Kamisei C9

Modo nocturno

Capítulo 9: Cuando las Torres se Quiebran.

¿Saji–kun? ¿Estas allí?… Bien ¿Sabes? Vas a decir que soy rara por decir esto pero… Ya te perdoné. Si, finalmente, después de todos estos reveses extraños, yo… te perdono. Por dejarme así, por ser un tonto, por enamorarte de mí, por robar mi corazón, por hacerme enloquecer hasta el grado en que llegué. Ya no estoy enfadada contigo, si lo notas ¿cierto? Incluso te llamé “Saji–kun.”

Eso es porque me gustas. No te lo dije antes porque no pude, pero… ya no me avergüenza. Es normal que yo te quiera, a pesar de todas las cosas feas que me hiciste, como mojar mi uniforme, pintar en mis cuadernos, avergonzarme frente a personas cuyos nombres ni siquiera recuerdo ahora porque nunca importaron en realidad. Pero ¿sabes? Lo más horrible que me pasó, fue dejarte ir. Fue la estupidez más grande que he hecho en mi vida. La he pasado muy mal sin ti, he hecho cosas horribles, he visto cosas horribles, he soportado muchas cosas sólo porque tu abandono tuviera un sentido. Pero la verdad es que te amo. Y espero que entiendas que estoy un poquito cansada de callármelo. He soñado mucho contigo, de muchas formas, incluso cosas vergonzosas. ¡Sabes que soy penosa así que no me hagas repetir eso! pero… es la verdad, incluso es extraño porque no me molesta en absoluto. No era verdad cuando dije que te odiaba, supongo que ya sabes eso pero, incluso me casaría contigo… Quiero que te cases conmigo… No, no me des tu respuesta ahora, es vergonzoso.

Si… –Digamos que por alguna razón–  yo fuera y… me hincara pidiendo perdón… tu… ¿Me perdonarías? Por todas las cosas que hice, por todo el daño, por mis locuras y mis excentricidades, por no tomarte en cuenta, por no ser sincera, por abandonarte cuando me necesitaste, por todo… Te lo digo porque tú nunca te enojas conmigo, no estás muy enfadado ¿Verdad? Yo… te apoyaría en todo siempre, sin importar nada en absoluto, estaría allí siempre que tu necesitaras mi ayuda, jamás volvería a separarme de ti ¿Entiendes? No hablo en sentido desagradable, en realidad, trataría de ser una buena esposa… y me esforzaría mucho porque sabes bien que soy un desastre, pero todo es posible cuando hay amor, y yo todavía te amo.

Como dije antes, no me des tu respuesta ahora. Espérame. Estaré contigo pronto. Y si es lo que deseas, entonces, nunca volveré a separarme de ti. Todo lo que tengo que hacer es limpiar este desastre y entonces estaré lista.

–––––––––

Al enterarse de lo ocurrido a Kasumi, Yamagata Kouji por poco aplasta su teléfono celular con las manos. Él sabía que esto podía pasar, que era más que sólo probable. También sabía que el poder de la presidenta no era lo que solía ser, y que, en realidad, no podía haber garantizado la seguridad de Kasumi.

Por suerte, Gouko le dijo que Kasumi estaba vivía, y que de hecho se recuperaría pronto.

Fue a la tienda, y junto con una caja de cigarrillos, compró un chocolate en barra que era el favorito de su hermana pequeña. Luego de eso esperó pacientemente por una orden. Si llegaba el medio día y no había una orden, entonces actuaría por su cuenta.

El objetivo sería Asaki Najiko, a no ser que ella tuviera algo más que decir. Tenía hasta el mediodía. Le pareció razonable. Estaba sentado en una de las calles que delimitaban la escuela. Abrió una lata de cerveza y se sentó para que su chaqueta ocultara mejor que él tenía un arma de fuego.

Hasta ese sitio llegó Tsukiko, a quien no le pareció agradable verlo bebiendo tan temprano, y menos aun cuando ya estaba enterada de lo ocurrido con Kasumi. Para ella, Kouji debería estar camino al hospital, no bebiendo en la calle.

–Deberías dejar de hacer eso. –

Le dijo Tsukiko, algo molesta aunque trataba de ocultarlo, Kouji no estaba de humor para soportar a Tsukiko.

–Piérdete. –

Tsukiko hizo todo lo contrario. Se sentó a un lado de él, acomodando su falda.

– ¿Con quién estas enfadado? –

–Kasumi está en el hospital, alguien trató de matarla, creí que lo sabías. –

Se excusó Kouji, ella asintió. Lo cierto es que ella no entendía por qué Kouji no estaba camino al hospital.

–Lo sabía, pensé que no lo sabías tú. –

Respondió Tsukiko, aunque era mentira, y luego le sonrió. Kouji se llevó una mano a la cabeza.

–De otro modo ¿Por qué estás aquí y no en el hospital? La presidenta está en el hospital, y tú la sigues siempre. –

–No quiero hablar de eso ahora, es culpa de Asaki que Kasumi haya terminado así. –

–También es mi culpa. –

Respondió Tsukiko, no muy consiente de hasta donde era la culpa de Asaki Najiko que su amiga estuviera en el hospital, pero cuando Kouji volteó a verla significativamente ella se explicó.

–Iba a llamarla y a decirle que fuera por mí a la estación del autobús, pero también pensé que en vista de que había sido elegida, sería un día importante para ella. –

Explicó Tsukiko, quizá lo que ella estaba tratando de decirle a Kouji, es que la culpa no era de nadie. Ya hemos dicho que ella no estaba del todo enterada de lo que estaba ocurriendo.

– ¿Y porque estas tu aquí entonces? –

Preguntó Kouji, si ella se sentía tan culpable, sólo tenía que irse y dejarlo sólo, pero aquello no parecía que fuera a ocurrir, Tsukiko sonrió.

–Le prometí a Kasumi–chan que te cuidaría. –

Respondió ella simplemente, encogiéndose de hombros. Kouji la miró por un momento, lo único que pudo ver en la mirada de Tsukiko era serenidad y cariño, eso le hizo sosegarse un poco. Seguro que Kasumi no entendía un carajo de todo esto. Es decir, ¿De quién diablos tenía que protegerlo Tsukiko a él?

–Ve a la escuela, te veré allí una vez que esto termine. –

Dijo, tomando su cerveza. Ella parecía renuente de dejarlo solo.

–Vete, y si me entero de que has faltado a una sola clase, te las verás conmigo. –

Kouji le acaricio la cabeza violentamente, despeinándola, ella sonrió y se apartó dos pasos.

–Puede que no asista a ninguna clase entonces. –

Le dijo y se dio la vuelta, levantó ligeramente su falda para mostrarle a Kouji su ropa interior, y luego se marchó corriendo. Fue entonces que Yamagata recibió una nueva llamada de Najiko, era hora.

Con calma, pero sin perder el tiempo se dirigió a la salida de la escuela, encendiendo un cigarrillo mientras andaba. En ningún momento hubo lugar para dudas ni titubeos, no podía haberlo ahora, que había llegado tan lejos. El rector Hideyoshi iba saliendo de la escuela cuando lo divisó a media calle de distancia, se ocultó tras unas escaleras que había en la calle y esperó.

Estaba acompañado, así que en el mejor de los casos, no tendría tiempo de hacer un segundo acercamiento, estaba claro que las tres personas que le acompañaban eran sus guardaespaldas, disfrazados de docentes. Había cientos de alumnos en la escuela en ese momento, y lo que menos deseaba era armar un alboroto.

Pero si esperaba, era probable que, aún en el hospital, el rector encontrase la forma de aniquilar a Kasumi, quien en este momento estaba debatiéndose entre la vida y la muerte, se puso de pie y caminó el resto de la calle hasta donde estaba el rector, de espaldas, escondiéndose ocasionalmente tras las columnas que sostenían la barda de la escuela. Sacó su arma, en realidad la había disparado varias veces ya, no sentía miedo, pensaba ahora en el mejor ángulo para evitar que, en caso de que respondieran el fuego, los estudiantes, que estarían a menos de diez metros de distancia cuando comenzara, no salieran heridos. Incluso consideró la posibilidad de echar a correr, pero él no conocía a las personas que le acompañaban, y al verlo vestido con el uniforme de la escuela, podía ser que tomaran un rehén en medio del altercado. No. Lo mejor para todos era disparar a quemarropa. No habría forma de fallar, tampoco de salir de allí con vida.

Comenzó a caminar lentamente hacia donde estaba el rector, dando indicaciones y posiblemente esperando a que alguien trajera su automóvil. Momentos antes de estar lo suficientemente cerca, el rector se dio cuenta y echó a correr, al tiempo que daba la orden de disparar. Los disparos de los guardaespaldas no hicieron sonido alguno, ni dieron todos en el blanco, Kouji echó a correr tras el rector con un arma en la mano, y tras él, los guardias seguían disparándole mientras los perseguían.

A pesar de su edad y corpulencia, el rector se movía con bastante velocidad. En cuanto se dio cuenta de que Kouji trataba de matarle, cruzó la calle y echó a correr por el mismo callejón en que la última vez los lobos rojos habían atacado a Tsukiko. Kouji, tras él, tuvo que saltar una cerca para acortar distancia, y siguió corriendo, con una bala en la pierna, que emparejaba la situación en la que el rector tenía la desventaja por la edad.

Uno de los guardias trató de detenerlo lanzándose sobre él, el rector saltó una cerca y desapareció de la vista. Un golpe con el mango de una de las armas de fuego hizo que saliera sangre de la cabeza de Kouji, quien trataba con todas sus fuerzas de librarse del abrazo del guardia mientras el otro lo golpeaba. Para cuando se libró, y disparó a ambos guardias, el rector estaba fuera de la vista. Kouji se rio.

En medio de su desesperación, el rector había entrado en un callejón sin salida. Con cinco balas en el cuerpo, y sosteniéndose de la pared, Kouji avanzó a través del callejón, sabiendo que si caía ahora, muy probablemente no sería capaz de levantarse, y terminó acorralando al rector contra la pared una vez que llegaron al final de aquella callejuela.

– ¿Qué demonios haces aquí? –

Preguntó el rector. Kouji, aun respirando con dificultad, se rio, le quedaba una sola bala en el cargador del arma, pero una sola sería suficiente.

El rector abrió fuego. La bala entró en el estómago de Yamagata, inmovilizándolo por un momento, aunque cuando el rector trató de huir, Kouji se recuperó lo suficiente para propinarle un puñetazo en la cara, que lo derribó.

Con trabajos, pero Kouji se había puesto de pie.

–Corres mucho para estar tan viejo… Suzune me pidió que te saludara, Hideyoshi. –

– ¿Qué demonios tiene que ver mi hija en todo esto? Monstruo. –

El rector había perdido la voluntad para salir de allí cuando vio a Kouji ponerse de pie después de recibir esa última bala, aún tenía una bala en el cargador, pero el miedo le impidió apuntar con claridad, y falló el último tiro que tenía, que le habría salvado la vida.

– ¿Sabes? No iba a matarte, pero no puedo perdonar a alguien que ha intentado matar a mi hermana, no me dejaste opción en realidad. –

Finalmente, el rector aceptó su destino. Había recibido una nota de parte del consejo estudiantil, una nota que Najiko mandó darle antes de ordenar a Yamagata que hiciera lo que estaba haciendo. Ahora entendía que la cosa no tenía remedio y que estaba condenado.

–Haz lo que tengas que hacer. –

–Con gusto. –

La macabra sonrisa de Kouji quedó marcada en los ojos de Hideyoshi Kuhara cuando Kouji puso el cañón de su arma en medio de sus ojos. Sin pensarlo demasiado, Yamagata jaló el gatillo y los sesos del rector quedaron expuestos en toda la pared.

Ahora tenía que salir de allí. El lugar apestaba. Tomó el móvil con las pocas fuerzas que aún tenía, e hizo la llamada.

–Está hecho. –

Fue lo que dijo, luego necesitó sus manos para sostenerse de la pared y soltó el móvil. Lo que contaba era informar que el rector estaba muerto.

Había alboroto afuera de la escuela, pero Kouji no quiso acercarse a saber que había pasado, lentamente y sabiendo que moriría, lo único en lo que pensaba era en volver a lo que él alguna vez llamó el baldío.

––––––––––

Los lobos viejos no tienen una muerte fácil. Son demasiado necios, y demasiado violentos para aceptar ayuda de otros si están heridos. Y como era el caso de Yamagata, tampoco hay mucha gente dispuesto a ayudar a un lobo que camina con sus fuerzas vacilantes a su última morada.

Pero como todo en esta vida, siempre hay algún testarudo que siente admiración por ellos, e intenta ayudar aunque estos no quieran, ni puedan ser ayudados. En el caso de Yamagata, la molesta Tsukiko acudió en su ayuda cuando éste luchaba por regresar al baldío.

Otra cosa es que Tsukiko se negara a entender que no había nada que hacer, y aunque lo hubiera, nadie aseguraba que fuera una buena idea.

Yamagata se recargó sobre la pared exterior de la escuela, a un lado de un arbusto pequeño, la sangre seguía saliendo de su pecho y de su estómago, sangre negra.

Le costaba trabajo respirar. Como pudo, sacó de su bolsillo un cigarrillo. El lugar estaba vacío, todo el mundo estaba en la entrada en ese momento, a causa de una conmoción. Yamagata trató de dar un sobro a su cigarrillo, pero la sangre en su garganta se lo impidió.

Aquello sí que era malo, si le impedía aunque fuera ese último placer. En el arbusto había algunas flores verdes como el cabello a medio teñir de la chica que se acercó hasta donde estaba. Tsukiko. Siempre escogía los peores momentos para aparecer. Ella llegó asustada y nerviosa, sin saber qué hacer.

–Estas sangrando. –

Le dijo, nerviosa, hincándose frente a él.

–Tienes que practicar tu lógica. –

Respondió Yamagata, con su tacto habitual, a pesar de las circunstancias, pero esta vez, a la muchacha no le hizo ninguna gracia.

–¡Tenemos que llamar a una ambulancia! –

Yamagata le puso una mano sobre la cabeza.

–Se acabó. –

Le dijo, haciendo un esfuerzo por evitar la tos, y con ello, someter a la muchacha al lúgubre espectáculo de un lobo moribundo tratando de respirar.

–No es cierto, tu puedes levantarte, como te has levantado antes, tú… no te puedes morir, no te puedes ir así porque vas a casarte conmigo. –

La voz de Tsukiko se quebró mientras más lágrimas acudían a su rostro, al tiempo que comprendía poco a poco que ya no había nada que nadie pudiera hacer. Quizá si se hubiera atendido antes… la garganta se le cerró, quiso dejarse caer sobre de él.

–No te puedes ir así… no me puedes dejar así. –

Usando la única mano que le quedaba libre, sacó de su bolsillo la carta que ella le había dado.

–Ábrela y cállate. –

Dijo simplemente, porque no podía creer que aun en el último momento, después de que lo intentó todo, aun había hecho llorar a alguien. Comenzó en todo esto por evitar las lágrimas de su hermana pequeña, y estaba haciendo llorar a la única chica, aparte de Kasumi, que se había preocupado por él.

Contrario a lo que había dicho, el nombre de él estaba escrito en el acta. Había una mancha de sangre puesta en donde debería ir el sello de él.

–Espero que eso sea suficiente. –

Le dijo Kouji, las nubes eclipsaron el sol un momento, lo cual Kouji agradeció porque el sol le molestaba los ojos, que tanto trabajo le costaba mantener abiertos. El dolor era casi insoportable. Tsukiko se puso a llorar, cerrando la carta.

–No llores Tsukiko–chan, eres una chica fuerte, muéstrame tu lengua, como antes. –

Tsukiko sostuvo el aliento para no dejarse caer, le hizo falta toda la entereza que tenía para cumplir con esa petición, pero lo hizo, o al menos lo intentó.

–Nunca me habías llamado así. –

Replicó ella, sollozando y acercándose a él, limpiando la sangre de su cara con el pañuelo que siempre llevaba con ella, Yamagata sonrió, ese pañuelo siempre terminaba limpiando su sangre.

–Eres mi esposa ahora. –

Respondió Yamagata, sus ojos comenzaron a sentirse pesados después de eso. Hizo un último esfuerzo por incorporarse.

–Kouji… Kouji… no me dejes. –

Suplicó la muchacha, a pesar de que sabía que era inútil, el hombre le acarició el rostro, en una expresión que nunca había tenido. Tenía que admitir que era una chica bonita, detestó la idea de dejarla, de haber podido, se hubiera puesto de pie, sólo por hacerla feliz.

–Te quiero, Tsuki… –

No pudo terminarlo, los ojos de Kouji se cerraron después de eso, su mano quedó reposando sobre las rodillas de Tsukiko, quien lloraba, y el dolor que marcaba el rostro de Yamagata desapareció, porque había muerto.

––––––––––

Asaki Najiko volvió a mirar por el balcón, no había ningún alboroto por ahora, pero desde donde estaba, pudo ver que las cosas no eran del todo normales. Alcanzó a notar a varios hombres que no deberían estar en la escuela. Así que el rector estaba muerto, de otro modo ¿Por qué habría sujetos armados en la escuela?

Y sola como estaba, después de unos momentos pudo escuchar los pasos de gente que subía en dirección a la sala del consejo. Se había terminado su tiempo. Desesperada, cogió la fotografía de Saji, “¿Esto era lo que sentías aquel día?” Se preguntaba mientras escribía a toda prisa en un papel una nota para quien quiera que pudiera entrar en la sala una vez que ella saliera de allí. No iba a dejarse atrapar, eso jamás. Maldijo a Yamagata Kouji cuando menos unas diez veces por no haberle dejado un arma.

Y ahora que había mandado sellar todas las azoteas, no había forma de que ella pudiera abrir una de ellas antes de que le atraparan. Resolvió salir por las escaleras de emergencia. Con lágrimas en los ojos, pensaba en aquella ocasión, en la que por primera vez, orgullosa subió hasta el tercer piso del edificio, como una reina. Aquel día hizo traer un montón de cosas que ahora se habían quedado allí. Ahora escapaba como una rata, con un retrato apretado en el pecho, mirando a todos lados para no encontrarse con estos sujetos y que ellos no la encontrasen a ella.

No tenía tiempo ni la forma de ir a casa de sus padres ahora, y no había un lugar a donde ella pudiera ir, ahora que sabía que pronto la policía saquearía su casa en Tokio, e incluso puede que sus padres fueran interrogados. No quería verlos a la cara. No quería verlos de ninguna forma.

Caminó por el patio que daba a la salida lateral de la escuela. Mirando hacia todos lados. Los estudiantes la miraban, pero ninguno de ellos ofrecería su mano ahora, todos se apartaban cuando ella caminaba. ¿Cómo es que iban a ayudarla? Si todos estaban tan asustados de ella. Un par de sujetos con traje y lentes oscuros, como los que se ven en las películas, comenzaron a seguirla entre la multitud. Había otros dos sujetos iguales parados en la puerta principal.

“Todo terminará cuando el monstruo color amarillo haga su aparición, y la tormenta lo disuelva todo.”

Eso era lo que decía la profecía, ya estaba todo disuelto, y tal cual lo había dicho, el día en que Amatsune desapareció, la lluvia y el sol se habían mezclado. La única pregunta de Najiko era ¿Dónde estaba el monstruo?

Se escuchaban las sirenas de las patrullas que comenzaban a rodear la escuela. Se ocultó unos momentos tras aquel árbol en donde Saji había tratado de confesarse.

Saji…

––––––––––

En medio de un ruido parecido al que siempre hay en un salón de colegio antes de que el maestro entre, Asaki Najiko entró a su salón de clases, el 1–A. Lo primero que sucedió, cuando ella entró al salón, fue Tsugimoto Saji.

–Hola, soy Tsugimoto, y tú eres… –

–Asaki Najiko. –

Respondió ella, seria, el chico se aceró aún más a ella, y ella retrocedió, asustada.

–Es un placer, puedes decirme Saji–kun, si quieres, bienvenida… tu vienes de muy lejos ¿No? –

Preguntó. Ella trató de pasar de largo, pero él estaba parado en la puerta y se lo impedía. Comenzó a sentirse irritada.

–Sí, vengo de muy lejos. –

–Vaya, eso es interesante, espero que te sientas cómoda aquí. –

–Sí, ahora déjame pasar. –

Dijo ella, girando la cara. ¿Qué estaba haciendo este sujeto?

–Cuento contigo. –

Le dijo él, mientras Najiko entraba y se sentaba en su pupitre, que les había sido asignado desde un día anterior. Junto a ella estaba una chica callada de aspecto serio. Tsugimoto permaneció parado junto a la puerta, hasta que llegó otra persona y él repitió el proceso. Najiko lo observaba.

– ¿Que se supone que hace? –

Preguntó la chica que estaba junto a ella, a nadie en especial. Najiko sacó su cuaderno de notas.

–Supongo que es su forma de socializar. –

Respondió Asaki, sin estar muy segura de porque estaba justificándolo. Incluso estaba enfadada de ver que él se estaba presentando a otra persona.

– ¿Es cierto que vienes de muy lejos? –

Preguntó la chica de al lado, al parecer era también una persona seria, eso le agradó a Najiko.

–Sí, vengo de lejos. –

Respondió ella, hundiendo su cara en el cuaderno de notas.

–Soy Ashigara, Ashigara Naomi, estoy a tu cuidado. –

Pero claro, todo el mundo tenía que socializar ahora, era poco probable que alguien conocido estuviera en el mismo salón que cualquiera de ellos. Lo que Najiko no entendía era, si este era un salón de excelencia (1–A) en una escuela de excelencia ¿Por qué había gente como Tsugimoto aquí?

–Asaki Najiko, es un placer. –

Dijo ella, volteando y acomodándose sus lentes. La chica que estaba al lado de ella le sonrió amigablemente.

–Quizá te sientas un poco sola porque vienes de lejos, pero si quieres, podemos ser amigas.  –

Najiko miró hacia abajo un momento. No estaba segura de querer hacerse amiga de alguien sin siquiera conocerla.

–A no ser que prefieras… –

Señaló a la entrada. Tsugimoto molestaba a otro estudiante nuevo que quería entrar al salón. Najiko rio levemente, sin preguntarse por qué se estaba riendo, ella quería decir “No estaría mal” Pero luego miró a esa tal Ashigara, sonrió y dijo “De acuerdo.”

Ese mismo día conoció a la zorra del salón: Karahara Miyabi. Una chica evidentemente citadina que sentía que por lucir el escote amplio y tener minifalda podía tener todo lo que quisiera. Ni siquiera era bonita.

Supo que era una zorra al instante que comenzó a coquetear con Tsugimoto en cuanto éste se presentó.

– ¿No está siendo muy amable? –

Preguntó esta vez Najiko, la clase estaba por comenzar. Ashigara no estaba prestando mucha atención a Tsugimoto y su extraña forma de relacionarse.

–Supongo que es lo que él estaba buscando. –

Comentó Ashigara, mirando a la chica entrar, luego del coqueteo. Entró y se sentó frente a Najiko, sin siquiera notarla. Todos los chicos voltearon a verla. Asaki se sintió algo… acomplejada, miró a su propio pecho por unos momentos, mientras el maestro comenzaba la clase.

–No dejes que te afecte, esta clase de chicas no valen para nada. –

Le dijo Ashigara, a sabiendas de que la chica citadina había hecho que Najiko se acomplejara. Después de todo, Najiko vestía y se movía mucho más modestamente, aunque hablando en términos puramente médicos, sus medidas y las de Karahara Miyabi no eran tan diferentes.

–No me afecta. –

Mintió Najiko, aunque fue evidente que ella mentía, Ashigara no dijo más, porque la clase había comenzado y no querían estar en problemas.

A la hora del descanso, Karahara Miyabi se levantó de su asiento y se acercó al de Tsugimoto, Ashigara no había terminado de guardar sus cuadernos cuando se escuchó en toda la clase que Karahara había invitado a Saji a desayunar. Najiko apretó los puños por debajo del pupitre, pero para sorpresa de todos, Saji rechazó la invitación.

–Lo siento muchísimo, Karahara–chan, pero he prometido al profesor de educación física que le ayudaría con los balones antes de la clase. –

Karahara encogió los hombros, ni que hacerle, un profesor era un profesor. Pidió voluntarios (así como suena) y al menos cinco chicos acompañaron a esa chica al receso. Saji volvió momentos después de que Karahara salió, con dos botellas de soda en las manos, y las colocó en la banca de Najiko.

Ambas chicas se quedaron perplejas.

– ¿Quieren soda? –

Preguntó Saji, Naomi miró a Najiko y Najiko a Naomi, luego voltearon a ver a Saji, quien sonreía. Estaba sudado, seguramente había tenido razón con lo de ayudar al profesor, pero si había terminado tan pronto, podría haber acompañado a Miyabi al descanso.

– ¿Por qué estás aquí? –

Preguntó Najiko, sin entender que estaba pasando.

–Pensé que como ambas vienen de fuera, no tenían amigos, así que quería traerles algo para darles la bienvenida. –

Respondió él. Era cierto que Naomi venía de la prefectura vecina, pero ella podía hacer sin problemas el viaje todos los días, no estaba tan lejos.

–Si querías hacer amigos, podías haber aceptado la invitación de Karahara. –

Tsugimoto se llevó un dedo a la barbilla, pensativo.

– ¿Eso? Bueno… mi abuelo siempre decía que chicas como esas hay en todos lados, y como no son serias, no conviene tomarlas en serio… –

–Tu abuelo es un hombre sabio. –

Respondió Ashigara, Najiko no había dicho nada.

–Bueno, gracias por la soda, si quieres, puedes sentarte con nosotras. –

Comentó Naomi, pero Najiko se puso de pie.

–Imposible. –

Dijo y salió del salón. Más tarde se arrepintió de haber actuado así, pero estaba tan avergonzada que no encontró otra forma de escapar de la situación en la que se hallaba, y evitó hablar con Saji después de eso, en todo el día.

–No te agrada mucho ¿Eh? Quiero decir, Tsugimoto–san. –

Comentó Naomi una vez que estuvieron en clase de nuevo. Saji no estaba en el salón.

–No es que no me agrade, es sólo que es raro, y no quiero relacionarme con gente rara, tú puedes hablar con él si quieres, a mí no me gustaría. –

Naomi, después de eso, se lo tomó literal, e hizo todo lo que pudo para mantener a Najiko alejada de Saji, quien le agradeció a Naomi por la comodidad que esta situación le brindaba. Quizá eso influyó todavía más en el hecho de que Najiko comenzó a volverse el blanco número uno de las travesuras de Saji.

Pero ese mismo día, Najiko, sabiendo que había mentido, no podía estar. Fue sólo que el chico era demasiado… invasivo. Quizá si hablaba con él después (un después que no quería que llegase nunca) todo se solucionaría, pensaba en esto mientras salía por la puerta lateral de la escuela, luego de su primer día de clases.

–––––––––

– ¿Presidenta? –

La voz súbita hizo que Najiko por poco se desmayara, tensa como estaba y recordando todas esas cosas.

– ¿Itami–kun? ¿Qué estás haciendo aquí? –

Itami estaba parado justo al otro lado de un pequeño corredor que iba alrededor del árbol.

–Iba a desayunar con un amigo. ¿Qué haces tú aquí?… escondida. –

Preguntó Itami, retrocediendo un paso, aquella reacción ya no le causó impresión a Najiko.

–Pues ve a hacerlo. –

Respondió Najiko, obstinada.

– ¿Quieres acompañarnos? –

Por unos momentos, Najiko se vio tentada a decirle que sí, no era la primera vez que le ocurría, es decir, en un instante, un montón de imágenes pasaron frente a sus ojos, imágenes en donde ella escapaba de allí y tenía una vida normal, lejos de todo esto. No iba a admitirlo, pero incluso pensó en que, algún futuro podía tener con este chico tonto.

Pero siendo sincera, estaba harta de engañar a chicos tontos para que hicieran lo que ella quisiera. Y estaba harta de escapar. No era que estuviera huyendo de los hombres de traje ahora, ni de la policía. Había estado huyendo desde el principio, desde que llegó aquí.

Había venido al instituto para huir de la idea de tener un matrimonio con un tonto como Sho–kun, a pesar de que le gustaba. Había escapado de la idea de salir con Saji, y había escapado del juicio que le impondría la sociedad escolar al salir con él, sosteniendo hasta el último momento la mentira de que le odiaba. En lugar de aceptar su muerte como algo natural, se había hecho presidenta, por escapar de la sentencia de silencio que le impuso el director, y luego había escapado de la presión social que le impuso el alumnado, cumpliendo, contra todo pronóstico, y a un alto costo, todo lo que prometió. Se hizo presidenta porque pensó que así, escaparía de la jurisdicción de todos y entonces podría escapar de aquella voz que le repetía todos los días que tenía que haber salido con Saji, voz que en su cabeza, pronto comenzó a mezclarse con las pesadillas acerca de un demonio de cabellos amarillos, que se paseaba cerca de ella, devorando las almas de quienes estaban a su alcance.

Había escapado de la responsabilidad de haber ocasionado la muerte de Suzune, ocasionando más muertes y había asesinado a Ikko, por escapar de la idea de que ella no había sido lo suficientemente buena con él. Ya que lo pensaba bien, la traición de Ikko no tuvo justificación, pero tampoco fue por nada.

Todo este tiempo había escapado. Había huido de sí misma.

–No tengo tiempo, vete ahora. –

Le dijo ella obstinada.

–Jamás logré comprender qué era lo que estabas pensando. –

Se quejó Itami, sabiendo que ella de nuevo estaba metida en algo problemático. Siendo así, quizá lo mejor era dejarla en paz.

–Tonto, no podrías aunque lo intentaras cien años, ahora vete. –

Le dijo ella, ya no enfadada, ni siquiera estaba mostrándose caprichosa.

–De acuerdo ¿Puedo verte luego? –

Preguntó Itami, dándose la vuelta.

–Sí. –

Respondió Najiko, y suspiró. De todos modos nada tenía arreglo a estas alturas, no era tonta.

Además de que… bueno, ella estaba enamorada.

Se recargó en el tronco del árbol y se dejó caer lentamente.

En todo este tiempo, Najiko había considerado la parte sentimental como algo pasajero, ahora entendía por qué. No es que no fuera importante, es que su corazón nunca estuvo desocupado. Sho–kun era lindo, y amable con ella, era genial y ella se sentía bien saliendo con él. Pero no logró llegar lo suficientemente dentro de su corazón como para que ella se considerase unida a él. Su relación con Sho–kun era la visión clara de cómo era ella y de lo que le hubiera pasado a Itami aún en el caso de que todo estuviera bien.

Ikko era tonto, fácil de manipular, y agradable hasta cierto punto, le sacó mucho provecho a sus cualidades, tanto en inteligencia como en su vida privada, y su traición le dolió hasta el punto en que sintió que se volvería loca.

Pero aquello no era amor.

No le mintió. Ella nunca dijo “Te amo” a Ikko, y cuando éste preguntó por qué, ella respondió lisa y llanamente que no quería hablar de algo obvio, pero no dijo qué era eso: Nunca se lo dijo porque nunca lo sintió.

Ikko era amable con ella y la trataba bien, pero la relación de jefa–subordinado jamás se rompió. Nunca lo considero su igual, nunca permitió que él tuviera protestad dentro de ella, estuvo relegado en todo momento, a servir cuando Najiko así deseaba que fuera. Normalmente lo desechaba después con algún pretexto estúpido.

Dentro de su mente, Ikko había sido un juguete al que ella había tomado especial aprecio, y quizá cuando éste se dio cuenta de que nunca sería más que eso, decidió que prefería otra vida. Otro asunto era que Najiko no iba a dejarlo escapar con facilidad, hubiera expulsado a cualquier estudiante que se atreviera a acercarse a él y eso ambos lo sabían. Aun así, Ikko no quiso ser un juguete.

Ella se molestó por eso y le asesinó.

Esa era la clase de persona que Asaki Najiko era.

Tsugimoto Saji sin embargo, había sido diferente. Empezando por el hecho de que nunca quiso ser su juguete y nunca entró en el punto en el que ella pudiera hacer lo que quisiera con él. A pesar de su idiotez, era él quien hacía lo que quería con ella. En todo el tiempo que lo conoció, él fue dueño de sus emociones. De él dependía que Asaki Najiko tuviera un buen día o uno malo, lo odiaba por ello, del mismo modo que Itami le odiaba a ella en ocasiones por no poder entenderla.

Saji nunca intentó comprenderla ni un poco, tampoco fue especialmente amable, al contrario, le hacía pasar muchos corajes, y se odiaba a si misma casi todo el tiempo por no poder evitar pensar en él. Lo odiaba cuando él se la pasaba jugando y ella sentía su corazón encogerse ante la perspectiva de que éste saliera lastimado, también cuando ella intentaba hablar seriamente con él y él se distraía con cada pequeña cosa. ¿Por qué es que Saji siempre se distraía cuando ella quería ser seria con él? ¿Por qué no la veía a ella? ¿Por qué no la entendía? ¿Por qué… si ella le amaba tanto, le trataba de esa forma?

Sólo tenía que comportarse… entonces ella sería feliz, porque si Saji se comportaba, no habría ningún impedimento para que fueran novios, que en realidad, era lo que Najiko deseaba, más que nada en el mundo. Sólo que nunca se atrevió a admitirlo ¿Es que acaso ese idiota tenía una idea de cuánto quería ella salir con él? ¿De cuantas veces soñaba al día con que él le diera un beso? ¿Tomar su mano? Pero aquello no parecía poder ocurrir, y a pesar de que era inútil, ella nunca se rendía, seguía intentándolo sin darse realmente cuenta, como quien tiene fe ciega en que el amor (un amor que ella nunca declaró) hará cambiar una persona. Por ello es que, el tesoro más grande que poseía el consejo estudiantil, sin que nadie lo supiera, era aquella fotografía que tenía consigo. La sacó de allí porque llegado el momento, era lo único que a Najiko le importaba salvar.

Y su muerte le cambió por completo.

Fue después de su muerte, que Najiko decidió que no valía la pena seguir viviendo.

Quizá por eso es que se arriesgó tanto, por arreglar las cosas que estaban mal para los otros, buscando al mismo tiempo esas emociones fuertes que la hacían sentir justo como cuando Saji aparecía en el salón de clases, esa tensión de no saber qué iba a ocurrir era lo que la mantenía despierta y viva. El caso estaba en que, a pesar de que fue horrible, y ella se sintió muchas veces desfallecer, llegado el punto en que se terminó, ella comenzó a beber sin control.

En alguna ocasión, a principios del tercer año, Naomi le reprehendió porque bebía a todas horas del día, sin importarle absolutamente nada.

–Sabes que si sigues podrías morir. –

Le reclamó, ella tomó la botella y la terminó de vaciar en su boca. Luego miró a Naomi.

–Cállate, soy tu presidenta ¿No es verdad? Puedo hacer lo que quiera. –

–Presidenta o no, tienes que detenerte, beber podría matarte un día de estos. –

– ¿Estas segura? –

–Claro que estoy segura, beber así es malo, podrías morir un día… y ni siquiera deberías hacerlo, eres menor de edad de todos modos. –

–Entonces espero que sea pronto, no puedo esperar. –

Respondió Najiko, con una sonrisa intoxicada por el estado en el que estaba.

–Pues no has tenido que esperar a ser mayor, ya estas bebiendo. –

–A ser mayor no… –

Naomi la miró ese día y salió de la habitación llorando. Después Najiko le pidió perdón en privado por actuar como una loca, pero estando así de alcoholizada, Naomi sabía que ella no estaba mintiendo.

Fue pensando en todas esas cosas que Najiko salió de donde estaba y comenzó a caminar. Llevando el retrato en las manos, dejó de fijarse en las demás personas, ahora todos parecían cosas grises moviéndose. Ni siquiera le importaron los sujetos de traje o la policía. Pudo ver que había alboroto en alguna parte de la escuela, pero eso tampoco le importó.

Al igual que como había llegado allí, ahora no era más la presidenta, era una chica pueblerina que no sabía nada del mundo, que había venido aquí por error, que no conocía a nadie ni nadie la conocía a ella. Y salió por la entrada lateral de la escuela justo como el primer día.

En ese momento, seguramente, los hombres de traje habrían entrado a su sala, que ya no era su sala y todo lo que quedaba de aquello era una nota:

“Ni usted ni yo estaremos aquí cuando las torres se caigan y el estruendo se amplifique por el vacío que nuestro sangriento combate haya dejado. Pude haber terminado esto hace mucho, sin ningún derramamiento de sangre, pero sus intereses y los míos chocaron entre ellos cuanto chocar se podía. Ahora iré a reunirme con él, y usted se reunirá con ella, y ambos daremos cuenta de nuestros respectivos crímenes, frente a aquellos que estuvieron allí para juzgar nuestras acciones.”

Y al salir de la escuela y dar la vuelta, un destello amarillo llamó su atención.

A más de una calle de distancia, pero perfectamente reconocible desde donde Najiko estaba, parada cerca de uno de los arbustos de la calle contraria, reconoció al demonio de cabellos amarillos, que miraba atenta la escena. Y entonces, por primera vez, la miró a ella.

¿Quién era esa chica? ¿De dónde venía? Eso no era importante en ese momento. ¿Había venido hasta este sitio para llevársela? Preguntas que nunca tendrían una respuesta. Y que ya no eran importantes a estas alturas.

Volteó hacia la entrada un momento, los estudiantes ni siquiera notaron que ella estaba ahí parada. Y luego volvió a mirar a la chica de cabellos amarillos y comenzó a caminar. El ruido se desvaneció alrededor de ella, y no escuchó que alguien le advertía del camión que iba a toda velocidad, sólo miraba a aquella chica mientras caminaba y le hablaba.

“Ya estoy aquí… tal cual como lo prometí, te agradezco que me dieras este tiempo para arreglar las cosas, puedes tomarme ahora… por favor, llévame con Saji”

Suplicó Najiko con lágrimas en los ojos. El demonio de cabellos amarillos devolvió la mirada, con la sonrisa de alguien que tiene poder para conceder lo que Najiko le había suplicado. La sonrisa de aquella chica de ojos azules fue lo último que Najiko pudo enfocar antes de que todo a su alrededor desapareciera, desvaneciéndose a negro como el final de una mala película.

Asaki Najiko se había marchado.