Jimen no Hoshi C31

Modo nocturno

Capítulo 31: La venganza del Sol.

No puedo decir que el barrio hubiera cambiado. En absoluto. Hablo de Atsumori. Bajé de la furgoneta justo en el sitio en donde un puente marcaba la entrada al barrio, e impedía las miradas curiosas de la gente.

– ¿Sabes que hacer ahora? –

Preguntó Motoraku, sin bajar de la furgoneta.

–Primero tengo que encontrarme con él. –

Les respondí, no era que quisiera guardarles secretos, es solo que a pesar de que sabía dónde vivía, bueno, aún me resistía a entrar sólo así. Necesitaba que fuera poco ruidoso, tal y como él lo fue conmigo.

–Buena suerte chico, Dai Sensei seguro que esperará noticias sobre esto. –

Ellos en ningún momento pronunciaron las palabras muerto, asesinato, ni nada que se les pareciera, estaba al tanto de que lo sabían, pero no había necesidad de decirlo en voz alta. La furgoneta se fue. Yo miré hacia atrás por un momento, en esa dirección, estaba el lugar donde supuestamente Ryoto vivía.

Caminaba mientras miraba la fotografía que tenía de Himiko, la llevaba siempre

Era media tarde y me acerqué a un puesto de Ramen para comer algo. Cuesta trabajo creerlo, pero todavía tenía algo del dinero con el que salí de mi casa, porque allí a donde fui no había muchas formas de gastarlo. No me fue difícil dar con Ryoto después de eso, luego de estar cerca por un rato pude verlo. El corazón me latió con fuerza solamente por verlo, pero ahora mismo la ira no me servía de mucho. Si algo me hizo confiar en él aquella vez, fue la tranquilidad con la que me habló.

Lo alcancé momentos antes de que entrara a su casa.

–Disculpe ¿Sabe cómo llego a Atsumori? –

Pregunté, acercándome, él volteó a verme y me sonrió. ¿No me recordaba? Me preguntaba en ese momento.

–Estás en Atsumori, muchacho. –

Me dijo, observando que llevaba un cigarrillo en la boca.

– ¿Necesitas fuego para eso? He pasado por la combini hace un rato y no recordé comprarlos ¿Te importaría? –

Creo que no me importaba, se lo debía. Sonreí.

–Al contrario, se lo debo, estoy feliz de poder pagarle. –

Le dije, el sujeto se acercó a mí, y encendió su cigarrillo, como no me fui y además tomé la caja para ofrecerle uno, Ryoto sonrió.

– ¿Y qué te trae a Atsumori? No pareces de por aquí. –

Dijo él, tratando de hacer conversación, era un buen interlocutor, sabía cómo hacer que las personas se sintieran en confianza con rapidez.

–Mi novia me ha enviado a buscar a alguien, se suponía que lo encontraría por aquí, pero ella no me ha dado el número de la casa, o el número telefónico. –

Le dije, mirando hacia otra parte. Ryoto asintió.

–Hey, posiblemente yo pueda ayudarte, si me dices como se llama, vivo sólo ¿Lo ves? Pero conozco a la mayoría de los vecinos. –

Explicó, recargando su brazo sobre la pared a un lado de su puerta.

–Oh, eso sería grandioso, y así podría deshacerme de este encargo que me pesa demasiado. –

– ¿No existen correos para ello? –

Preguntó Ryoto, algo confundido, al ver que yo llevaba una mochila algo grande.

–Díselo a una chica que no acepta un “no” por respuesta. –

Le dije, de alguna forma quejándome con él, bajé la mochila, como buscando algo.

–Y bien ¿A quién estas buscando? –

–Se llama… Inishika Ryoto. –

Le dije, mirándolo, como si esperara que él pudiera ayudarme en verdad, él retrocedió.

–Soy yo… –

Me dijo, retrocediendo un paso, como intentando reconocerme.

–Ella me pidió que le mostrara esta fotografía, y que usted recordaría. –

Le dije, extendiendo la mano con la fotografía. Puedo decir que estaba aterrado, comenzó a temblar por unos momentos y me miró con el rostro desencajado, yo fingí una sonrisa, quiso correr, pero fui más rápido que él, desenvainé instantáneamente y lo siguiente que supo, es que la hoja de la Nodachi entró por su estómago como si se tratara de mantequilla. Estaba muy afilada.

–Ella me pidió que le trajera esto cuando lo viera, Inishika Ryoto. Gracias por el cigarrillo en aquella ocasión. –

Le dije, recuperando mi fotografía cuando Ryoto cayó al suelo. Quiso alcanzar su teléfono, mejor le partí la cabeza de una buena vez. El piso de la entrada de su casa quedó manchado de sesos y sangre, era asqueroso, ni siquiera lo miré, envainé mi espada.

Estaba oscuro, y luego de tomar mi mochila y volver a la calle, no había ningún indicio de que hubiera alguien muerto allí. Lo encontrarían seguramente por la mañana.

Uno…

––––––––––

Fui a la tumba del señor Kamakura después. En parte para presentar mis respetos, en parte porque tenía que ir allí si quería llegar a la mansión, en parte porque también quería desenterrar lo que había dejado aquí.

Había un arma muy especial en este lugar. De algún modo, sentí que el utilizarla le daría justicia a mi causa. Otra cosa es que estaba seguro de que me atraparían. Por eso es que no me preocupé por nada más hasta este momento. Pero antes de que eso ocurriera, tenía que acabar con esto.

Sentí un poco raro de estar cavando en un cementerio, pero en todo momento pensé simplemente en que estaba buscando lo que había guardado aquí. La Kodachi del señor Kamakura.

En realidad aun no era consciente de lo que iba a hacer, me refiero pues, a que no hice juicios acerca de si lo que hacía estaba bien o mal. Supongo que estaba mal, pero no me importó.

Hice lo que tenía que hacer, tal cual lo haría un hombre, y como había dicho, se lo debía a Himiko. Ahora cuando cerraba los ojos, podía verla allí, sonriéndome, como esperando a que terminara, o quizá ella sabía de antemano lo que iba a ocurrir.

“Me he tardado, como de costumbre, pero no tienes que preocuparte más, no tienes que enfadarte más, estoy aquí, haré lo que tengo que hacer”

Y pensando en ello, salí del cementerio, a media noche, justo como aquella (mucho más feliz) ocasión. No había olvidado lo que hice ni lo que le dije a Himiko. No había olvidado de qué lado estaba. Ni mi promesa con Himiko o con su abuelo.

No olvidé tampoco el camino que llevaría hasta su puerta.

No lo había olvidado.

–––––––––

Amanecía para cuando llegué a la mansión.

Durante todo el tiempo que caminé para llegar hasta aquí, sólo podía pensar en Himiko. Sentí un nudo en la garganta cuando volví a ver esa puerta, y tuve que esforzarme para controlar el sudor en mis manos, con todo y eso me dirigí a la puerta. Uno de los guardias se acercó, no era un extraño, era uno de los sujetos que me golpearon aquel día, nunca olvidaría su rostro.

Pero él no me reconoció. Y como no me reconoció, no comprendió que estaba en grave peligro. Iba a tomarme del hombro cuando la Nodachi pasó a través de su estómago. Cayó al suelo inmediatamente… vaya un guardia. Clavé la hoja de la Nodachi en su cabeza con fuerza para asegurarle una muerte rápida. Luego la saqué, ayudándome con un pie, las cabezas son duras. Otro guardia que venía saliendo para saber qué era lo que estaba ocurriendo se quedó perplejo al ver a su compañero muerto en el suelo.

Pensé que vendría a ayudarlo, no lo hizo. Echó a correr.

Eso me lo hizo más fácil, seguí caminando, entrando en la mansión sin mirar nada que no fuera la entrada y con ello, mi objetivo: La familia Kamakura.

Esperaba que para cuando llegara la policía estuviera hecho todo.

Miré por unos momentos a los lados, no había alarma, todo estaba en el más perfecto de los silencios, el rocío de la mañana bañaba las plantas y el sol ahora se asomaba por el horizonte.

Una persona, posiblemente una empleada, salió con algo en las manos de la casa, se detuvo justo en la puerta, al mirarme caminar con un arma ensangrentada. Era una mujer, de aproximadamente treinta años, con el cabello recogido y obviamente había estado muy ocupada antes de quedarse estática en la entrada.

– ¿Quién eres? –

Preguntó. Creo que era una pregunta de reflejo, no creo que entendiera siquiera lo que estaba pasando. Asentí con la cabeza, ella era inocente supongo.

–Vete ahora, da la alarma, llama a la policía, lo que sea. –

Le dije, ella ni siquiera me escuchó.

–No me hagas daño, no diré nada ¡No me hagas daño por favor! –

Tonta.

Si lo que le estaba diciendo es que llamara a la policía, supongo que lo interpretó como una amenaza, salió corriendo después de eso, soltó lo que traía en las manos y salió de allí, tropezó antes de alcanzar la puerta de entrada, pero se puso de pie como pudo y desapareció tras la puerta exterior. Volví mi vista adentro. Había un joven allí, tampoco se movió.

– ¿Tú también? –

–No sé quién rayos eres, pero lo mejor es que te des la vuelta y te vayas. –

Me dijo él. ¿Iba a retarme? Arqueé una ceja, no conocía a este sujeto, no podía ser mucho mayor que yo, posiblemente dieciocho o veinte años. Tampoco parecía un guardia.

– ¿Eres un Kamakura? –

Pregunté, entrando en la sala, no había nada allí.

–Ikesage Enomoto, y no puedes dar un paso más. –

Así que no era un Kamakura, al menos no directamente. Nunca había escuchado su nombre, ni sabía quién rayos era, posiblemente algún pariente de Himiko o algo así, saqué la fotografía que tenía de ella y la mostré.

– ¿Conoces a esta chica? –

–Era mi prima. –

– ¿Sabes lo que ocurrió? –

–No. –

–Igual te interpondrás. –

–Lo haré. –

Suspiré. Una persona como yo conocía esta clase de cosas. Él estaba comprometido con la familia, aunque fuera un inocente que no sabía siquiera lo que había ocurrido, pero se interponía igual. Ni que hacerle. Lo ataqué.

Después de haber pasado por todo lo que había pasado allá, alguien como yo podía distinguir entre quien tenía entrenamiento y quien no lo tenía, y éste joven lo tenía, era bueno.

Detuvo mi Nodachi con un Shinai, teniendo cuidado de no tocar el filo de la hoja. Lo dije antes, estaba entrenado. Me dio dos golpes, uno en el pecho y otro en la muñeca. El dolor hizo que me retirara, sobre todo en la mano, con peligro de soltar la Nodachi y con ello tener mi muerte casi asegurada.

Pero como su arma era más corta que la mía, y además él no estaba planeando matarme, no pudo llegar muy lejos. Cruzamos golpes un par de veces más, en todos no hacía más que detener mis golpes, e intentar golpear antes de que volviera a retirarme. Duramos así hasta que, después de detener un golpe de él, corté por la mitad del pecho con un contra–revés. Permaneció parado durante unos momentos, para luego soltar el Shinai y caer de rodillas.

–No debiste interponerte si no entendías la situación. –

Le dije, me había sacado sangre del labio. Él se tocó la herida con las manos, que se llenaron de sangre.

–Estoy bien. –

Dijo, conmocionado.

–Vas a morir. –

Respondí, recordándole que no iba a terminar allí.

–Está bien… estoy tranquilo. –

Clavé la hoja de mi arma a través de su corazón, con intenciones de ahorrarle sufrimiento. Enomoto tenía agallas, no podía negarlo, era una lástima que se viera obligado a defender a un cretino, pero hasta yo lo entendía, así es el honor a veces.

–Doy mi vida por mi familia, no puedo darles más. –

Sus últimas palabras.

Su muerte y sacar la hoja de su cuerpo fueron ambos al mismo tiempo, al menos le di una muerte rápida. Su cuerpo cayó al suelo con un golpe sordo, pasé de él y subí las escaleras.

Luego de subir las escaleras me encontré con algo que bien podría ser la sala de estar, había allí una mujer, vestida elegantemente, tomando el té de la mañana, como esas viejas películas sobre la aristocracia, estaba sola. No se percató de mi presencia hasta que me paré frente a ella, y volteó a verme.

–No tendré tiempo de pedir auxilio ¿Cierto? –

Preguntó la señora, dejando el vaso del té sobre la pequeña mesa. El televisor estaba encendido.

–Ya lo han pedido por usted. –

Respondí, no del todo seguro, pero lo más probable es que alguien llamara a la policía.

–Eso no va a ayudarme. –

Respondió la señora, poniéndose de pie violentamente. Supongo que se puso a la defensiva por un momento, la golpee con el mango de la Nodachi para derribarla de nuevo, cayó al suelo y su boca comenzó a sangrar,

Me miró, estaba parado a un lado de ella.

– ¿Quién eres? –

Preguntó, todavía con la mano en la nariz, por el dolor del golpe.

–Eso no es importante. –

Respondí, y le mostré la fotografía de Himiko, la señora la miró por un largo rato, las lágrimas acudieron a sus ojos en cuanto entendió de qué se trataba.

–Yo no tuve la culpa. –

Respondió retrocediendo. Yo guardé la fotografía y me acerque a ella, se arrinconó contra la pared.

–Tampoco hizo nada por detener al hombre que es culpable, sólo lo dejó suceder, guardó silencio. –

Respondí, no había necesidad de hacer un escándalo, podía eliminarla en silencio, como a los demás. La ira tenía que dirigirse al punto correcto. Tranquilidad.

–Lo hice, porque era mi deber, como esposa, y como madre, yo no podía interponerme. –

Se quejó, haciendo un puchero.

–No hace falta engañarme, sé que Himiko representaba un peligro para usted y sus intereses, supongo que se sintió aliviada con su deceso, pero ya se terminó todo. –

Coloqué la hoja en su cuello, mirándola a los ojos para hacerle entender que no dudaba, y que no había escapatoria. La señora tuvo un instante de histeria, pero luego me miró con los ojos llenos de lágrimas.

–Por favor, sólo tengo una cosa que pedir, no le hagas daño a mi hija… por favor. –

–No puedo cumplir esa petición, lo lamento mucho –

Respondí, y la hoja cortó su cuello, un solo corte, limpio, no debería hacer alboroto con esto, tenía ganas de cortarla en mil pedazos, pero con un solo corte bastaba para acabar con ella, miré hacia la puerta que tenía enfrente, clavé la hoja de la Nodachi en el pecho de la mujer antes de irme, luego abrí la puerta lentamente.

––––––––––

Era una recámara. La habitación de una niña. Podía sentirse la tranquilidad y la dulzura en el ambiente mientras entraba, cerré la puerta detrás de mí, al tiempo que reparé mi vista en una niña de ocho años que me miraba completamente atónita.

–Buenos días. –

Saludó cuando me vio, sus ojos eran inexpresivos.

–Kamakura Mikako. –

Saludé, la niña asintió. Estaba sentada sobre la cama, con las piernas extendidas y cubierta por las sábanas blancas hasta la cintura.

–Un placer… por corto que sea. –

Respondió ella, asintiendo. Yo me aproximé a su cama, ella volteó a ver la Nodachi y tragó saliva, estaba aterrada. Yo no escuchaba nada más que su respiración, la mía, y los pájaros afuera. Nadie venía en su ayuda, en cierto modo, me pareció triste.

–Yo sabía que vendrías algún día… luego de lo que pasó en el patio, era cuestión de tiempo. –

Me dijo, con una madurez apenas creíble para su edad.

– ¿Por qué no huiste? –

Pregunté, ella contuvo la risa, intentando a toda costa mirar al techo. Creo que estaba intentando ser orgullosa.

–No puedo moverme… ni siquiera puedo levantarme de mi cama yo sola… mi madre me ayuda siempre, pero sabía que vendrías un día, estaba mirando, por esta misma ventana… aquel día. –

Sus piernas no se movían, ella las señaló cuando explicó su condición, era paralítica. Su vista se volvió a la ventana. Ahora entendía a qué se refería Himiko cuando dijo que había sido castigada. Sonreí amargamente, aunque de alguna forma, iba a librarla de ese tormento.

– ¿Voy a morir? –

Preguntó ella, apretando los puños. No logro imaginar lo mucho que ella se esforzaba por no caer en el pánico. Estaba claro que, aun siendo hija de otra persona, era una Kamakura. Asentí con la cabeza, sin decir nada.

– ¿Crees que ella me aceptará como su hermana? –

Preguntó Mikako, parecía que aún le atormentaba ese detalle, pero yo que conocí a Himiko sabía que ella lo aceptaría, si lograbas convencerla de que era importante para ti.

–Espero que puedas convencerla. –

Respondí. Himiko siempre supo que esta niña no tenía la culpa.

–Y bien ¿Vas a hacerlo? ¿Con eso? –

Preguntó, señalando el arma que yo aún sostenía en las manos, sus ojos mostraban que tenía miedo y que el arma le parecía desagradable. Yo dejé el arma recargada contra la pared ¿Es que nadie iba a venir?

– ¿Dónde está tu padre? –

Pregunté. Ella miró hacia afuera de su habitación.

–En el segundo piso, ya no baja para nada, ni siquiera para venir a verme, mi madre es la única que viene, y… la criada. –

Explicó ella, había un dejo de rabia en su voz. Podía escuchar que su respiración se estaba haciendo pesada.

– ¿Sabes por qué? –

Mikako me miró, no parecía querer contestar a esa pregunta. Quizá le resultaba vergonzosa.

–Desde el accidente… él no viene… Creo que está avergonzado de que yo no pueda caminar. –

Explicó finalmente, bajando la cabeza. Esta pequeña tenía sus propios problemas. Lo que me dejaba una pregunta, esta niña me había visto matar al guardia desde que entré. No hizo ningún ruido, no dio la alarma a nadie, se había quedado allí a esperar la muerte ¿Por qué? Una lagrima resbaló por su mejilla.

– ¿Tardará mucho tiempo todavía? –

Preguntó, presurosa por librarse de la angustia, que imagino que sería grande, negué con la cabeza y me senté sobre su cama. Mikako enrojeció por unos momentos, negándose a mirarme. ¿Era ya una señorita? Imposible, pero eso no evitó que se avergonzara.

– ¿No tienes miedo? –

–Tengo miedo de que me duela. –

Poco a poco, su expresión de vergüenza, ante mi silencio, cambió por una de angustia.

– ¿Traerás tu arma? ¿Dolerá? ¿Harás un desastre en mi alcoba? –

Preguntó, por fin poniéndose a llorar, la reacción normal, de hecho había estado siendo dolorosamente valiente todo este rato, sentí que sería demasiado cruel hacerla esperar, no pude sufrirlo. También tenía que admitir que, al menos en una ínfima parte, se parecía a Himiko.

–Dame tu mano. –

Ella dejó de llorar y me miró, extendiendo poco a poco su mano, temblaba. La sostuve firmemente y coloqué un chocolate en su mano.

– ¿Qué es esto? –

Preguntó. Yo me puse de pie, pero no me separé de su cama, ni solté su mano, ella tomó el chocolate con la otra mano y lo miró por un momento.

–Cómelo. –

Le ordené. Entonces Mikako comprendió y me miró a los ojos.

–Es decir que esto… –

Asentí con la cabeza, ella enjugó sus lágrimas.

– ¿Será doloroso? –

Preguntó ella, negué con la cabeza al tiempo que le respondía.

–No. –

Entonces ella se metió el chocolate a la boca, y masticándolo suavemente, lo tragó.

–Cuando la vea, le diré que has sido amable. –

Me dijo con una sonrisa melancólica. No solté su mano, en realidad, estaba esperando para asegurarme de que dejaría de tener pulso.

–Gracias por eso. –

Respondí, sonriendo igual de melancólico. Ella cerró los ojos y recargó su cabeza sobre la cabecera, evidentemente sintiendo mareo.

–Ya que nunca lo sabré por mí misma, al menos dime… –

Sus manos comenzaron a sudar frio, pero ella tenía una expresión de tranquilidad en el rostro.

– ¿Qué es el amor? –

Preguntó. Esas fueron las últimas palabras de la pequeña Mikako, dejó de respirar justo después de eso. Solté su mano sólo entonces, que cayó delicadamente sobre la cama.

Parecía una niña durmiendo.

Tome mi arma de nuevo, saliendo de allí en el mayor silencio posible, pero por más que lo deseara, no pude sentir remordimiento, ni vergüenza, ni piedad.

––––––––––

Era la primera vez que un chico sin nombre llegaba tan arriba en esta enorme mansión. Lo pensé mientras subía las ultimas escaleras. Allí había un altar con las fotos de los abuelos de Himiko, y una foto de Himiko. Eso me hizo rabiar.

No era la clase de sitio al que todo el mundo puede acceder, eso es cierto, pero se notaba bastante que era aquí donde el señor hacía sus reuniones de negocios. Eso quiere decir que muy posiblemente estaba allí para dar a sus socios la imagen de un padre dolido por la pérdida de su hija. Por supuesto que nadie iba a preguntar nunca. Incluso ahora, la estaba utilizando.

Justo en esto estaba pensando cuando vi al señor salir de una habitación contigua, junto con otro sujeto, también bastante mayor, con quien venía hablando de algo. No me oculté, no había para qué. Ambos se detuvieron en seco al verme.

– ¿Kamakura–san? ¿Qué demonios está pasando aquí? –

Preguntó el acompañante. Supongo que pensó que era idea del señor Kamakura que hubiera un sujeto parado con un arma frente a ellos. Es decir, creyó que el señor había mandado asesinarle.

–Cómo si tuviera una idea. ¿Dónde están los guardias? –

Preguntó el señor, atónito. Era la misma expresión que puso el día en que le dije que era el novio de Himiko.

–El único que quedaba salió huyendo cuando asesiné al primero, no queda nadie en la mansión, excepto nosotros. –

Era la verdad, en todo el tiempo que llevaba allí, no pude escuchar nada que no fueran las personas que ahora ya estaban muertas.

– ¿Sabes algo de esto? –

Preguntó de nuevo el acompañante del señor. ¿Es que quería morir?

–Le sugiero que tome sus cosas y se marche ahora mismo, no quiero que haya más personas involucradas. –

Le dije, el hombre corrió escaleras abajo, supuse que no era una buena idea dejarle ir, pero como no tuvo tiempo de entender lo que estaba pasando, probablemente una vez que llegara la policía ni siquiera sería importante. Un superviviente más era todo lo que era.

El señor Kamakura intentó tomar el radio que estaba en un mueble cercano, pero antes de que pudiera levantarlo su mano cayó al suelo y la sangre se esparció por la habitación. Hubo un grito.

Ahora respiraba pesadamente, arrastrándose como un gusano, intentando recoger el brazo que estaba en el suelo. Lo he dicho antes, el arma estaba afilada, cortó su hueso como si fuera de mantequilla.

–Quiero que mire esta fotografía. –

El hombre volteó a verla, y el terror se apoderó de él.

–¡Eres tú! ¡Eres tú! –

Comenzó a gritar, retrocediendo con el rostro desarticulado, hasta quedar de espaldas pegado a la pared, la sangre seguía saliendo de su herida.

–Ni siquiera me permitiste despedirme de ella. –

Reclamé, sin poder evitar que las lágrimas acudieran a mis ojos. Esto no era bueno, me propuse con todas mis fuerzas a permanecer tranquilo mientras miraba al hombre que me lo había arrebatado todo retorcerse como un gusano. No era suficiente, la muerte no bastaba.

–Te daré lo que quieras, pero no lo hagas, soy un hombre muy rico… puedo… –

–Eres un traidor. –

Y entonces, con toda calma, desenvolví el paquete que tenía en la espalda. Era la kodachi, arma que pertenecía a su padre. Sus ojos salieron de sus orbitas cuando la vio.

–Yo no traicioné a nadie, no sabes lo que ocurrió. –

–No necesito saberlo, Himiko dice que eres un traidor, y como tal serás ejecutado. –

Me acerqué a él al tiempo que gritaba. Era ridículo, incluso su esposa y su hija tuvieron más agallas.

–Maldición ¡Igashi! –

–Está muerto. –

Le respondí, no había ninguna necesidad de alzar la voz.

– ¿Has matado a mi mujer también? ¿A mi hija? –

Preguntó el señor Kamakura, quizá comprendiendo un poco mejor lo que había pasado. La rabia se apoderó de él por unos instantes y le infundió valor, se lanzó sobre de mí y me moví a un lado para cortar su cuello al pasar. Se llevó la mano que aún le quedaba al cuello, al tiempo que caía al piso.

Ahora ya no podía siquiera ponerse de pie, comenzó a gatear alrededor del cuarto desesperado, usando su codo para moverse y tratando de detener el sangrado con la mano que le quedaba, resbalando con su propia sangre.

–Ella se suicidó cortando su cuello y las arterias en sus brazos en una bañera… ¿Sabes? Es una pésima forma de morir en realidad… es doloroso, y tu cuerpo trabaja incansablemente para mantenerte con vida. No importa lo mucho que realmente lo quieras, el miedo a morir pone tu cerebro mucha presión para forzarte a reconsiderarlo. Se necesita mucho valor para hacer un segundo corte cuando ya has hecho el primero… Creo que eso puede catalogarse como una forma de harakiri. –

Le dije, colocando un pie sobre su espalda, porque seguía tratando de escapar.

–Es extremadamente difícil y doloroso, tu respiración se acelera y tu ritmo cardiaco aumenta, comienzas a sentirte mareado, y el dolor se vuelve más y más insoportable a medida que tu cuerpo comienza a forzar a tus órganos a trabajar más y a mayor velocidad… Una vez que has logrado cortar a través de tus arterias, para tener la real posibilidad de morir, debes continuar cortando verticalmente a través de ellas… Es quizá el dolor más intenso que puedas sentir, tener que seguir provocándotelo tiene que ser lo más duro que alguien pueda soportar.  ¿Por qué hizo eso? ¿Lo había pensado alguna vez?  –

El señor Kamakura trató de decirme algo, pero no pudo hacerlo.

–Supongo que bajo circunstancias normales, uno puede tardar horas en morir de esa forma, pero si haces el corte lo suficientemente profundo, terminas asfixiado por tu propia sangre. Normalmente, uno tarda hasta cinco horas en morir por desangramiento, pero si quedas bocarriba, y tienes la voluntad suficiente para no buscar ayuda, pueden ser unos cuantos minutos. Esa es la parte más difícil de hacerlo, soportar esos minutos contra todo lo que tu cerebro le ordena a tu cuerpo que haga.  –

Clavé la punta de la kodachi en su pierna, justo en el punto en donde ésta se une con el torso, para evitar que siguiera avanzando hacia ningún sitio.

–De todos modos, lo hizo porque, a pesar de lo doloroso, es mucho más rápido que una soga en el cuello, o que las pastillas… supongo que de haber tenido un arma de fuego lo habría intentado con ella, entonces… ella lo hizo así para asegurarse de que no importara lo que hicieras, no podrías evitar que muriera, no podrías venderla. –

Me paré frente a él y alcé su cabeza halando del cabello, para que mirara la fotografía.

–Sabes que la muerte está cerca cuando comienzas a ver borroso… y para ese momento todo se vuelve lento, el cerebro está friéndose tratando de encontrar una salida… En vano… por eso recorre todos tus recuerdos, esperando hallar en ellos una forma de escapar de la muerte. –

Saqué la Kodachi de donde estaba y la clavé de nuevo, esta vez por la espalda con fuerza, a través de su riñón, quedó clavado al piso con ello.

– ¿Sabes lo que es desear con todas tus fuerzas que alguien te ayude? ¿Sabes lo que es saber que nadie vendrá? Supongo que ahora lo sabes, espero que entiendas lo increíblemente orgullosa que ella tuvo que ser en ese último momento, para no gritar lo que tú estás sintiendo en este preciso momento, y que gritarías si pudieras. –

–Yo… yo. –

–No. No digas nada, nada de lo que puedas decir puede salvarte, ni a ella. Ella se mantuvo en silencio. A pesar de que sus músculos deben haberse sentido arder en llamas, ella no pronunció ni un grito, a pesar de que el cerebro hace todo lo que esté a su alcance para detenerte, y de que el instinto de auto conservación trabaja contra tu voluntad, irrigando el cuerpo con adrenalina, causando el dolor infernal que ahora estas sintiendo en cada fibra de tu cuerpo, a pesar de todo ello, ella permaneció en silencio. –

Le dije, luego me senté sobre él. Lloraba como una niña, o mejor dicho lo intentaba, pero el estado de semiinconsciencia y sus atrofiadas cuerdas vocales no se lo permitieron. Finalmente dejó de retorcerse, había en el piso un charco enorme de sangre, después de un largo rato, dejó también de respirar.

Me mantuve sentado sobre el cuerpo un momento más, solo para estar seguro, luego me puse de pie.

Estaba hecho.

––––––––––

Fue en ese momento, en el más infinito de los silencios, que un trueno rompió el ambiente y comenzó a llover. Como si alguien hubiera encendido un interruptor, comenzó la peor tormenta que yo había visto nunca. Era como si el cielo estuviera llorando por Himiko.

No voy a decir que lo disfruté, no me considero un malvado, ni un enfermo mental, como para disfrutar del homicidio. No estaba feliz, pero tengo que admitir, que alivio si sentí cuando todo terminó, es la verdad.

Yo tomé mis armas. Después de unos momentos, con cuatro cadáveres en la mansión y ni rastro de la policía, comencé a aburrirme de estar allí. La idea central era que me atraparan, pero habían pasado cuando menos seis horas y nadie había venido. ¿Iban a venir siquiera?

Posiblemente merecía la pena capital por lo que había hecho, si es que el ver a Himiko otra vez puede ser catalogado como “pena” pero la policía continuó ausente, como si les importara muy poco lo que ocurriera en la mansión de los Kamakura, donde ya no quedaba ninguno de ellos.

El clan estaba extinto.

Incluso esperé a que la tormenta terminara. Pero ellos nunca llegaron.

“Tal vez aun no tengo permitido verte de nuevo.”  Pensé mientras me ponía de pie.

Creo que me sentí insultado cuando me di cuenta de que, no habían venido en todo este rato, y no iban a venir

Me negaba a creer de alguna forma, que después de todo lo que había pasado, todavía no podía morir, todavía tenía que estar aquí. ¿Cuánto más tenía que trabajar? Después de todo, si me quedaba aquí más tiempo podía catalogarse de suicidio policiaco y eso era todavía suicidio. Ni que hacerle, me fui de allí.

Colgué la bandera que Himiko había recibido de su abuelo, la bandera imperial, en la sala mayor de la mansión, y me fui de allí, no me parecía justo que un legado imperial de tantos años fuera arruinado por un patético intento de heredero.

Salí de la mansión del mismo modo que había entrado, llevando conmigo las cenizas de Himiko, que evidentemente estaban dentro del altar donde había visto su fotografía. Sonreí mientras tomaba la urna con las manos, sentí algo cálido en ella, aunque también sé que pudo ser mi adrenalina. Kamakura Himiko, la hija del sol, por fin era solamente mía.

“Ya se acabó todo cariño… ya no hay nada que temer, vamos a un sitio más seguro para los dos, a donde pueda cumplir mi promesa.”