Jaakuna Kami V1 C3

Modo nocturno

Capítulo 3: De las costumbres lúgubres de este nuevo mundo y las materias de la escuela.

La hora de la comida, es la hora de la puesta de sol. Todo el mundo tenía pan, y cosas, pero yo no tenía nada.

No había traído nada porque cuando estaba en Japón compraba mi almuerzo en la cafetería. Cosa que aquí no había, incluso pregunté a algún compañero, no entendió de lo que hablaba, este sitio es raro.

Pero Icihuatl me vio mirando hacia todos lados como un tonto y se acercó a mí.

–¿Y tú cena? –

Preguntó él, acercándose.

–Bueno, Icihuatl–Sempai, la verdad es que no sabía que había que traerlo de fuera, normalmente lo como de la cafetería, pero aquí no hay ninguna. –

Él me miró por un momento…

–¿Qué es Sempai? Yo no me llamo así… –

Me respondió él… mirándome extrañado. Iba a responderle cuando hizo una pregunta de nuevo.

–¿Qué es cafetería? –

–Es lo mismo que me responden todos, es un sitio, que está en las escuelas para que los que asisten compren la comida. –

–¿Escuelas? –

–Si, como este Telpochcalli. –

Icihuatl asintió con la cabeza, aunque estoy seguro de que no entendió del todo lo que yo le estaba diciendo.

–Ahh… El único sitio donde puedes cambiar cosas es el mercado… allá en el centro de la ciudad, pero no creo que quieras ir allá para buscar algo de comer ahora mismo. –

Respondió Icihuatl. Luego me extendió a la mano uno de sus panes, en el que había untado algo color amarillo.

–Toma, necesitas recuperar fuerzas. –

Dijo él, yo lo tomé, no se parecía a nada que hubiera probado, tenía, como dije, algo amarillo encima, pero esa cosa amarilla tenía alguna especie de semillas.

Lo probé, era dulce… y algo duro.

–¿Qué es? –

Pregunté mientras lo masticaba. Icihuatl se rio levemente.

–Es tlaxcalli. Todos comemos eso de vez en cuando, ayuda a reponer las fuerzas y llena el estómago. –

Respondió él, pero obviamente esto era pan.

–Es bueno… aunque no se parece mucho a lo que hay por mi país. –

Si quieren una referencia de cómo era, piensen en un pan de melón, solo que más duro y difícil de comer.

–La fruta que lleva encima se llama guayaba. –

Agregó luego, mordiendo el suyo.

–Guayaba. –

Repetí, él asintió. No hay nada como esto en Japón.

Después de aquello llego la hora de la salida. Las escuelas aquí son mucho más duras que las de Japón, entras cuando sale el sol, terminas cuando se oculta. El maestro dijo que entrenaríamos combate mañana. ¿Para qué necesita un estudiante el combate?

¿No es eso una actividad extracurricular? Como “El club de combate” o algo así… No. Es obligatoria, dijeron ellos.

Así pasé mi primer día de escuela. Y los que vinieron después de ese no fueron diferentes. Duros, agobiantes, agotadores y sobre todo, largos. Caminar a casa por la noche pronto se volvió un acto heroico. ¿Cómo es que esta gente soportaba esto? No lo sé, pero nadie parecía quejarse. Lo tomaban normal.

Uno de esos días, me tocó ver un castigado.

No fue agradable, lo golpearon con una vara con pinchos, y el tipo ni siquiera se quejó.

Daría lo que fuera porque el castigo fuera cargar cubetas con agua.

Después de varios días de aquello, una mañana estábamos en práctica de combate. Cada quien podía escoger a su oponente y les daban armas de madera y escudos de madera. La práctica consistía en derribar al oponente. Yo no hacía más que cubrirme para que no me dieran de palos. El otro día le rompieron la mano a un tipo.

Ese día, para mi mala suerte, Etzatlán se paró frente a mí.

–Tu y yo. –

Fue lo único que dijo, luego fue al campo (que era de arena) saltando como un niño de escuela elemental. Hay que ver que a él le animaba esto.

Pero para esos días, yo ya había establecido una especie de… amistad con Etzatlán, no éramos muy cercanos, pero al menos él no parecía desesperarse cuando intentaba hablar con él y no conocía las palabras correctas.

Hay que decir que mi dicción había mejorado mucho estos días.

Él fue el primero a quien pude realmente preguntarle ¿Para que hacíamos estas cosas?

–Son pruebas de fuerza… los mayores quieren que seamos fuertes ¿No? –

Respondió él, como si fuera lo más natural. Creo que aquí, la fortaleza es sentido común.

–Si bueno… podríamos hacer muchas cosas para probar la fuerza… no tiene que ser así. –

Etzatlán lanzó un golpe que hizo que mi antebrazo retumbara porque me cubrí con el escudo.

¡TAZ!

Así suena cuando te golpean con estas cosas.

–Eres un tonto… no te tienes que cubrir, tienes que derribarme. –

Me dijo él, mordiendo su dedo.

–No puedo derribarte si tengo los huesos rotos. –

Le respondí, o más bien dicho le reclamé.

–De acuerdo, entonces te derribaré yo. –

Dijo él, avanzando, yo retrocedí.

–¿Cómo combaten en tu país? ¿Se meten todo el día tras sus escudos? ¿Cómo ganan batallas entonces? –

Preguntó Etzatlán, riéndose de mí.

–Japón no combate con nadie. –

Respondí, otro golpe con el palo, otra vez me cubrí. El maestro no miraba, creo que suponía que esto era natural, todos luchaban y esto podía durar horas, sin necesidad de supervisión. Había dos chicos, entre los cuales estaba Icihuatl, que contaban quien era derribado y merecía castigo por ello.

El castigo era cruel de todos modos. Sostener una piedra caliente todo el tiempo que pudieras. Las piedras quemándose, los alumnos luchando, y los dos chicos más grandes sirviendo de algo como árbitros. En todas las otras veces que practicamos esto, luego de que me dijeron el castigo, nadie me había derribado, pero yo no había derribado tampoco a nadie.

Y aunque era agotador, tampoco me habían dado nunca un golpe con el palo.

Hay que notar que la intención era derribar al oponente, no golpearlo con el palo, nadie estaba tratando de dar un golpe al otro, usabas el palo para evitar que el contrario se te acercara.

–¿Cómo? –

Etzatlán me miró perplejo. Yo suspiré, él había dejado de atacar.

–No ha habido un combate en Japón desde la era Showa, ya no hacemos esas cosas. –

–Tu país es débil. –

Respondió Etzatlán, volviendo al ataque y yo, regresando atrás del escudo de madera.

–No es débil, simplemente se acabaron los combates, ya no tiene sentido… –

–¿Y cómo se defienden de los invasores entonces? –

–Nadie va a invadir, es una isla… –

–Aun así… el enemigo puede usar canoas, y llevar guerreros hasta la isla, nosotros también estamos en una isla. –

Bien, en eso tenía razón… no había forma de explicarle que las cosas eran esencialmente diferentes en Japón, no me iba a entender nada.

–Además… si no combaten… ¿Cómo hacen sacrificios? –

Etzatlán se había detenido, creo que lo estaba pensando con detenimiento.

–En Japón… –

Iba a decir que no sacrificábamos a nadie… pero… estas personas parecían tomarlo natural… decir que mi país era TAN diferente seguramente no llevaría nada bueno. Además de que, creo que el asunto de los sacrificios es delicado porque es religioso.

–No tenemos permitido saber eso. –

Respondí, completando la frase como pude… algo tenía que inventarme.

–¿Cómo? –

–Esas son cosas de los Huetlatoani… los plebeyos como nosotros nada tienen que hacer allí. –

Usé la palabra que Metzelli me había enseñado, creo que es algo así como el rey o una cosa así.

–Ah… así que es de esos. –

Respondió Etzatlán, rascándose la cabeza, creo que aquí también hay un emperador, o algo parecido, no sé cómo reaccionaría toda la clase si les digo que Japón se opone a sacrificar personas, pensarán que soy un hereje o algo así.

Y si te sacrifican básicamente “por nada” cuanto más por ser un hereje.

Imaginemos por un momento, que están en la época feudal de Japón, con un montón de señoríos, ninjas, samuráis y demás. De pronto llega alguien de la nada, diciendo que su país es mejor que ellos.

¿Qué tan mal se puede poner?

Nunca oí nada de este sitio, es cierto… pero por lo poco que puedo ver, ellos están en un momento parecido en su historia… sólo que… algo diferente.

No. No es una buena idea. Por supuesto que ellos saben que soy diferente, pero no quiero que piensen que mi país es un lugar que ellos encontrarían hostil.

–En tal caso es bueno que estés aquí ¿No es cierto? –

Preguntó Etzatlán, sonriendo y volviendo a ponerse en guardia.

–¿Qué quieres decir? –

Pregunté, sin responder a su guardia.

–Sólo has de conseguir unos prisioneros, y los mayores te dejarán ascender… es lo bueno de vivir aquí. Dejarías de ser un plebeyo. –

–¿Puedes dejar de ser plebeyo solo consiguiendo prisioneros? –

Pregunté, asombrado y confundido.

–¿No es este el mejor país? –

Madre, Padre, en este mundo, asciendes en la escala social secuestrando personas para que les saquen el corazón.

–Grandioso. –

Respondí. Mentira, eso es horrible. Pero no podía decirle eso a Etzatlán, el brillo en sus ojos me decía que aquello le emocionaba.

¿Cómo es que un estudiante consigue “prisioneros”? dejaría esa pregunta para otra ocasión. Ahora mismo, tenía que entrenar para combatir.

Para que no pareciera que no me tomaba en serio el esfuerzo de Etzatlán, comencé a devolver los golpes, apuntando siempre al escudo de madera para que fuera seguro. Lo cierto es que aun sin el palo, Etzatlán no me dejaba acercarme, y su agilidad era envidiable. Yo todavía estaba dolorido por todo lo que había pasado desde que llegué, pero trataba de equiparar su nivel.

Con tan mala suerte que justo en el momento en que él creyó que me movería, movió su escudo en la dirección opuesta, y el palazo cayó justo en medio de su cabeza.

–¡Oh! Diablos, lo siento Etzatlán, ¿estás bien? –

Solté el escudo y el palo.

Grave error.

Etzatlán se puso de pie con la cabeza sangrando.

–Tu… –

Y se arrojó sobre mi… derribándome y colocándose encima de mí, puso su puño cerrado sobre mi pecho.

–Derribado. –

Marcó uno de los árbitros.

¡Maldita sea!

Voltee a ver a Etzatlán, él sonreía satisfecho.

–Dijeron que nadie podía derribarte. –

Yo suspiré, sabía lo que seguía. No era alentador.

Icihuatl y Etzatlán me acompañaron hasta donde estaba la piedra, ellos tomaron la piedra y la colocaron en el suelo, sacándola del fuego con las manos. Ninguno de los dos hizo un gesto. Arrojaron agua sobre ella que se evaporó con un “tsss” y luego me miraron.

–¿Cuánto debo soportarla? –

Pregunté, nervioso, puede que le hubieran arrojado agua, pero aún tenía que estar muy caliente.

–Si logras que se despegue del suelo, puedes soltarla. –

Bien, todo lo que tenía que hacer era levantarla unos milímetros y entonces podría soltarla. Podría soportar eso. Tragué saliva.

–Vamos, solo tiene que ser un momento. –

Pude ver como otro chico, que al parecer había sido derribado hizo lo mismo y todavía pudo tomar el palo después… no podía ser tan grave.

La tomé, subestimándola por unos momentos y recordando, a la mala, que yo nunca había tomado nada tan caliente.

–¡Duele! ¡Duele! –

Comencé a decir, ya no sé si en mi idioma o en el suyo, pero creo que me entendieron porque Icihuatl me dijo:

–Tienes que soportar el dolor, si lo soportas, durará menos. –

Solté la piedra y suspiré.

–Puedes hacerlo Aki. –

Insistió Icihuatl. Yo suspiré, y miré la piedra, todo en esto se trataba siempre de fortaleza. Yo tenía que ´probar que era fuerte, o no iba a lograr nada.

Solo serían unos momentos. Agité las manos para quitarme el calor, se sintió como tomar un pan recién salido del horno o algo así. No diré que era absolutamente insoportable, mis manos estaba rojas, pero no quemadas ni heridas, no las calentaban tanto porque usaban fogatas pequeñas.

–Muy bien… aquí voy. –

Sostuve la piedra con fuerza, y antes de que comenzara a doler la levanté con todas mis fuerzas. Cuando la solté, la había llevado hasta la altura de mis rodillas, eso tenía que contar. Mis manos ardían luego de eso, Etzatlán se reía, pero no parecía que se estuviera burlando.

–Eso estuvo bien… ¿Puedes continuar? –

Bueno, no puedo decir que disfruté lo de la piedra, así que me aseguraría de que no volviera a suceder. Tomé mi palo de nuevo.

–Continuemos. –

Le dije, y ahora estaba dispuesto a hacerlo bien. No puede derribarlo, es cierto, pero no me derribó a mí.

Esa misma noche, la noche del último día de escuela (porque aquí la semana dura diez días) salí de ella con mucha hambre. Metzelli no estaba conmigo. De hecho no es como que la hubiera visto mucho en estos últimos días.

Asistir a la escuela me sirvió de algo importante además de hacerme fuerte como si estuviera en un show de televisión sobre ninjas. Me sirvió para poder estudiar la lengua. Así que pasaba la mayor parte de mis descansos tratando de aprender los símbolos. No son tan complicados como los Kanji de mi país, pero suenan completamente diferente, no hay sonidos como estos en mi país.

Y por ello es que no había visto a Metzelli. Las chicas salían del Telpochcalli mucho antes que los chicos. Imagino que es porque son chicas. Y las chicas son iguales en todos lados.

Bueno… más o menos.

Como iba diciendo, era de noche, y no había gente en la calle. De cuando en cuando, se escuchaba el canto de unas cigarras, o de un grillo, aunque ninguno de los dos se llama así aquí. Y hasta hacía unos momentos había estado  usando unos cordones para hacer cuerda, justo como me enseñaron en la escuela. No era difícil de hacer y dominé la técnica muy rápido.

Hay que ver lo increíblemente útil que es aquí. En Japón no se nota tanto, pero aquí lo usas para todo, desde tender la ropa hasta construir cosas. Es una de las cosas más útiles que existen. En el Japón medieval las hacían con fibra de bambú, pero aquí no hay bambú, preguntaré a mi Sensei con que la hacen la próxima vez que lo vea.

Otra cosa que hay que notar. No hay acero.

Llevo todo este tiempo aquí, y no he visto nada que se le parezca. Los cuchillos que usan en cocina son de obsidiana, y las puntas de las lanzas eran de jade. Podrías hacerte rico en mi país con la cantidad de esa cosa que hay, parece que aquí cualquiera puede tenerlo.

Aquí tenemos dos montes Fuji, si es que se le puede llamar así, me dijeron el nombre de las montañas, pero no puedo pronunciar más que uno, Iztaccíhuatl, es uno que parece una chica aburrida acostada boca arriba, con pechos y todo.

Al día siguiente, según me dijeron, no hay escuela, es el único día de descanso que hay en una semana de diez días. Si lo piensas así no se escucha tan pesado, pero nueve días en esta escuela es algo duro.

Como decía, estaba haciendo cuerda. Pero la luz se me terminó y salí a tomar un poco de aire antes de ir a dormir. No quise encender fuego porque es problemático.

Y caminando fue como fui a parar con el mismo sitio donde me habían interrogado. El Telpochcalli estaba a un lado de mí, pero estaba cerrado.

El lugar, a pesar de que era lindo durante el día, de noche daba algo de escalofríos. Y los dio aún más cuando escuché los pasos de alguien acercándose.

Me oculté tras un árbol por puro instinto, ni siquiera sabía si estaba permitido estar aquí, y luego de varias historias que me contaron sobre los espíritus, me dio miedo.

–Quien diría que de todos los sitios, ibas a venir a parar aquí… eres malo escondiéndote. –

Una punta de algo se puso sobre mi cuello. Me volví para darme cuenta de que era una lanza. Alguien me estaba apuntando con un arma.

–¿Qué estás haciendo? Escondido como un conejo asustado detrás de un árbol… –

Me dijo, nadie menos que la chica que me había salvado de ser asesinado la última vez. No recordaba su nombre.

–Así que eras tú… luego de todas esas historias, es difícil no asustarse…–

Me expliqué, ella me miró justo como la última vez. No parecía desconfiar de mí, eso ya era lo suficientemente bueno.

–Es peligroso estar afuera por la noche, los espíritus pueden venir por ti si no tienes cuidado, y llevarte para siempre. – ella quitó la lanza de mi cuello al tiempo que se acercaba un paso.

–¿Por qué es peligroso para mí y no para ti? Tu tampoco deberías vagar por la noche. – Respondí.

–Tengo poderes que me protegen. – Respondió ella, iluminada levemente por la luz de la antorcha.

Genial… aquí también hay esa clase de gente.

No llevaba más que el mismo manto extraño de la última vez que la vi, como una especie de vestido, desde los hombros hasta las rodillas, pintado con colores que ahora mismo parecían grises.

–Te he estado observando todo el rato. ¿Qué estás haciendo? – Preguntó ella, interrogándome.

–¿Estás siguiéndome? De donde vengo eso es un crimen ¿Sabías? – me quejé, ella me miró con cara de pocos amigos, su cabello estaba acomodado para cubrir solo un ojo.

–Eres muy sospechoso, estabas trabajando hace un momento. ¿Qué te hizo detenerte? – preguntó ella, ignorando mis palabras. Al menos ahora podía entenderla bastante mejor.

–Quería tomar aire. – respondí simplemente, pero ella pareció perder la paciencia.

–¿Por qué no te vuelves a donde sea que vengas? No lo comprendo. –

Repuso ella, cruzando los brazos.

Yo la miré por unos momentos, no parecía tener nada contra mí, pero creo que confianza directa no me tenía.

–Ya lo hubiera hecho si pudiera… este sitio no ha sido precisamente muy amable. –

Finalmente ella suspiró, mirándome con algo que quiero pensar que era empatía.

–¿Extrañas tu hogar? –

Preguntó ella, haciendo un gesto extraño.

–Es difícil no extrañarlo cuando no comprendes lo que está pasando aquí, mi país y este sitio son demasiado distintos. – expliqué, batiendo la cabeza.

Me miró y una breve sonrisa se dibujó en su cara. Al menos con eso podía identificarse. Esa expresión desapareció rápidamente, de todos modos.

–¿Todos allí son como tú? – preguntó ella, mirándome hacia abajo.

–¿Qué quieres decir? – pregunté.

Más que nada por saber si había escuchado lo que creía que había escuchado.

–Así… con la piel pálida como enfermos, los ojos pequeños como si les doliera algo siempre… raros. – retrocedí un paso, ella no estaba siendo demasiado amable, y lo que era peor, creo que no se daba cuenta.

–Bueno… la piel quemada es algo extraño allá… – respondí, ella me miró con cara de pocos amigos de nuevo.

–No es quemada, no le pasa nada a nuestra piel ¡Es normal! – se quejó ella.

–Pues yo no estoy enfermo, así he sido desde que nací, y si, así son todos allá. – le dije, dándome la vuelta.

–¡No me des la espalda! – Se quejó ella.

–Discúlpate con mi país. – repuse yo, algo molesto.

En ese momento escuchamos más pasos, ella se ocultó, a mí me pareció raro que ella se ocultara, aparecieron varias personas frente a mí.

–Eh, es el extranjero… ¿estás solo muchacho? ¿Qué haces aquí? –

Preguntó uno de los hombres… luego batió la cabeza.

–¿Has visto a alguien por aquí? – Preguntó luego, acercándose un poco.

Miré a la chica, ella me lanzó una mirada significativa, algo como “No les digas que estoy aquí” yo voltee a ver a los hombres y respondí.

–Una persona pasó corriendo por aquí, hace unos momentos, se fue para allá. – les dije…

Los hombres asintieron y se fueron. Ella se estaba ocultando de estas personas.

–Eso estuvo cerca. – dijo ella cuando ya no pudimos oír sus pasos.

–Así que tampoco deberías estar afuera a estas horas de la noche. –

Comenté, no era tan tarde en realidad, solo que aquí las calles no tenían alumbrado. Las casas ponen hogueras afuera a veces, pero no es como que den mucha luz.

–Mi padre parece pensar que es peligroso, pero yo le digo siempre que los dioses me protegerán… no sé por qué no me cree. – se quejó ella.

Bueno, yo si lo sabía, pero eso no se lo podía decir.

–¿Tienes nombre? –

Pregunté, recordándole que ella no se había presentado, y yo no recordaba su nombre de cuando lo escuché.

No pueden culparme, estaba demasiado nervioso.

–Soy la sacerdotisa Citlatzín, o lo seré algún día, aún estoy aprendiendo. Y en ese lugar de gente clara ¿Le ponen nombre a la gente? – preguntó ella, mirándome hacia debajo de nuevo. Al menos ya no insultó a mi país.

–Me llamo Aki, es un placer. – respondí, haciendo una inclinación casi mecánica.

–Si no recuerdas como llegaste, sólo puede haber una explicación… – me dijo ella, descubriéndose por un momento su ojo oculto.

–No lo recuerdo, es cierto… – Respondí.

–Sólo puede ser obra de los dioses. Pero…– y se llevó una mano a la cabeza, como si le pesara mucho o algo así – Ellos no me dicen nada. – se quejó, luego batió la cabeza desanimada.

–¿Por eso estabas siguiéndome? – pregunté, haciendo hincapié en el hecho de que no lo había olvidado.

–Pensé que si te observaba, dejaría de sentir esta… necesidad de saber qué cosa eres… – insistió, yo alcé las manos.

–No tiene que ser tan importante. – le dije.

–¡Pues lo es! ¡No puedo dormir por las noches! – se quejó ella, reclamándome por no entenderle.

Pero ¿Cómo es que alguien iba a entender a esta chica si la mitad de lo que decía eran desvaríos? ¿Es eso a lo que le llaman estar interesado en alguien? Aunque creo que era por las razones equivocadas.

–Soy una persona, eso es todo lo que puedo decir, tengo un padre y una madre, y un hogar. No sé cómo llegué aquí, eso es todo lo extraño que tengo. – le dije, algo desesperado, quería irme.

–Bien, supongamos que es verdad lo que dices, aun así ¿Dónde está ese país de gente clara? Mi padre dice que nunca nadie había visto a alguien como tú, en todas las aldeas de toda la región, nunca han reportado que haya gente así… blanca, y de ojos pequeños, con cabellos negros como los nuestros. –

Citlatzín dijo todo eso mientras caminaba de un lado a otro. Yo suspiré y señalé al oriente.

–Hacia allá… en una isla que está en medio del mar. ¿Qué hay allá? – pregunté.

–El paso de los montes. – respondió ella.

–¿Y más allá? –

–La tierra de los tlaxcaltecas. –

–¿Y más allá? –

–Zempoala. –

–¿Y más allá? –

–El agua. –

–¿Y más allá? –

–La tierra de los dioses. –

Citlatzín me miró con desconfianza, creo que pensó que me estaba llamando a mí mismo un dios.

–Bueno… antes de la tierra de los dioses, está mi hogar. –

Ella me miró por un momento, como tratando de averiguar por mis ojos si le estaba mintiendo. Hay que decir que sus ojos de colores diferentes resultaban atrayentes, casi mágicos, pero ella hizo un mal gesto de nuevo.

–No te creo. – me dijo ella, finalmente.

Creo que estaba negándose a creerme, Ni qué hacerle, suspiré.

–Tengo que irme. –

Encogí de hombros y me di la vuelta. Ella me alcanzó después de un paso.

–El día del festival, pasa a través de la calzada, allí está el templo del dios al que mi padre y yo servimos… ven a verme por la tarde. – me pidió.

–No sé si pueda, ni siquiera sé si asistiré. –

Tampoco sabía si tenía permitido asistir a esta clase de evento.

–Una vez que la ceremonia termine… esperaré allí por ti. No tienes razón para negarte ¿o sí? No tienes. –

Me aseguró. Creo que ella entendió que no podía darse el lujo de escapar de su padre a cada momento, pero ¿No podía sólo dejarlo?

–Sólo si prometes no sacrificarme. –

Se lo dije en broma (Porque yo todavía no acababa de creerlo) pero ella lo tomó muy en serio.

–Lo prometo. –

Afirmó, yo suspiré y asentí con la cabeza. No podía negarme ¿O sí? Ella me salvó la vida de todos modos.

–De acuerdo. –

Respondí, ella se dio la vuelta en ese momento, y sin decir nada más, echó a correr, creo que se había pasado de la raya y tendría problemas en casa. Y yo quería ir a dormir.