Jaakuna Kami V1 C1

Modo nocturno

Capítulo 1: Acerca de todas las cosas que pasaron desde que llegué aquí, con otras cosas graciosas.

Como acababa de despertar, lo único que hice fue acercarme a la calle y tomar agua para limpiarme la cara. Aquí las calles son de agua. Metzelli me miró ir y volver allí antes de seguirla a través del sendero que llevaría a su casa. A pesar de que las personas que pasaban por las calles (en pequeñas balsas) me miraban atentamente, o incluso con desconfianza, a ella no parecía molestarle en absoluto.

De todas formas, ella se dio cuenta de que no estaba muy cómodo. Me dijo lo que ya me había dicho un montón de veces.

–Ya se acostumbrarán. – aseguró mientras se acercaba a mí.

Me separé un poco. Una cosa es que estuviera un poco acostumbrado a no llevar casi ropa, y según yo, eso era diferente al contacto brazo con brazo con una chica, que además, al igual que yo, llevaba los hombros descubiertos.

–Creo que será más fácil que me acostumbre yo a sus miradas. –

Continuamos caminando mientras miraba a mucha gente bronceada ir y venir por los canales de la ciudad, hasta que llegamos a su casa. Había una especie de huerto afuera donde parecía haber algo asi como lechugas, que todavía no estaban listas.

–Hoy comeremos Amilotl, ¿Te agrada? –

Preguntó, volteándome a ver antes de entrar a su casa, yo negué con la cabeza, pero no porque no me gustara.

–Jamás lo he comido, ¿Qué es? –

Pregunté.

–Es uno de esos peces que hay en el lago, mis padres los pescan de cuando en cuando y los comemos, se comen sin cocinar… ¿Estaría eso bien para ti?

En otras palabras, Amilotl es lo que yo conozco como sashimi. O algo así.

–Bueno, he comido cosas parecidas antes, no creo que sea un problema.

Metzelli me mostró su sonrisa más encantadora mientras abría la pequeña rejilla que mantenía a las aves de corral dentro de la casa. Las conté, eran cuatro pavos.

Y mientras yo contaba a las aves, salió de la casa una mujer que era básicamente la versión crecida de Metzelli; su madre, Anci, quien sonrió amablemente mientras se acercaba junto con su hija. Yo ya conocía a la señora y ella me conocía a mí.

La casa de Metzelli era una composición de adobes extraños, y una especie de bambú unido inteligentemente con varios lazos en capaz para hacer una pared gruesa a los cuatro lados. El techo estaba decorado con pequeñas cosas circulares que imagino que cubrían los pilares de la casa para que estos no se mojaran con la lluvia. Aunque era de solo un piso, era grande y amplia, y dentro de ella uno se sentía más fresco

Cuando yo llegué a este mundo, dicen los que me encontraron que me encontraron al pie de un árbol, un grupo de cazadores que pasaban casualmente por allí, y como estaba cerca de este lugar, me trajeron y amablemente me llevaron con un curandero para que me curara. Aún tengo una marca en la cabeza, aunque ya no me duele si la toco.

Resultó que, a pesar de que yo era un completo extraño, me dejaron vivir porque uno de los curanderos les dijo a las autoridades y éstas querían saber más de mí. Espero que no piensen que soy un espía o algo así. Cuando desperté, la primera persona que vi, fue a Metzelli, y como muy pronto quedó claro que ni yo podía hablar su idioma, ni ellos el mío, ella se ofreció a enseñarme todo lo que hubiera que saber para poder vivir aquí, y… para responder a las preguntas que se supone que me quieren hacer.

La razón de que ella estuviera allí en ese momento, fue porque su madre, es la hermana del cazador que me trajo a la ciudad, y como se trataba de un completo extraño, el rumor se esparció pronto. Con señales y gestos, le di a entender a Metzelli que estaría listo lo más pronto posible para comparecer ante los sacerdotes, quienes tengo entendido que no están seguros de que deberían pensar de mí.

Se decidió pues, que lo mejor era que yo fuera a la escuela y me relacionara con otras personas para poder hablar y expresarme correctamente lo más pronto posible. Y… bueno, como era hoy mi primer día, y como además parece que el progreso va a buen ritmo, Metzelli me pidió que conociera al resto de su familia hoy.

Evitaré poner todo aquello de donde estoy, como llegué aquí, si puedo o no puedo regresar. Creo que esas preguntas no tienen respuesta alguna. Lo único que sé de todo esto, es que esta es la capital, la capital de un gran país, según Metzelli dice. Ah, y que parece esa ciudad que aparece en las postales italianas, recuerda un poco a ella.

Dicho todo esto, lo siguiente que ocurrió es que yo estaba dentro de la casa, como en el mundo normal, nos sentamos en el suelo, y como en el mundo normal, sirvieron los pescados en un plato de madera. Eran unos pescados extraños, del tamaño de una libreta escolar, aun así, estaban abiertos y limpios. Lo único que me extrañó, es que no me dieron dos palillos, sino solo uno.

–Vaya, parece que has logrado adaptarte muy bien a la vida de aquí. –

Comentó la mujer, supongo que contenta con la familiaridad con la que tomé el pescado y me senté a la mesa. De todos modos, hablaba con palabras simples, siendo considerada, solo en caso de que yo no pudiera comprenderla.

–No es la gran cosa, señora Anci…

Le respondí, y aunque me tardé como tres minutos en formular mi respuesta, tanto Metzelli como su madre sonrieron. Por eso supe que lo había dicho bien, al menos lo suficientemente comprensible.

–Mi padre ha ido temprano al mercado a vender lo que él y mi hermano han pescado, no volverán a tiempo para el desayuno, pero ya habrá tiempo de que los conozcas. –

Explicó Metzelli, mirándome, yo volteé a otro lado porque me intimidaba un poco. Es decir, la mesa era pequeña y ella estaba demasiado cerca.

Había otra persona en la casa, una mujer anciana, supongo que la abuela de Metzelli o algo así, pero ella no dijo nada, se limitó a comer. Yo tomé el palillo que me dieron, y lo miré por un momento. ¿Cómo es que se come con esta cosa? Me preguntaba. Miré a Metzelli, quien en lugar de comer, estaba mirándome a mí.

“Eso no me ayuda en nada ¿Lo sabes?”

Fue lo que pensé, cuando ella comenzó a reírse de mí. Lo que me faltaba, estaba haciendo el ridículo en la mesa. La señora Anci golpeó a Metzelli en la cabeza.

–Eso dolió. –

Se quejó ella, mirándola y sobándose la cabeza.

–Si te dolió entonces deja de reír, muchacha desconsiderada. Muéstrale como se hace, se supone que eso harías, ¿Que has hecho todo este tiempo si él todavía no sabe cómo comer esto? –

Vaya, en todos lados te encontrabas con madres duras. Bajé el rostro, avergonzado por haber provocado una escena como aquella, pero la señora Anci me sonrió. Pensé que Metzelli estaría enfadada conmigo, pero cuando me di cuenta, ella estaba sentada pegada a mí y tomó mi mano con la suya.

El corazón se aceleró de cero a cien en menos de cinco segundos.

–Se toma con esta mano… –

Dijo ella, creo que me estoy mareando. Podía sentir su piel rozar con la mía, ya he dicho que era difícil acostumbrarse a esa situación.

–Y luego lo separas así… –

Movió mi mano con la suya. Yo sentí que me iba a desmayar al tiempo que su aroma entraba por mis fosas nasales.

–Y eso es todo. No es tan difícil, ¿verdad? –

Me dijo ella, separándose un poco y mostrándome una de esas sonrisas encantadoras que ella tenía cuando explicaba algo. Yo me sostuve de la mesa para no desmayarme, asentí con la cabeza y me concentré en comer el resto del plato.

–––––

Una vez que salimos de la casa y caminamos en dirección al Te–Telpoch… llamémosle escuela esta vez, como decía, cuando nos dirigimos a ese lugar, Metzelli hizo una pregunta que no esperaba.

“No comprendo cómo es que aprenderme el nombre de la chica me resultó tan fácil entonces, la lengua era increíblemente difícil aquí”

–Tú… ¿de dónde vienes? – preguntó ella, sin dejar de caminar.

Voltee a verla por unos momentos, cuando se dio cuenta, se acomodó el cabello detrás de la oreja y sonrió.

–Soy… de un país… llamado Japón. –

Le dije, aquel nombre le pareció raro. Por un momento pensé que no había usado los términos correctos o algo así, estaba a punto de cambiar mis palabras cuando ella respondió, evidentemente, usando los términos más simples para decirlo.

–Y… ¿eso es muy lejos? – Preguntó.

Creo que el nombre le sonaba tan extraño como a mí me sonaban los términos de aquí.

–A decir verdad… no estoy seguro. –

¡Que rayos! Por supuesto que tenía que ser lejos, es decir, nunca antes había escuchado siquiera de un sitio como este, tenía que ser lejos por fuerza, en otro planeta o algo así.

–Eso no es posible ¿No recuerdas el camino hasta aquí? ¿Cuánto tiempo caminaste y esas cosas? –

–No… –

Imposible decirle que yo nunca caminé hasta aquí.

–¿Por qué te fuiste de allí? ¿No tenías qué comer? ¿Es Japón un país árido? –

Insistió ella. Supongo que era normal que, después de todo lo que había pasado, ella tuviera preguntas, más bien aquí el anormal era yo, que no tenía una respuesta a cosas tan simples.

–No, por supuesto que no. Es… un país muy bello…, con montañas altas y bosques profundos. También…  hay sembradíos enormes y muchos animales. Es… bello. –

Le dije, en realidad no sé porque lo defendí, sólo no me gustaba que ella pensara que venía de una estepa árida e infértil. Sentí que me haría ver como un mal tipo.

–Entonces, ¿qué fue? – Preguntó ella otra vez.

Alcancé a notar un leve dejo de desconfianza en su voz, pero este desapareció rápidamente. ¿Estaba dudando de mí? No quería eso, ella era mi primera amiga en este lugar, bastante la única que se ofreció amablemente a mostrarme todo lo que necesitaba saber.

–Yo… no lo sé. – le dije, Metzelli suspiró.

–Sabes que van a interrogarte hoy ¿Verdad? – preguntó, no parecía feliz.

Asentí con la cabeza, ella me miró, poniéndose sería un momento.

–Si la cosa va mal, pueden decidir que deberían echarte de aquí, a la selva, o… pueden sacrificarte, y aunque me sentiría honrada de saber que conocí a alguien que fue entregado a los dioses, creo que no es eso lo que a mí me gustaría. –

Espera un segundo… ¿Dijo “sacrificarme”? No podía estar hablando en serio ¿O sí?

–Creo que… no escuché bien esa parte, Metzelli… ¿Qué quieres decir con… sacrificar? –

Ella señaló la calle central por la que andábamos, esa que llegaba al centro de la ciudad. Una enorme pirámide sobresalía de entre toda la ciudad. Era muy obvio que ese era el pináculo de todo este gran trabajo. El centro de todo, quiero decir, algo así como el palacio imperial de Japón. Pero nunca pensé que su significado aquí sería tan… escalofriante.

–¿Ves el templo de allí? – preguntó ella, señalándola.

–Si… lo veo. –

Metzelli asintió, luego me explicó:

–En ese lugar, los sacerdotes llevan a los prisioneros de las guerras para sacrificarlos, les sacan el corazón y lo ofrecen al dios del sol para que nos ilumine. Cuando los sacerdotes se enteraron, lo primero que pensaron fue en llevarte hasta allí, pero también piensan que puedes ser una especie de huésped o algo así… si te interrogan y no puedes responder, puede que decidan que lo mejor es llevarte a ese sitio, mucha gente tiene miedo de que seas un espía o algo así, mi tío les dijo que te cuidaríamos hasta que estuvieras consiente y pudieras responder, pero ellos no olvidarán que estas aquí. Y bueno, siendo sincera, no quiero que mueras. –

No supe que podía responder a todo eso, creo que una parte de mí, una gran parte de mí, quiso creer que Metzelli estaba exagerando, que estaba diciéndome una mentira para que yo le respondiera, aunque a decir verdad, creo que no sonaba tan extraño, aquello de los sacrificios, Metzelli lo dijo con una naturalidad que daba miedo.

–¿Por eso fue que te ofreciste a enseñarme…? –

Pregunté, ella asintió con la cabeza.

–Es solo que no quiero pensar que eres un enemigo o algo así. Llámalo tontería si quieres, pero mi tío piensa que eres una persona normal, y como además, los sacerdotes están indecisos aun, y como tienen todavía muchos prisioneros, mi tío los convenció de esperar. El sumo sacerdote de uno de los templos está particularmente interesado, será él quien te pregunte cosas. –

Tenía la impresión de que había una razón en todo ese comportamiento que movía todas las cosas para que así fueran. Es decir ¿Qué había llevado a su tío a pensar de aquella forma? Pero como no me hallaba en posición de hacer más preguntas, mejor dejé el tema para después.

–Así que… ¿Dónde está Japón? –

Preguntó ella, sonriéndome, yo asentí, entendiendo que necesitaba una respuesta más concreta.

–Al otro lado del mar. – Respondí.

–¿Mar? –

Ella nunca había visto el mar. Me llevé una mano a la frente.

–El mar. El agua que separa la tierra de la otra tierra. –

Le expliqué, ella se llevó un dedo a los labios, pensativa, ladeó su cabeza un poco, y volteó a ver el lago.

–¿Así? – Preguntó ella.

–Más o menos, sólo que… mucho más grande… ¿Nunca has ido a la playa? –

Tuve que usar términos japoneses para darme a entender, ella se me quedó mirando.

–Un día te mostraré el mar. –

Le dije, luego continuamos caminando.

–––––

Es una pena que las clases de chicas y chicos estuvieran separadas (aunque nos veíamos a la hora del descanso) y cuando llegué a mi nueva clase (un salón, relativamente normal) todo el mundo se me quedó viendo, mientras yo miraba a todo y a todos. El maestro del aula, ya había sido informado acerca de la llegada de un nuevo alumno (aunque no sé quién se lo había dicho) así que se levantó (todos se sentaban en el suelo, no había pupitres aquí) y acercándose a mí, se dirigió a los demás.

–Hoy recibimos a un nuevo alumno, gracias a los dioses. – Dijo, luego me miró – por favor, dile a todos cómo te llamas, que edad tienes y… ¿De dónde vienes? –

Preguntó, evidentemente notando que yo era diferente y algo confundido por mi aspecto. Pero lo único que atiné a hacer, fue a hacer una presentación a la japonesa, claro, hablando en el idioma de aquí.

–Mi nombre es Yuguro Aki. Espero… llevarme bien con ustedes. –

Los chicos se miraron entre ellos y luego voltearon a verme.

–A ver… tengo 15 años… vengo de Japón, de… Osaka… ¿Qué más? –

Y el maestro me interrumpió.

–Muy bien, muy bien, todos sabemos lo que hay que hacer cuando llega un nuevo compañero ¿Verdad? Ahora, adelante. –

Sin saber cómo ni porqué, todos los chicos (eran más o menos veinte) se pusieron de pie y comenzaron a golpearme. Caí al suelo para recibir patadas y más golpes y como me tomaron por sorpresa, no pude defenderme. Después de un rato, los golpes se detuvieron y uno de ellos me extendió la mano.

–Quizá no lo sabes, pero así recibimos a todos los nuevos por aquí. –

Me puse de pie como pude, ayudado por este nuevo compañero, se presentó momentos después.

–Soy Icihuatl, soy el más grande del grupo. –

Explicó. Así que era mi Sempai, bueno, no sé si esas cosas apliquen aquí, pero por el momento, parecía amigable, otro chico se acercó a mí y me puso una mano en el hombro, amistosamente, me quité como pude la sangre de la nariz para poder saludar.

–Si bueno, es un modo muy rudo de admitir nuevos estudiantes. –

Le comenté, haciendo uso de todo lo que sabía. Él asintió.

–Dime… ¿Dónde está esa aldea de la que hablas? –

Por supuesto que tenía que preguntar, los demás me miraron interesados, pero antes de que yo pudiera decir cualquier cosa el maestro tomó la atención del grupo. Más bien puedo decir que nos interrumpió, con la intención de que yo no dijera nada.

–Como todos saben, se acerca una fecha muy especial en el calendario y es costumbre celebrarla con juegos de pelota. Los grupos de la clase van a competir entre ellos en el juego. Por tanto, necesitamos ejercitarnos para estar listos. Quiero verlos sudar de ahora en adelante ¿Entienden? –

Todos respondieron con un animado “Si” y salimos afuera del salón corriendo. Bueno, creo que esto podía parecerse a empezar el día con educación física, pero antes de que yo pudiera siquiera unirme para correr o algo, el maestro me alcanzó y me tomó del hombro.

–Ven conmigo. –

Me dijo. Fui sacado de la escuela después de aquello y justo afuera de la entrada, había un hombre parado, llevando un casco con forma de lobo y una capa negra. Junto a él, había muchos hombres que tenían lanzas, pero permanecieron distanciados del hombre y de mí. El hombre me miraba con interés, como si no estuviera seguro de que pensar de mi apariencia. Yo tragué saliva.

–Mi nombre es Yayauhqui, sacerdote del templo de Tezcatlipoca, debes venir conmigo ahora. –

Fue lo que dijo. De algún modo, sentí como si estuviera siendo arrestado, aunque no había dureza en el rostro del hombre, parecía más bien que disfrutaba lo que estaba pasando. (Creo que las otras personas eran adeptos de uno de sus dioses y la lanza era más de ceremonia que para usarla)  Yo estaba tan nervioso, que me hubiera gustado que me sacaran el corazón solo para dejar de sentirme así.

–––––

Me llevaron hasta un pequeño espacio abierto a pocos pasos de la escuela, y ya muy cerca de la calzada principal, que me dijeron que se llamaba “Tacuba” y una vez allí, el hombre se sentó en una especie de manta que uno de los hombres que le acompañaban puso en el piso. Me senté en el suelo también. A pesar de ser un espacio abierto, estábamos solos.

–Todavía no sabemos si eres digno de entrar en los recintos sagrados, por eso es que haremos esto aquí. No tienes problemas con eso, ¿verdad? –

Así que tenía razón, aquel sitio era una especie de palacio imperial. Por supuesto que no iban a dejarme entrar así como así.

–No, señor. –

Respondí, haciendo una reverencia, el hombre me miró con más curiosidad aun, pero mis nervios no me permitieron pensar en que aquí, nadie hacia reverencias así.

–Sé que hablas una lengua extraña, tu color es diferente también, pero todos te vieron sangrar, así que, eres hombre, de carne y hueso. –

Creo que eso fue lo que dijo, no lograba comprenderlo bien, los hombres que venían con él estaban hablando de algo, que yo no alcancé a escuchar.

–Así entonces, yo pienso que no podemos entregarte a los dioses si no sabemos quién eres. – me explicó.

Es decir ¿Iban a matarme? ¿Para eso querían saber quién era? ¿Me matarían si se los decía?

¡Que alguien me saque de aquí!

Pensaba en eso cuando algo distrajo mi atención. De entre las personas que estaban con el sacerdote, se abrió paso una chica, delgada y vestida de forma colorida al igual que ellos, y llevando también una lanza. Lo más interesante de esta chica es que uno de sus ojos era negro, como su cabello, pero el otro era color rojo. Yo nunca había visto algo así en la vida real, no pude apartar la mirada de ella, pero ella sí lo hizo conmigo.

Giró la cara con desdén en cuanto se dio cuenta de que la estaba mirando.

Sentí que mi corazón se encogió, pero siendo sinceros, me dio miedo que el sacerdote se diera cuenta.

–¿De dónde has venido? –

Preguntó el sacerdote. Pero de algún modo, mi tensión había bajado, luego de aquella extraña distracción, suspiré para volver a la realidad (Si es que podía llamarle realidad a esto.)

–Soy de Japón. Caí en un lago profundo y me golpeé la cabeza. No… recuerdo mucho hasta que desperté… y estaba aquí. – Le dije,

El hombre se dio cuenta de que mi lenguaje todavía no era muy bueno, pero creo que también se dio cuenta que estaba diciéndole la verdad. Básicamente eso era lo que había pasado.

–¿Tienes familia? ¿En dónde están? – preguntó,

Miré por el rabillo del ojo a la chica, quien volvió a mirarme con desdén cuando voltee a verla.

–Mi familia, mi padre, madre, y hermana, se han quedado en Japón, no creo que sepan en donde estoy. –

Le dije, pero no estaba mirándolo a él, sino a la chica, esperaba que abriera los ojos para poder verificar que ella tenía los ojos de diferente color, además de que, no niego que era bonita. Pero ella no quería mirarme.

–¿Dónde vives ahora? – preguntó el hombre.

Volví a la realidad de nuevo para responder, pero creo que con ella allí no podía volver del todo.

–En la casa del hombre que me ayudó, señor. –

El sacerdote se dio cuenta que no estaba poniendo mucha atención y volvió su vista a sus espaldas.

Ahora sí van a matarme.

–Citlatzín ¿Quieres decir algo? Acércate. –

Le dijo el hombre. Sentí que el corazón se me iba a la garganta. Sin embargo, la chica se acercó con cara de desinterés y luego me miró.

–Padre. – Saludó ella, bajando su lanza con sus manos juntas.

¿Padre? Seguro que me manda sacrificar por estar mirando a su hija.

–¿Tienes algo que decir? – Preguntó el hombre, con tono severo, pero la chica no se inmutó, al contrario, respondió aún más severa que él, pero me señaló a mí.

–Los dioses no lo querrán, padre. – aseguró ella.

Luego me puso la punta de la lanza en la cara, yo no hice más que mirar sus ojos.

–¿Cómo lo sabes? –

Preguntó el hombre, seguro que no le creía, es decir ¿Quién lo haría? Pero ella respondió con plena seguridad, y para mi mala suerte, sin mirarme.

–Lo veo con mi ojo, él no les sirve para nada, puede que incluso se ofendan. –

El sacerdote permaneció en silencio por unos momentos, tomándose la barbilla con las manos, como si estuviera considerando la posibilidad. Citlatzín no quería mirarme, pero creo que acababa de salvarme el pellejo. Eso era lo suficientemente bueno para mí.

Los dioses me sonrieron cuando el sacerdote puso las manos sobre sus rodillas, no sé si sus dioses, o los míos, pero el caso es que asintió.

–De acuerdo, confiaré en tu palabra. Nunca antes me has fallado  Citlatzín. –

Dijo, y se puso de pie, Citlatzín asintió con la cabeza.

–Vuelve al Telpochcalli, Aki… y esfuérzate en lo que hagas, espero que puedas volver a tu hogar un día, pero hasta entonces, vives aquí, volveremos a vernos. –

Asentí con la cabeza, tenía lágrimas en los ojos.

El sacerdote se dio la vuelta después de eso, y comenzó a caminar hacia la calzada. Los hombres con lanzas le siguieron. Ella también.

¿Es todo? ¿Me salvas la vida y luego te vas? Eso no es justo. Ni siquiera me dirigió la palabra.

Pero no podía ser tan malo, porque mientras yo me quedaba allí, inmóvil mirándola caminar, ella se detuvo por unos momentos, una vez que estuvo segura de que nadie le vería detenerse.

Y se giró para verme. Hizo un ademán con la mano, y entonces, me sonrió.