entonces podía convencer a cualquier persona.

––––––––––

Tiempo después comenzaron las nevadas. Nuestras salidas se restringieron por ello, y la única vez que salimos, fue porque una de las ovejas que teníamos se extravió. Todo lo demás lo hacíamos dentro. Cuidar a los animales, reparar cosas, incluso el entrenamiento.

También aprendí sobre mecánica. Me daba un cierto gusto que estaba convirtiéndome en una especie de chico–multiusos, que podría hacer frente a cada cosa que se le presentara en la vida.

Fue durante ese tiempo que la cara de Himiko comenzó a cambiar. Poco a poco ella iba mostrando una sonrisa, cada día, mientras cerraba los ojos, ella iba sonriendo más, y más.

Ignoro si a ella le gustaría este lugar, pero estaba claro que algún progreso tenía que estar haciendo, y eso me ayudó al menos, a dejar de llorar hasta el cansancio por las noches.

Hablaba con ella sobre lo que me pasaba, eso sí.

Debido al poco tiempo que había libre en realidad, yo casi nunca tenía tiempo de hablar con nadie. No es como que quisiera hablar, de cualquier modo. Incluso así, estaba convencido de que todos allí teníamos una historia, un pasado. Me ordenaron, junto con una chica de cabellos rojos, quitar el hollín de las chimeneas, era un trabajo duro, pero se decía que se aproximaba una nevada, y lo mejor es que las chimeneas estuvieran limpias. La chica no hablaba para nada, completamente absorta en lo que estábamos haciendo, parecía actuar mecánicamente.

– ¿Sabes cuándo llegará la nevada? –

Pregunté, era una pregunta tonta, pero lo hice por iniciar conversación. Ella me miró por unos momentos, sin rastro alguno de emoción, sin agrado ni desagrado, sin enojo ni tristeza. Parecía más joven que yo, bastante más joven en realidad. Diez años, o doce, cuando más.

–Trabaja. –

Fue lo único que me respondió, y siguió limpiando, me encogí de hombros y continué.

La siguiente vez que la vi, fue algo así como cinco días después, mientras limpiaba el piso superior del edificio central, ella estaba parada frente a la chimenea, absorta mirando al fuego.

– ¿Te gusta el fuego? Es lo mejor en estos tiempos de frio ¿No es verdad? –

–Lo odio. –

Dijo ella, sin voltear. No hubo ningún tono en su voz tampoco, respondió mecánicamente.

– ¿Odias el fuego? –

Pregunté, enjuagando el trapo que estaba utilizando en un balde con agua.

–Limpia. –

Respondió.

–Al menos podrías decirme tu nombre. –

Le dije, quizá estaba harto de que sólo respondiera con órdenes secas y llanas.

–Yukihana, ahora limpia. –

Me dijo, y dándose la vuelta, se fue. No la vi en el resto del día.

La siguiente vez que la vi, estaba haciendo la prueba del agua por enésima vez. Y estaba terriblemente dolorido y a punto de caer. El cuarto estaba vacío. Siete horas era mi marca en aquel momento, lo recuerdo bien porque faltaban treinta minutos para romperla. Pero los hombros me dolían terriblemente y estaba sudando, a punto de desfallecer.

En ese momento, Yukihana entró a la habitación. Concentrado como estaba, no le di ninguna importancia.

–No tienes que seguir haciéndolo. –

Dijo de la nada.

–Sólo me falta un poco más. –

–Es hora de comer. –

Seguro que no me iba a dejar terminar mi marca, así que bajé la vara. Los hombros me dolían.

–Vine a decirte, mañana inicias con una nueva prueba… ahora vamos al comedor. –

Y después de eso, Yukihana salió de la habitación,  yo me sobé los hombros. Estaba tan cerca de romper la marca de siete horas, que sinceramente me sentí mal por no haber continuado, pero si ellos decían que no había necesidad de continuar, entonces estaba bien. Por otro lado, la idea de una prueba nueva me emocionaba.

Que tonto fui.

––––––––––

Al día siguiente, muy temprano, poco antes de que sonara la trompeta, Yukihana fue hasta donde estaba dormido y me despertó, arrojándome un trapo mojado sobre la cara. No fue muy amable de su parte.

–Es hora. –

Dijo. Luego salió de los dormitorios.

Presentamos el correspondiente honor a la bandera para luego seguir caminando. Aunque yo nunca la había visto en todos los anteriores honores a la bandera. Tampoco parecía ser nueva.

Ella nunca dormía junto con nosotros, puede que fuera porque era una chica, pero yo no sabía dónde dormía o a qué hora era eso. Cruzamos el campo de entrenamiento después de eso para ir a un edificio al que yo nunca había entrado. Ella se limitó a caminar en silencio y yo a seguirla. Hay que decir que aún estaba emocionado. Ella llevaba una vara de madera algo larga, yo sólo tenía el trapo que ella me había arrojado al despertarme.

Corrió la puerta del edificio y entró, yo me quedé en la entrada, no había nada en esta habitación, como no fueran unas escaleras al fondo y una especie de kadomatsu en el centro.

– ¿Qué es este lugar? –

Pregunté, parecía algo así como un templo.

–Eso no es importante, ahora límpialo. –

Dijo ella, dándose la vuelta para mirarme, sosteniendo la vara de madera, tuve un mal presentimiento.

–Es tu prueba, recuerda esto: No debes hacer ruido. –

–Entiendo. –

Dije, haciendo una reverencia y entrando, el piso chirriaba. Y fue entonces cuando el tormento comenzó. Ella usó la vara para golpearme.

–Dije, sin ruido. –

Dijo ella, se contuvo al golpearme, pero eso no evitó que doliera. Eso y la sorpresa me hicieron quejarme.

–Oye, espera… –

Nuevamente fui golpeado.

–Sin ruido. –

Así que de eso iba esta prueba. El único problema es que el piso era de madera, y no podía dar un sólo paso sin que la madera sonara con un chirrido, y eso era un golpe seguro. Decidí que me acostumbraría al dolor mientras intentaba limpiar una ventana, pero luego de una docena de golpes, aquello fue imposible de soportar.

Yukihana no habló en ningún momento, sólo me golpeaba si hacía cualquier ruido, si hablaba, si respiraba, si el piso chirriaba, si el trapo con el que limpiaba sonaba, todo eran golpes. No creo que esto se tratara de acostumbrarse, poco a poco fui entendiendo de que iba el entrenamiento.

Eso no lo hizo más fácil, acabé después de dos horas con los brazos y las piernas amoratados por los golpes.

Fueron cuatro días, ocho horas para cada día. Cuando el piso quedó completamente limpio y yo estaba bien golpeado, me indicó las escaleras.

–Puedes hablar, pero no hagas ruido con los pies o las manos, ahora sube, falta otro piso. –

–De acuerdo. –

Al menos me había ganado el derecho de hablar. Otro cuarto, igualmente vacío. Cerré los ojos para recordar por qué hacía estas cosas. Mi voluntad volvió. Hagamos esto.

Tres días más de este entrenamiento. Fueron muchos menos golpes esta vez, al tercer día, ella tenía una sonrisa marcada en el rostro, una sonrisa de satisfacción, supongo que es porque estaba progresando, ya podía caminar sin hacer ruido, y aunque a veces me distraía, entendí que todo esto era parte del entrenamiento. Así que ya no me quejé.

Combinado con eso, un sujeto llegó hasta donde yo estaba comiendo una tarde. Se paró frente a mí.

–Mi nombre es Kagerou, Kagerou Saito, y estoy encomendado para tu nueva prueba. –

Yo dejé mi plato y me puse de pie.

–Me llamo Daitako. Tento Daitako, es un placer, y estoy a su cuidado. –

Me presenté, haciendo una reverencia.

–Tento–san ¿Eh? Esta va a ser tu prueba de paciencia. –

– ¿A dónde debería ir? –

–No te molestes, ya comenzó. –

Me dijo, y cuando me senté y volví a tomar mi plato, el sujeto, como un rayo, me dio un golpe en la mano. Mi plato cayó al suelo, yo me enfadé y él se reía. Intenté golpearlo, pero él fue más rápido y se quitó el golpe con la mano, y otro más, y otro, su velocidad era excepcional.

–Mal. –

Dijo él y me derribó de un empujón.

–De nuevo. –

Indicó, yo me puse de pie, aun mas enfadado que antes, intente seguir sus movimientos, pero fue inútil, fui derribado en menos de un minuto.

–Nuevamente. –

Pero cada vez que lo hacía, estaba más enfadado que antes, además, aún estaba dolorido por los golpes que me había llevado en la prueba del silencio. Finalmente, cuando me derribó por última vez, se dio la vuelta.

–Pide otro plato con comida, volveremos a hacerlo mañana. –

Yo suspiré, mas acertijos y pruebas problemáticas, esto era de locos.

–––––––––

–Estás haciendo mucho ruido. –

Un nuevo golpe en el estómago de parte de Yukihana, yo me doblé, sin quejarme.

–A este paso, el piso de abajo volverá a estar sucio antes de que llegues al final, será preciso volver a empezar. –

Se quejó, yo batí la cabeza para concentrarme.

– ¿Quieres descansar? –

Preguntó ella, parecía sentir lastima por mí, eso no me gustó, negué con la cabeza y seguí limpiando. No quería tener que volver a hacerlo todo de nuevo. El piso aquí arriba chirriaba menos que el de abajo, o esa era la impresión que tenía.

Otro golpe. Ella se enfadó.

–Sal de aquí ahora, no estás haciéndolo bien, sigues pisando el mismo sitio chirriante, es como si quisieras que te golpeara. –

Me dijo, dándose la vuelta.

–La otra prueba me tiene molesto. –

Confesé, por más que lo pensaba, no podía entender de que trataba aquello.

–Eso no tiene que ver con esto, son cosas diferentes. –

Fue asombroso porque, a pesar de la reprimenda, estaba teniendo una conversación con ella.

–Sí, pero me hace enojar. –

–El enojo no sirve si no puedes manejarlo, si la ira sólo va a afectar tu vida ¿Cómo puede ser algo útil? –

Me dijo ella.

–Si estoy aquí, es por coraje. –

Le respondí, ella asintió. Luego me dio otro golpe con la vara.

– ¿Eso te hizo enfadar? –

Preguntó ella.

–Sí. –

Le dije, sobándome, en silencio. Ella había dicho que podía hablar, y cumplió su palabra.

– ¿Qué harás al respecto? –

¿Atacarla? Bueno, tenía que intentarlo, pero como sin duda se entiende, ella fue mucho más rápida, y antes de que supiera cómo o porque, ella había puesto un pie sobre mi pecho, me golpeó la cara con la vara, sin piedad. Resultaba mucho más impactante si recordamos que estábamos hablando de una niña de no más de unos doce años.

– ¿Lo ves? El enojo sin sentido no sirve, si no puedes usarlo para vengar lo que te hicieron, entonces sólo empeora tu vida. –

Me dejó ponerme de pie luego.

– ¿Quieres irte ahora? –

Preguntó, suponiendo que el dolor era demasiado. Mi nariz comenzó a sangrar, me limpié con el trapo que tenía. Todavía no era suficiente, suspiré

–Seguiré limpiando. –

Yukihana asintió, luego se dio la vuelta, caminando en silencio por el cuarto.