Jaakuna Kami V1 C2

Modo nocturno

Capítulo 2: Sobre el primer día en esta escuela rara y un juego de voleibol muy extraño.

Volví al Tepoch… calli por mi cuenta. Ninguno de ellos se dignó siquiera a acompañarme, aunque no los culpaba. ¿Cuán común debía ser para ellos recibir a gente con rasgos tan llamativos como yo en esta ciudad?

Sólo espero que no vuelvan a interrogarme en un tiempo. Quiero dominar su idioma para convencerlos.

Pero quizás no bastaría con eso. Tenía que ganarme la aceptación y por eso decidí asistir a… esta escuela.

Pese a que el lugar no era muy grande, al volver no pude encontrar ni al maestro ni a mis compañeros. De hecho, el maestro apareció desde algún sitio y me tomó del hombro. Al parecer, los adultos en la ciudad gustaban mucho de tomar el hombro de los forasteros sin permiso, o tal vez yo era demasiado distraído.

–Por fin te he encontrado, Aki, Lamento mucho dejarte solo con el sacerdote. Son las leyes. – dijo mi maestro cordialmente

Quise preguntar exactamente a qué se referían esas leyes, pero bien dice el dicho: “La curiosidad mató al gato”. Por desgracia, a mí me gustan los gatos y, desde que llegué aquí, no había visto a ninguno.

Nunca se sabe.

Fue luego de eso que comencé a entender las verdaderas diferencias entre ellos y yo, comenzando por lo que siguió después. El maestro me dijo que ya todos estaban reunidos en el “tachtlis” Cuando le pregunté qué era eso, sonrió con vehemencia y me pidió que lo siguiera.

Fuera de la escuela, nos encaminamos hasta un campo abierto. En dirección al templo del que provenía el sacerdote que me entrevistó, se hallaba una construcción algo peculiar que no había visto antes… Ni siquiera en las breves visitas guiadas que me hizo Metzelli. Primero que nada, eran dos especies de rampas hechas de piedra, como de la altura de una persona…y largas como una calle de las de mi país, de lado a lado. En lo alto de aquellas rampas, justo a la mitad, ponían una especie de anillo de piedra, como una canasta de baloncesto volteada, en forma vertical, con símbolos tallados en la circunferencia que no pude leer, parecían ser serpientes, águilas o incluso rayos de sol. Todavía no entendía muy bien la iconografía de ese lugar.

Pero volviendo a la construcción, ambas rampas se mantenían separadas por un terreno con césped. Y en esa separación entre las rampas se encontraba el resto de la clase…

El maestro y yo bajamos hasta donde se encontraban. Al acercarnos noté que todos ellos se habían despojado de la “tilma” y lo único que vestían era una especie de cinturón de cuero que me recordó enseguida al mawashi de los luchadores de sumo. Otra cosa que atrajo mi atención fue un objeto esférico que reposaba en el suelo, en el centro de todos ellos. Era de un negro opaco y no debía tener un diámetro mayor a los veinte centímetros.

Si mi capacidad mental no había disminuido ni un poco, aquello debía tratarse de una pelota. No se parecía mucho a las pelotas que yo conocía, pero… no creo que pudieran hacerla de plástico como yo las conocía.

–Muy bien, ahora ya podemos empezar con la práctica –anunció el maestro con cierto júbilo.

Espero que esta práctica no incluya más agresiones al pobre gaijin aquí presente.

–Acércate, Aki –indicó el maestro. Cuando lo hice, el hombre me pasó un brazo por encima de los hombros y juraría que apoyó parte de su peso en mi ser. Caramba, eso era una acción que fácilmente podía denunciar como acoso sexual en mi natal Japón. En este sitio, no obstante, preferí reservarme esas acusaciones para evitar malos entendidos; bastante tenía ya por ese día con explicar lo que era una playa y que yo provenía de una tierra lejana, al otro lado del mar–. Dime, ¿qué es lo que notas de diferente entre tus compañeros?

Era una broma, ¿verdad? Cuando desperté en aquel camastro me imaginé que, de un momento a otro, aparecería el equipo de grabación y el presentador de algún programa de bromas. Seguro que esto no se trata más que de una producción de alto presupuesto, me dije en aquel instante. Si había un momento idóneo para soltar la verdad, seguro sería aquel en el que ya comenzaba a adaptarme a la nueva vida en esta ciudad.

Sí, seguro que sí. Sin embargo, supe que no era una broma porque mis compañeros me miraban con impaciencia. Puede que aún no dominara su idioma, pero el lenguaje de sus ojos era algo tan común en Japón que no necesitaba ninguna clase de estudio. Sus miradas me recalcaban el hecho que yo era el extranjero allí, el tipo raro, el desconocido que no debería tener cabida en alguna de sus viviendas y que, por supuesto, no tenía por qué mancillar sus costumbres e interrumpir su día a día con mi presencia. Ahora sé lo que sienten los estudiantes de intercambio.

Obviamente identificar las diferencias no era problema. Ya lo había hecho en cuanto nos acercamos lo suficiente.

–Sus… vestimentas – dije tímidamente de todas formas. Un poco de precaución nunca viene mal en un lugar todavía desconocido.

El maestro sintió complacido y se separó de mí. Al menos estaba demostrando que no era un idiota.

–Así es, Aki. Ellos ahora mismo se han despojado de sus tilmas y ahora visten sus cinturones ceremoniales ¿A alguno le gustaría explicar lo que son? –

Cinturones… ¿qué?

Ante la pregunta abierta, nadie se ofreció a hacerlo al principio. Ichiuatl miró a los tipos que lo franqueaban y entonces se decidió a hablar.

– Yo lo hago. –

El maestro le cedió la palabra con un gesto de cabeza.

–Los cinturones ceremoniales son éstos –Ichiuatl hizo ademán de rodear con las manos la prenda que portaba en la cintura–. Es la vestimenta que debemos usar en el ulama.

¿Ulama? ¿Qué… qué es eso? ¡No logro procesar nada de esto!

El maestro debió percatarse de mi expresión, por lo que agradeció a Ichiuatl su explicación y retomó el resto.

–Ya que eres nuevo, te explicaré lo que es el ulama, Aki. Se trata de un ritual ceremonial de nuestro pueblo, el cual representa la lucha constante entre las fuerzas que dominan nuestra existencia: el día y la noche y la vida y la muerte. Al igual que en esta ceremonia, una de estas fuerzas siempre se impone por encima de la otra –Para enfatizarlo, levantó la vista al cielo y extendió un brazo hacia el sol que todavía no se encontraba en su punto más alto–. En la cima, la estrella que Tonatiuh nos brindó para iluminar nuestros días se alza poderosa. Pero su fuerza, a pesar de ser tan inmensa, llega a agotarse y es cuando se retira a descansar. En ese momento, la diosa Coyolxauhqui se nos presenta con la estrella que reemplaza al día, envolviéndonos con su manto nocturno acompañada de su ejército de pequeños astros anunciando su victoria sobre Tonatiuh. Eso es lo que representa el ulama.

¿Ulama era entonces el juego? ¿Es una clase de poesía o educación física? No lo entiendo, aunque esta explicación sonó genial.

El maestro continuó con su lección, algo que no todos aprobaron por buenas razones.

–Debo aclarar que el Ulama es justo una ceremonia ritual, en la cual se ofrenda a los dioses un sacrificio humano por distintos motivos –

Y aquí es cuando todo lo bello se pierde…

–Ya sea por una futura buena cosecha, una lluvia que nutra nuestros campos, la salud de nuestros hermanos y hermanas o la fuerza a Tonatiuh. Es por esta razón que se celebra en fechas específicas, en las que, debo aclarar, la indumentaria es completamente distinta según sea el caso. Por ahora, no ahondaré en estos detalles porque lo haré el día de las festividades. Ahora bien…

–Disculpe…

–Dime, Aki.

–Antes mencionó… que el ulama es una ceremonia ritual con sacrificios humanos. De verdad… ¿Se sacrifican personas?…

Recibí risas de mis compañeros como respuesta. Era de esperarse. No obstante, el maestro se mantuvo sereno, casi como si esperara aquella duda para responderla.

–Es correcto, Aki – soltó en un hilo de voz – Es tal y como lo imaginas. –

Tragué saliva, esperando que no fuera en serio aquello de presenciar la ceremonia el día al que se refería. Y si así fuera, buscaría la oportunidad de escabullirme para no estar allí en el momento del sacrificio.

–De cualquier modo, no es tan malo como parece – agregó el maestro–. Es un acto de devoción y el mero hecho de ser partícipe debería considerarse un privilegio. No cualquiera es digno de ser ofrendado a los dioses, aunque el sacrificio sea el equipo perdedor del encuentro. Y lo comprenderás cuando lo veas.

Eso es a lo que yo llamo un juego de la muerte… ¿Quién diablos consideraría un privilegio morir por los dioses así nada más? ¿Quién, en su sano juicio? Ni siquiera he sabido de algún dios en Japón que requiriera sacrificios humanos como ofrenda. Aunque aquello me trajo a la mente las palabras de Citlatzín. Ella aseguró que matarme ofendería a los dioses… ¿Quiso decir que no era lo suficientemente bueno? No entendí.

–Lo que nosotros haremos hoy, podría catalogarse como “Ulama de diversión” –

Ahora resulta que hay dos modos de juego. Maldición. ¿Qué clase de lección es esta?

–En el ulama informal no se involucran sacrificios humanos. Es solamente una forma de recreación para distraernos de los deberes, y para tener un buen físico. –

Al fin algo que no sonaba fatídico y era mucho más normal, aunque no me sentía del todo tranquilo luego de lo que acababa de escuchar. Ni de chiste.

–Cómo eres alguien de fuera, tendré que explicar las reglas del ulama –indicó el maestro–. Es muy simple. Primero, cada participante debe despojarse de sus prendas y vestir únicamente el “chimalo”, como símbolo de un hombre listo para convertirse en un guerrero. Segundo, se forman dos grupos de cuatro miembros, representando una fuerza opuesta a la otra. Tercero, se designan las posiciones de cada uno de los tahúres y se marca la “Analco” para dividir el terreno en dos partes.

Demasiados términos que yo no comprendía. Afortunadamente, el maestro volvió a adelantarse a mis preguntas y se dispuso a explicar lo que eran los llamados “tahúres”.

–Están el male, quien es el que realiza el saque de partida de la bola, el malero, quien es el que se encuentra delante del analco, el chivero que se encarga de cubrir el extremo posterior del terreno y el topador, responsable de responder al saque del male del grupo contrario. –

Dicho en otras palabras: Ulama es el nombre del juego, los “tahúres” son el término designado a jugadores y cada uno tiene una posición designada como en cualquier otro deporte. “Analco” la división de lado del campo de cada equipo. Todo entendido hasta allí..

–El ritual consiste en pasarse la bola de grupo a grupo golpeándola con las caderas hasta que alguno de los miembros no pueda responder o la bola salga sobrepase el límite del tachtlis de alguno de los grupos. De conseguirse, el grupo que haya respondido obtendrá un ravit. Si durante una respuesta, la bola rebota más de una vez en el campo, el grupo que se encuentre de ese lado del analco perderá un ravit. –

¿Los ravit son los puntos?

El maestro hizo una pausa para señalar los aros de piedra que se encontraban en lo alto de las rampas de piedra.

–Si alguno de los tahúres consigue hacer pasar la bola a través de alguno de los anillos, se declarará vencedor al grupo al que pertenezca. –

Parecía ser muy simple, pero… ¿pasar la pelota a través de los anillos para ganar únicamente usando las caderas? ¿No resultaba ser algo complicado?

Quizás no, o al menos era lo que los rostros de mis compañeros decían. Claro, ellos tenían la ventaja de conocer el juego y yo, que llevaba menos de un mes conviviendo con la gente de esta ciudad, era el más novato del lugar.

– ¿Alguna duda, joven Aki? –preguntó el maestro.

–Sí… ¿Cuánto tiempo… dura el juego? –

Pregunté.

–Una hora o hasta que alguno de los tahúres consiga hacer pasar la bola por alguno de los anillos.

Repito: algo simple, pero complicado. No me hacía a la idea que permaneciéramos pasándonos la bola durante tanto tiempo con las caderas. Dediqué un vistazo a la bola, deseando con todas mis fuerzas que fuera tan inofensiva como la impresión que daba. Claro que eso era pedir demasiado comparado a lo que llevaba aprendido en esos momentos.

–Muy bien. Con todo dicho, creo que podemos empezar. Aki, por favor ponte un cinturón que se encuentra allí – Me señaló el borde de una de las rampas, donde se encontraba una de aquellas prendas.

Atendí su instrucción. Me quité la tilma, sintiéndome un poco avergonzado, y me puse el cinturón… después me enteré que le llaman “chimalo” porque este sólo se usa para jugar. Me lo acomodé lo mejor que pude. Era de piel, no hacía falta mucho para darse cuenta… mi pregunta era ¿Piel de qué? Pero no dije nada. Con el calor que hacía, no tardó en producirme hacerme sudar de la cintura. Voy a necesitar un baño después de esto.

Cuando regresé a donde mis compañeros, el maestro se acercó a mí, e hizo algunos ajustes al cinturón. Cuando concluyó, lo sentí más apretado pero también más firme.

– ¿Qué tal unos tiros de práctica para que aprendas a jugar? –preguntó

Asentí. Al menos tenía la cortesía de ofrecerme aquella oportunidad para impedir que mis compañeros me dejaran en total humillación.

Así pues, fui designado como topador. Esto porque, siendo el que debía responder al saque del male, el maestro creyó que me serviría de práctica para responder a los tiros. De paso, me serviría mucho observar a los demás participantes para entender mejor de lo que iba el ritual.

Esperaba firmemente que fuera así, sin embargo…

–Recuerda, Aki, que en ningún momento debes tocar la bola con ninguna otra parte del cuerpo más que con tus caderas –indicó el maestro, posicionándose encima de uno de los bordes de las rampas como un juez de tenis–. Ah, y permíteme advertirte que a veces hay accidentes. ¡Comiencen!

¡Espera! ¡¿A qué se refiere con eso de que a veces hay accidentes?! ¿Qué tan seguido es “a veces”?

Sin perder el tiempo, el male del equipo contrincante hizo el saque, arrojando la pelota hacia arriba para que cayera contra su cadera. En circunstancias normales, hacer algo así causaría que la bola recorriera una trayectoria irregular hacia adelante, tal vez a ras de suelo. Al menos eso esperaba firmemente hasta que vi el meneo que efectuó para la que la pelota trazara una especie de arco que incluso llegó a tapar el sol ante mis ojos por unos breves momentos. Tan impresionado estaba que no me percaté de que mis compañeros de equipo se hacían a los lados para poder darme espacio.

¡Realmente juegan a esto con la cadera!

Después de todo, yo era el male  y mi principal responsabilidad era responder el tiro de saque del equipo contrario.

Pero la verdad es que no necesité moverme demasiado. Mi error fue no prepararme y quedarme inmóvil mirando la pelota descender girando con la misma gracia de alguien sumamente distraído que mira el cielo por la ventana en un día en el que las clases en el instituto… eran especialmente aburridas.

Sí. Un tipo de escuela al que ya no asistiría, pero en el que seguramente también se habrían burlado del golpe que recibí justo en la entrepierna en aquel momento. Y así, fue como descubrí lo que verdaderamente era el dolor.

La maldita pelota era más dura y pesada de lo que había imaginado.

Lo último que sentí antes de perder la sensibilidad de la cintura para abajo fue una terrible punzada, haciéndome entender que todas esas escenas de animes de comedia romántica en la que alguna heroína le clavaba un puntapié o un rodillazo en las partes más sagradas del protagonista no tenían absolutamente nada de gracioso.

Créanme. Ver eso en la televisión es gracioso, pero vivirlo te provoca ganas de implorar por tu alma a cualquier dios que se encargue de tu existencia en la tierra.

Mis rodillas fallaron y me desplomé en el césped. Cosa obvia dado que una simple pelota había destruido por completo mi espíritu deportivo. Me puse en posición fetal, sujetando mi propio par de pelotas y escuchando los vítores del equipo rival entremezclados con los abucheos de mis compañeros de equipo.

¡Maldición! ¡¿Por qué no toqué esa maldita pelota antes de aceptar esto?!

¡Duele mucho! ¡Demonios!

Entre que no me decidía si comportarme como un hombre o un tronco, el maestro se acercó para acallar el relajo y esperó a que me tranquilizara un poco. Pese a que mis ojos estaban brillantes por la acumulación de agua en las comisuras, el hombre se mantuvo impasible y no se dignó en ofrecerme su mano para que me levantara. Únicamente usó su lengua.

–Ponte de pie –ordenó.

Efectivamente. Ordenó, subrayado si estuviera escrito. Al primer intento no pude. El dolor tardó lo suyo en desaparecer. Alguno de los chicos hizo amago de volverse a reír y el maestro lo fulminó con mirada asesina que hizo que retrocediera.

–Párate – insistió, mucho menos cordial que al principio.

Me vi forzado a obedecer. No tenía otra alternativa, y si eso bastaba para ganarme aunque fuera un poco de respeto de su parte no iba a rendirme.

Primero me puse a cuatro patas y así me resultó relativamente sencillo ponerme de pie, aunque mis piernas no dejaban de temblar y el estómago empezaba a quejarse de los daños también. Si la pelota fuera una persona, la habría maldecido hasta por tres generaciones. La verdad.

–Los verdaderos hombres se yerguen, Aki – Comentó el maestro, adelantándose hacia mí y golpeándome en la espalda para que me irguiera.

Desgracia tras desgracia. ¿Qué seguía a continuación?

El maestro se apartó y nuevamente habló, desde el borde de una de las rampas y con los brazos en jarras.

– ¡Otra vez! La práctica se alargará todo lo necesario hasta que domines la técnica con la cadera.

¿Cuál técnica? No me la enseñaron.

–A sus puestos. Aki, si quieres puedes acercarte al analco lo que necesites siempre y cuando no lo cruces.

El dolor pasó y yo asentí. ¿De qué iba a servir que yo le dijera que me dolía?

Tendré que valerme por mí mismo si quiero sobrevivir a esto. Mi prioridad es evitar que esa pelota no me atine allí abajo.

El male del equipo contrincante hizo su saque. Al haber sentido tan de cerca el peso de aquella pelota me hizo sentir más impresionado que la primera vez. No obstante, no volvería a distraerme.

Cuando la bola bajó, retrocedí un par de pasos calculando el sitio en el que caería e intenté hacer el mismo movimiento con las caderas que el otro para devolver el esférico. No contaba con que sucedería exactamente lo que me había imaginado. Toqué la pelota con el extremo derecho de mi cadera, pero esta se fue directamente al suelo y terminó atascada a milímetros del analco.

Esta vez no hubo risas, pero el maestro indicó al adversario que recogiera el objeto para comenzar de nuevo.

–Otra vez – dijo el maestro.

¿Sin elogios ni nada? Bueno, al menos no me desestima.

El male rival efectuó el saque, esta vez a una menor altura. Supuse que lo habría hecho a propósito por el mero placer de verme fallar, pero no por ello iba a esforzarme menos.

Golpeé la pelota con las caderas, esta vez con un mejor meneo con la cadera. Si bien no logré que la pelota trazara un arco como aquél, al menos cruzó el analco y el malero del otro equipo se apresuró a responder el tiro que yo había hecho, sin dejar que rebotara ni una sola vez.

– ¡Aki! ¡Responde tú! – exclamó el profesor, causándome un respingo.

Mi compañero malero no se movió. Corrí, pero no lo suficiente para evitar que la pelota tocara el pasto una vez. No importaba, aún podía golpear la bola.

Otra vez no conseguí que la bola se elevara por los aires, pero aquella se deslizó por el suelo girando hacia más allá del analco. Antes que pudiera plantearme festejar por ese acierto, el malero rival se tiró al suelo sorpresivamente y golpeó la pelota con fuerza para devolverla en mi dirección.

Al acercarse peligrosamente un poco más rápido que cuando la golpeé yo, me dejé caer al césped y nuevamente conseguí dirigirla hacia el frente. El malero, sin embargo, hizo el mismo movimiento para impedir que la bola se alejara del analco.

Mientras el maestro no detenga esto, continuaremos así hasta que yo meta la pata o consigamos un… ravit.

En esta ocasión, el malero de mi equipo se movió, contestando el tiro enemigo con una certeza mejor a la mía. Incluso el contrincante no alcanzó a responder, por lo que otro de los miembros se encargó de hacerlo.

Supe que el tipo había disparado hacia mí por la trayectoria, así que exclamé al malero:

– ¡Es mía! –

Me adelanté a su movimiento, ante su sorpresa, y me tiré al suelo para golpear la pelota.

Finalmente sucedió lo que más quería. Ahora fue gracias a mí que el sol quedó oculto tras la bola, que se elevó hacia el cielo y después cayó con fuerza. Casi consiguió botar en el suelo cuando, sorpresivamente, el chivero enemigo, que había permanecido como una sombra al fondo del equipo, avanzó unos pasos y saltó para responder el tiro. Lo hizo con tanta gracia que por un momento me pareció estar atestiguando eso en cámara lenta, como en una película.

La pelota voló nuevamente por los aires, pero no dirigida hacia nosotros. Iba hacia uno de los anillos, el de la izquierda. Por fortuna, rebotó allí y botó dos veces en la rampa.

– ¡Excelente tiro, Etzatlán! – Exclamó uno de sus compañeros de equipo – Casi logras terminar con el partido.

Pero aquel tipo, Etzatlán, una figura en la que no había reparado en todo el rato, no respondió. Simplemente se limitó a regresar a su posición en la parte posterior del campo.

Entonces le presté atención, sólo para darme cuenta que me observaba. Así es. Me observaba a mí, de entre todos los que estábamos participando, con sus ojos llenos a rebosar de determinación, serio y decidido.

En alguna ocasión, conocí a alguien que me miró de la misma manera. Yo no era bueno en los deportes, pero tenía una facilidad increíble para poder coger el ritmo y así poder competir. Uno de los miembros del equipo de baloncesto de la escuela se interesó en mí y me propuso una apuesta: ambos jugaríamos al 21 en el gimnasio del plantel. Si yo perdía, me uniría al equipo sin rechistar por todo el tiempo que me quedase de estudios, en otras palabras toda mi vida escolar de instituto. Por otro lado, si yo ganaba, podría pedirle lo que fuera y él no se negaría. Eso, por supuesto, me tentó. No obstante, me sentía un poco nervioso ante la posibilidad de perder la escasa libertad que tenía después de clases, y de no haber sido por los amigos que me obligaron a saltar desnudo en aquel peñasco, seguramente habría sido tildado de cobarde.

Acepté su desafío y después de clases nos encontrábamos en el gimnasio, listos para competir el uno contra el otro.

Como era de esperarse, las primeras anotaciones las hizo él. A pesar de su ventaja, él no se dio cuenta de lo que yo estaba haciendo en realidad. Sólo se trataba de estudiar, de adaptarse, y era algo que no sabía que me serviría tan bien en un futuro no muy lejano.

Al cabo de diez minutos, conseguí superar su marca, acercándome hasta el puntaje que me coronaría como vencedor de aquel enfrentamiento. Entonces, me miró de la misma forma que aquel al que llamaban Etzatlán. No se notaba el odio en su mirada, sino un aire de determinación que era capaz de intimidar.

Los ojos de Etzatlán eran esos. Decían con claridad: “Te derrotaré”, pero, en lugar de asustarme, me extrañaron. El día del encuentro de baloncesto, si bien acabó con mi victoria, un apretón de manos y una humillación que de algún modo terminó causando la expulsión del equipo de baloncesto al otro tipo, no se comparaba con esta situación.

Era un sentimiento deportivo… aunque creo que él no se sentía muy bien siendo vencido por un extranjero, puede que también fuera eso. Tal vez descubrió mi pequeño secreto y estaba dispuesto a desafiarme, justo como aquel otro sujeto del que ya ni siquiera recordaba su nombre.

Metzelli me habló muchas veces acerca de los hombres de esta ciudad. De su orgullo y su destreza, y de su espíritu competitivo. No era difícil suponer que siempre darían todo de sí para superar a cualquier adversario que les plantase cara. Y eso, en palabras de la chica, si había alguno capaz.

La desventaja de todo esto, tanto para él como para mí, es que éramos de distintas naciones. Por lo tanto, no podíamos adivinar los pensamientos ni los movimientos del otro. Mi habilidad de adaptación, por absurdo que suene, funciona mejor con algo con lo que yo pueda conocer de antemano. Este partido de voleibol de caderas y esta ciudad tan pintoresca eran dos cosas nuevas en mi vida de las que jamás oí hablar. ¿Cómo podía entenderlas sin conocer al menos el idioma que hablaban?

Si esto es una nueva prueba para que me acepten, la tomaré. Después de todo, le debo dinero a uno de mis amigos y no me atrae la idea de que vuelva a verme para cobrármelo.

Sonreí, al tiempo que el male de mi equipo sacaba para comenzar. Etzatlán, desde el fondo, se fijó en mi gesto, pero no me correspondió la sonrisa. No necesitaba hacerlo, pues cuando me incorporé a la práctica debió suponerle un reto.

Ocho jugadores en aquel partido, y yo sentía que sólo tenía un enemigo a vencer.

El intercambio de disparos se suscitó. Mi dominio de la pelota fue en aumento, a reserva del dolor en la cadera que empezaba a sentir por los impactos de la pelota que respondía. Hubo un momento en el que me convencí que no era en absoluto necesario que elevara la bola. Bastaba que cruzara el analco y se adentrara en el territorio del rival. Supongo que Etzatlán lo comprendió también, pues empezó a abandonar su posición en la retaguardia con mayor frecuencia para contestar los tiros que yo arrojaba.

El tipo se lo está tomando demasiado en serio.

Ahora no importaba el idioma, sino la fuerza de nuestras caderas. Así, sin darme ni cuenta, fui entendiendo el trasfondo del juego. Era tal como lo había dicho el maestro: se trataba de una pugna entre dos fuerzas que luchaban por imponerse sobre la otra. Etzatlán y yo. Mi equipo contra el suyo.

La pelota rebotó dos veces en el campo contrario así como en el nuestro. Burlé a Etzatlán en su papel como chivero para conseguir ravits (puntos, a como yo lo veo) y él conseguía disparar la pelota hacia los anillos para intentar ganar el juego.

Cada uno intentaba derrotar al otro a su manera. Eso era otro problema para mí en realidad, no teníamos el mismo modo de competir.

Los otros seis jugadores se volvieron un adorno, pero nadie protestó. Tan sólo observaban, atentos a cada uno de nuestros fallos o aciertos. Ni siquiera fui consciente de lo sucio que estaban mis pies de tanto correr de un lado a otro ni de las pulsaciones de mi cadera que iban en aumento por tantas recepciones y contestaciones; esas trivialidades dejaron de importarme, pues sólo quería derrotar a Etzatlán a como diera lugar.

Sin embargo, el hecho de que ya le hubiera cogido el tranquillo al asunto no se comparaba con la experiencia, y yo no iba a dejar de ser un novato en un día. Etzatlán, en un sorpresivo movimiento, golpeó la pelota con su cadera de la misma forma en que lo hizo la primera vez en que lo noté y consiguió hacerla pasar pulcramente por el centro del aro de la derecha.

Los gritos y exclamaciones de victoria no se hicieron esperar. El maestro levantó una mano e indicó que el ritual había concluido. El equipo de Etzatlán había ganado.

Con el fuego del partido extinguiéndose en mi interior, me sentí exhausto y me dejé caer de sentón en el pasto. Una corriente eléctrica me recorrió la cadera de lado a lado y por parte de mi espalda. Luego vi al equipo contrincante brincando de alegría alrededor de Etzatlán, hasta que él mismo los apartó y se acercó lentamente a mí. A diferencia mía, él no lucía agotado. Apenas si había sudado siquiera.

Esperaba que me tendiera la mano, con una sonrisa de galán y me dijera: “Eres bueno”. Sin embargo, esto no era ni un anime ni un manga. Ni siquiera era Japón, donde todos nos llevábamos bien. Esto era diferente.

–Te reto a un juego de uno contra uno – dijo, con voz grave.

No supe que responder. Simplemente lo miré con cara de estúpido aunque comprendía el poderío de sus palabras. No era el primero que lo hacía.

Su figura imponente permanecía de pie, pacientemente. Los músculos, muy desarrollados para su edad, se hallaban tensados. Las cejas en su rostro estaban levemente fruncidas. Y sus ojos negros refulgían con el brillo digno de un verdadero guerrero. Rechazarlo habría sido un error, como haber cedido a las insistencias de mis amigos ante la idiotez que me trajo hasta aquí.

No estaba dispuesto a volver a cometerlo.

Me levanté como pude, haciendo un esfuerzo por sobreponerme de las punzadas en mis caderas, y dije:

–Acepto. –

Etzatlán sonrió al oírme.

Algo me decía que había ganado un amigo.