Jakuna Kami V1 C9

Modo nocturno

Capítulo 9: Que termina la primera parte del volumen, y que explica, entre otras cosas, que cosa era el dios Tezcatlipoca.

 

Cuando comenzó la segunda batalla de la campaña, yo no estaba con mis compañeros. Eso es porque estaba hablando con Citlatzín. No vi nada de lo que ocurrió y no importaba por el momento.

Ella tampoco se movió de donde estaba.

-Es decir, no lo sabes… –

Bueno. Nunca nadie me preguntó sobre ello. Citlatzín debe haber asumido que lo sabría, pero aparte de unas cuantas vagas explicaciones, yo no había escuchado nada acerca de ese dios al que ella y su padre adoraban.

-Bueno… no. –

Respondí, ella encogió de hombros.

-Y… ¿Quieres saber? –

No estaría aquí si no quisiera saberlo. Pero eso no se lo dije, solo asentí con la cabeza.

-Si olvidas lo que pasó esta mañana, te lo diré. –

Propuso ella. Supongo que aquello era alguna especie de conocimiento valioso para ella, lo que sea que fuera a decirme.

También creo que ella estaba tratando de aprovechar mi interés para pedir disculpas, para una chica que espera que seas tú quien pida disculpas por todo, eso era lo suficientemente bueno para mí.

-Supongo que es justo. –

Respondí.

Citlatzín asintió con la cabeza y se sentó al lado mío.

-Tezcatlipoca es lo que ves… es el dios de la magia, de las cosas invisibles, el quien mueve a los hombres en busca de riquezas, y el que las da y las quita como le place. Es el dios de la noche,  y del viento que sopla en el norte que te guía en el camino a la tierra de los muertos. –

Explicó, y se juntó un poco a mí. Hice como que no me hubiera dado cuenta de ello.

-Noche y viento, el que piensa y rige por su propia voluntad, a veces, tienta a los hombres para que caigan en la tentación, y les castiga con dureza si han sido malos. Recompensa a los que han sido buenos entregándoles riqueza de acuerdo con sus capacidades, y siempre vigilando que no abuses de ello. Y algunas veces, también tienta a las muchachas, con sueños extraños y sin sentido… hace que su corazón lata con fuerza…-

Explicó ella, sin mirarme. No era un dios muy amable por lo que veía

-Y les promete felicidad… y solo devuelve dudas, miedo… y tristeza. –

El dios de las cosas que la gente no entiende. El dios de la rueda de la fortuna, de las casualidades, por llamarlo de alguna forma. El dios que trabaja tras bambalinas, cuando la vida te recompensa o te castiga, y tú no entiendes por qué.

Y por supuesto que entendí la parte personal en todo el asunto. Citlatzín derramó una lagrima luego de eso, que resbaló por su mejilla.

-Y por eso piensas que él fue quien me envió. –

Citlatzín me miró, una mueca de disgusto se dibujó en su rostro a medida que yo permanecía en silencio después de eso.

-No es tan difícil darse cuenta. Haces exactamente lo mismo. Me confundes, te burlas de mí, me envías mensajes confusos en sueños, cosas que yo no puedo interpretar… Y no importa lo mucho que lo piense, no sé qué es eso que debo entender… ¡Y todavía soy una aprendiz! –

Reclamó ella.

-Citlatzín… Yo… no hago esas cosas por que quiera… –

Respondí, pero no estaba mirándola, porque yo entendí lo que quería decirme, y también entendí lo que ella no entendía, y por supuesto, estaba avergonzado, así que no quería que viera mi cara. No todos los días una chica te dice que sueña contigo.

Lo malo era que Citlatzín creía firmemente que yo tenía la capacidad de influenciar sus sueños, y que lo  hacía para atormentarla.

-Es inútil que mientas… Mi madre me lo dijo, ella sabía que algún día llegarías, ella dijo “llegará el indicado” pero… no me dijo que debería hacer. –

Explicó. No creo que su madre estuviera hablando de esto precisamente.

-¿Lo has hablado con tu padre? –

Pregunté. Quizá él podría explicarle que esto no era acerca de los dioses.

-¡Claro que no! No se lo he dicho a nadie. ¡Nadie! –

Respondió. ¿Por qué me lo estaba diciendo a mi entonces?

-Además, mi padre no me creerá. Pensará que estoy inventando cosas para escapar de mis deberes. –

Es que, por lo que podía ver, ella solía escapar de sus deberes, por ejemplo, la primera vez que hablamos, ella estaba escondiéndose.

Por otro lado, sé que su padre creía en ella, más de lo que debería, pienso yo.

-Te daré otro mensaje confuso, si no te importa. –

Ella me miró.

-¿Tezcatlipoca te lo dijo? –

Negué con la cabeza.

-Mentiroso. –

-Escucha… separa las cosas. Lo que sientes, no es algo que los dioses ponen allí, es algo que está en ti…–

Ella me miró altiva.

-Estoy segura de que estas tratando de confundirme. ¿Cómo va a estar en mí? no había nada como esto antes de que aparecieras. –

Ah, esto va a ser difícil. Aquí nadie separa las cosas. Tienen a los dioses pegados en la frente.

Me puse de pie y me acerqué a un pequeño charco que había allí.

Tomé una piedra, y la solté sobre el charco. Hizo ondas como de costumbre.

-Las ondas no estaban allí antes… –

Expliqué.

-Arrojaste una piedra. –

Se quejó ella.

-Piensa que el agua es como tu corazón… resuena… –

-Pero arrojaste una piedra. –

-Pero la capacidad de resonar está en el agua. La tierra no lo hace, el aire tampoco. Solo el agua. –

Citlatzín se llevó las manos a la cabeza, parecía desesperada. Se puso de pie.

-¡No hagas eso! –

Evidentemente, era demasiado para ella en este momento.

-Perdón… –

Respondí, bajando la cabeza.

-¡Deja de pedir perdón! –

-Lo sí… –

Y me detuve, porque ella ya me miraba con coraje.

-Yo todavía soy una aprendiz… todavía no estoy lista ¿Por qué me torturas? No quiero verte… pero… luego envías mensajes a mis sueños, que no me dejan en paz y me haces creer que me sentiré mejor si te veo… Y yo no entiendo nada. Dices que lo que busco está en mí, pero no hay nada allí ¿Qué quieres de mí? –

Suspiré. No creo que fuera a entender ahora lo que trataba de decirle, más que nada porque en realidad nadie lo entendería si no se lo decía directamente.

Aquí la gente era menos vergonzosa que en mi país. Eso dificultaba un poco las cosas. Era la misma sensación que cuando Metzelli comenzó a preguntarme sobre cosas de Japón, solo que a la inversa. Quiero decir que esta vez, es que ella estaba enfadada, no feliz.

-Quiero que nos llevemos bien… ¿No se puede? –

Expliqué.

Era un buen primer paso. Citlatzín me miró con recelo.

-No me llevo bien con los plebeyos. –

Respondió ella.

-¿Una excepción? –

-Ya hice muchas excepciones contigo… –

-Imagino que si… –

Respondí. Se hizo un breve silencio.

-Me haces dudar de mi misma ¿Y esperas que haga una excepción? Yo nunca dudaba de mí. –

Preguntó. Cruzando los brazos, de nuevo, culpándome por lo que le pasaba.

-Desde que nací, nací con el don en mi ojo. Siempre me dio buen resultado. –

Aseguró ella, mostrándome su ojo y señalándolo. Parecía que estaba orgullosa de él.

-Como mi padre no tiene más hijos, porque mi madre murió joven, me dijeron que sería sacerdotisa, una gran sacerdotisa en realidad. Siempre he cumplido la voluntad de los dioses, incluso si eso hace enfadar a alguien. Fui al campamento de los estudiantes, porque vi lo que hiciste, mi ojo me aseguró que dirías algo amable si te veía… pero solo me echaste de allí. –

Era muy obvio para mí que era a la inversa, el “ojo especial” de ella, daba buen resultado porque las personas creían, le atribuían poderes mágicos. Puede ser que haya sido el primero que se atreve a desafiar esa lógica, que para mí no tenía ninguna, pero como dije, aquí la gente piensa en los dioses para todo.

-Sé lo que quiero que hagas, pero no querrás. –

Respondí, suspirando y dándome la vuelta.

-Entonces es inútil ¿No es cierto? ¿Qué es de todos modos? –

Preguntó ella. Era curiosa por naturaleza.

-Piénsalo por ti misma. –

Respondí.

-¿Qué? –

Preguntó ella ultrajada.

-¿Cómo voy a hacer eso? Dime lo que debo hacer… por eso eres el mensajero…–

Preguntó.

-Ya te lo dije… ese es el mensaje. –

Respondí. Si era la orden de un dios, no podía negarse ¿No es cierto? Podía utilizarlo a mi beneficio en este caso, no es que nadie me fuera a creer con tanta autoridad como ella.

Estoy seguro de que la mitad de las personas no creerían esta tontería, de no ser porque el sacerdote lo creía, claro.

Y su hija, ella lo creía… firmemente.

-Si puedes hacer eso, prometo que no volveré a decir nada estúpido que te haga sentir así. Es mi culpa de cualquier forma. –

Expliqué.

-Yo no pensé que me echarías… Iba a decir que fue valiente lo que hiciste… –

Explicó ella. Pensé que ese asunto estaba molestándola bastante, pero después explicó. No era ese asunto.

-Estaban castigándome… ¿Qué pensaste que pasaría? –

Me quejé. Ella ignoró eso ultimo.

-Dime… ¿Lo hiciste por mi padre? –

-Si hubiera llegado antes… –

Comencé a explicar. Citlatzín negó con la cabeza.

-Yo hice una plegaria en ese momento, para que algo los detuviera antes de que también hirieran a mi tío… y apareciste. –

Ya entiendo. Imagino que sería demasiada casualidad ¿No es cierto? La verdad es que el hecho de que fuera el padre de Citlatzín, y alguien a quien yo conocía (a quien debo la vida también) fue una gran parte de lo que me llevó a intentar algo tan arriesgado.

-Solo cumplí con mi deber. –

Respondí. Ella bajó la cara.

-Ese no era tu deber. –

Respondió. Tenía razón, mi deber estaba con los estudiantes. Luego se acercó y bajó la cara.

-Volvamos a beber chocolate cuando esto acabe. –

Ofreció. Yo sonreí. Supongo que eso quería decir que se retractaba de lo que había dicho antes. Al final, había salido con mi intención.

-Esta vez, déjame prepararlo a mí. –

Respondí, ella asintió, luego se dio la vuelta.

En ese momento, alguien se acercó a mi espalda. Citlatzín y yo volteamos a ver. Era su tío, nunca me acostumbraría a ese sombrero con la calavera en él.

-Joven Aki… ¿estabas aquí? –

Preguntó, ahora sospechando abiertamente de mí. Es que yo debería estar con mis compañeros. ¿Por qué él estaba aquí? ¿No había comenzado ya el combate?

Mírenme, hablando de combatir como si fuera un partido de futbol. Hay que ver en qué me he convertido ¿eh?

-Si bien… yo… venía a buscar a Citlatzín, tenía algo importante que decirle, pero ya se lo he dicho. –

Expliqué apresurado.

-Ya veo ¿es algún mensaje de los dioses? –

Preguntó, pero insisto, no sonaba a que me creyera para nada.  Citlatzín escogió interrumpirlo, porque aquello empezaba a sonar a problemas.

-Dime que pasa. –

Respondió Citlatzín con voz grave, no sonaba a que estuviera contenta de verlo, aunque luego me di cuenta de que era que ella estaba nerviosa. Quizá pensó que eran malas noticias.

-Bueno… mi hermano ha despertado. Quiere verte. Le he asegurado que estabas bien. –

-Estoy bien. –

Respondió ella.

-Limpia tu cara, no le gustará verte llorar. –

Respondió, y me miró fijamente.

-Los dioses envían mensajes que no entiendo. Y este plebeyo tiene un mensaje para mí, pero no quiere dármelo. –

El señor me miró con ojos enojados.

-¡Ya te lo di! –

Me quejé.

Citlatzín tomó su lanza y siguió a su tío bajando la pendiente, yo permanecí allí un momento, pensativo. En algún momento pensé que era una buena idea pedirle a Citlatzín que deshiciera todo este lio, pero no va a hacerlo. Venir a hablar con ella me convenció, para ella era ahora más que un capricho, no iba a sonar bien que ella le dijera a todo el mundo que se equivocó conmigo.

Sobre todo si hablamos de que, como dice, es la única hija del sumo sacerdote.

Tiene mucha más autoridad de la que debería confiársele a una jovencita de quince años.

No pasó mucho tiempo antes de que alguien llegara hasta allí, esta vez, buscándome a mí. Era Etzatlán.

-Las tropas están marchando, deberías estar allí. –

Se quejó él, apresurado.

-Lo sé, vamos, voy contigo… –

Respondí.

-Hablas con la hija del sacerdote, como antes. –

Comentó Etzatlán mientras íbamos bajando.

-Si… ella parece pensar que tengo el poder de comunicarme con los dioses. –

Respondí, batiendo la cabeza. Lo que menos quería, es que mis propios compañeros comenzaran a tratarme diferente. Por desgracia, era tarde.

-¿Y lo tienes? –

Preguntó él. Yo lo miré fijamente.

-Escucha Etzatlán, esto solamente te lo voy a confiar a ti… no es verdad ¿vale? Nada de eso es cierto. Pero no puedo ir por allí contradiciéndolos, me ejecutarán. –

Respondí, él puso una mano en mi hombro.

-No tienes que ocultarlo de mí. Los dioses actúan de formas complicadas. Tu solo limítate a entregar el mensaje que te den y estarás bien. –

¿Cómo es que a todo el mundo le parece tan normal?

-Te digo que no se puede. –

Respondí, casi desesperándome.

Etzatlán se detuvo. Un objeto grande cayó cerca de nosotros, o más bien dicho, bajó de un árbol.

Volteamos asustados porque incluso el suelo de barro tembló con la caída. Algo se levantó en los arbustos en medio del bosque.

>En realidad yo no diría eso.

-¿Qué es eso? –

Pregunté, porque no se veía más que una sombra extraña.

-No lo sé… –

Respondió Etzatlán.

-¿Quién dijo eso? –

Pregunté, a la nada. La sombra emergió de un salto, dejándonos a mí y a Etzatlán petrificados. Ahora podía verlo con mejor claridad. Mi vida entera pasó frente a mis ojos. Etzatlán se quedó mirando petrificado.

-Oye… ¿Qué es eso? –

Pregunté, moviéndolo del hombro para que reaccionara.

-Un ocelotl… un jaguar…. No debería haber ninguno por aquí… –

Se quejó él.

Nunca en mi vida había visto un gato tan grande, ni tan musculoso. Era tan grande como un carro Tsuru y parecía mucho más feroz que un león, aunque no tenía melena. Nos miró fijamente, como si pudiera ver qué estábamos asustados y que no podríamos oponer resistencia.

-Etzatlán… –

Llamé.

-Vamos a morir…. –

Se quejó él.

-No puede ir a por los dos. –

>Si puedo

Respondí. El jaguar caminó un par de pasos, nosotros retrocedimos cuatro y éste mostró sus colmillos con un chillido que me erizó la piel.

-No voy a dejarte aquí. –

Se quejó.

-Si te quedas, morimos los dos… si te vas, puede que alguno viva. –

Respondí. Las piernas me temblaban, no creo que si Etzatlán hubiera gritado “corre” en ese momento, yo habría podido moverme. El jaguar caminó de nuevo, mostrando sus colmillos.

-Ve por ayuda… lo distraeré mientras tanto… no me estas dejando solo si vas por ayuda. –

Le dije.

-¿Por qué no vas por ayuda tú? –

Ah, diablos ¿Quería jugar a ser valiente ahora?

>¿Se decidieron ya?

Volví a escuchar la voz. Aquello me hizo reaccionar un poco.

-¡Corre! –

Grité, empujándolo hacia un lado. Etzatlán rodó por el suelo y yo corrí hacia el otro lado.

-Iré por ayuda… –

Gritó Etzatlán, levantándose como pudo y bajando la colina a toda velocidad. Fue lo último que vi, luego de eso el gato enorme me cayó encima con un salto. Caí de espaldas en el suelo, contra un árbol, y el colocó una zarpa sobre mi pecho.

Mostró sus colmillos acercando su cara a la mía. Yo cerré los ojos.

-Lindo gatito… lindo gatito… –

Comencé a decir, fue lo único que se me ocurrió, cuando escuché a la voz de antes, reír. Soltó una carcajada como si la situación fuera muy graciosa. En ese momento, el jaguar puso ambas patas sobre mí, pensé que me mataría, pero me habló con una voz grave.

Si, así como suena.

Me habló

Era la voz que yo había escuchado antes.

>Veo que te diviertes, Aki.

-No… no… ¿No eres un animal? –

Pregunté, quise moverme, el jaguar se enojó. Me quedé justo donde estaba.

>Lo soy… y no.

-¿Estoy soñando? Estoy soñando, ¿cierto? –

>Tal vez, tal vez no. ¿Qué importa si es un sueño, Aki? Si no puedes despertar.

Respondió el jaguar, sin abrir la boca por supuesto.

-¿Vas… a matarme? –

Pregunté. Él se rio de nuevo. Una risa larga, y carente de empatía.

>Tal vez…

-¿Qué eres? –

Pregunté.

>Preguntas… preguntas. Siempre con las preguntas. Estabas a punto de morir y solo preguntas cosas. Olvídate de ellas. Vive el momento. Posiblemente sea el último.

-No entiendo que está pasando. –

Respondí, renuente y asustado. Pero ya no estaba aterrado. Es decir, una sola mordida de este enorme gato pintado y era hombre muerto. Pero el jaguar ya no parecía hostil.

>No entiendes porque no necesitas entender. Estas aquí. Es todo lo que tienes que saber.

-¿Eres quien me trajo a este sitio entonces? Eres ese dios… –

Tampoco respondió a esa pregunta. En lugar de eso, se echó en el suelo, moviendo su cola como si fuera solo un gato.

>Tal vez, tal vez no. ¿Qué importa ahora? Estas aquí.

-De acuerdo, ya entendí, estoy aquí. ¿Y luego qué? –

Me quejé.

>Y luego… esto…

Y se puso de pie de nuevo, a cuatro patas, quiero decir, y se lanzó sobre mí. Yo todavía estaba recargado en el árbol. Me puso la pata sobre el pecho, y me lamió.

Imaginen la lengua de un gato de ese tamaño en su cara.

-Agghh. –

Dolió. ¿Qué puedo decir?

Se escuchó una risa sonora.

>Eres divertido. Eso me agrada de ti.

Dijo la voz, luego de eso.

-Si bueno… no es mi culpa que nunca antes me haya lamido un gato de dos metros. –

Me quejé.

El jaguar me puso una pata en la cara y yo tuve que cerrar los ojos, y cuando los abrí, no era más una pata de gato grande. Era una mano humana, que se retiró de mi cara justo después.

Era Metzelli.

Que… también me lamió.

-Hay muchas otras cosas, que todavía no te han lamido… –

Comentó Metzelli. Aun así, había un eco espectral en su voz, más como un rugido detrás de la voz dulce de Metzelli.

-No juegues conmigo. –

Respondí, poniéndome de pie y apartándola.

Es decir, no importaba como lo vieras, ella no era Metzelli. Aunque eso no evitó que mi cuerpo respondiera frente al estímulo.

-No jugaba… puedes tenerla si quieres… –

Respondió “Metzelli” endulzando su voz aún más y acercándose a mí.

-Prefiero a la real. –

Respondí, cruzándome de brazos. Metzelli estalló en una carcajada.

Cuando me volví, ella ya no estaba allí. Miré hacia todos lados, pero no había nada.

>¿Qué tan real dirías que es esto?

Preguntó la voz. Voltee al árbol donde había estado recargado. Un pájaro enorme estaba allí parado. Era el dios de las muchas formas, pero parece que tenía predilección por las cosas grandes. Bajó aleteando.

-Estas molestándome ¿No tienes nada mejor que hacer? –

Pregunté. Algo molesto por haber usado a Metzelli así, y también porque no había dicho nada claro desde el principio.

>Esto es lo que hago. Estas aquí… porque eso es lo que quiero. ¿Te divierte tu nueva vida?

-Quiero ir a casa. –

Repliqué.

El dios hecho pájaro repitió mi voz.

>“La gente inventa rumores extraños porque me tienen miedo y yo echo de menos mi hogar. Es eso en realidad. No tengo un hogar ahora. Quisiera, si fuera posible, que este fuera mi hogar. Eso es lo que quiero.”

Fue extraño escuchar eso hora, como si fuera una grabación de mí mismo hablando.

-Sí, lo dije… todos dicen que soy tu enviado, y yo no entiendo nada. Pensé que eso me ayudaría a sentirme mejor. –

El enorme pájaro pareció limpiarse las plumas.

>Puedo enviarte de vuelta ahora, puedo matarte o puedo darte un poder misterioso. Adelante… Escoge.

-Quiero ir a casa. –

Respondí, renuente.

>No, poder misterioso.

-¡Entonces no me des a escoger! –

El pájaro giró la cabeza a su espalda.

>Nos volveremos a ver… Aki.

Y levantó el vuelo. Mientras miraba al enorme pájaro negro volar, Etzatlán llegó con la ayuda, mas propiamente dicho, Icihuatl Sempai  y Teohat Sempai junto con un hombre que parecía un guerrero muy fuerte.

-Aki… Etzatlán dijo que… –

-Se convirtió en pájaro grande y se fue volando. –

Respondí.

Creo que esperaba que se rieran de mí. Fue el hombre que parecía un guerrero quien respondió.

-Los dioses envían mensajes confusos. –

Comentó.

¿Por qué? ¿Por qué nadie aquí se ríe de esas cosas? ¿Por qué me creen?

-¿Han pasado estas cosas antes? –

Pregunté. Icihuatl Sempai respondió.

-No hay esos animales por aquí… ellos viven al sur, en la selva. De hecho ya era extraño que Etzatlán haya dicho que un animal como ese le dejó ir. –

-Corrimos en direcciones distintas. –

Repliqué.

-Uno verdadero podría haberlos matado a ambos sin problemas. –

Respondió Icihuatl Sempai, batiendo la cabeza.

No es que lo dudara.

-¿Qué mensaje te dio?-

Preguntó Teohat Sempai.

-No lo sé… no me dio ningún mensaje que valga… –

Repliqué.

-No hay nada que podamos hacer ahora, los ejércitos están por encontrarse. –

Comentó Icihuatl, en señal de que deberíamos apresuramos.

Bajamos la colina en silencio, y nos acercamos al campamento. Los guerreros ya estaban luchando.

-Aki… nos toca. –

Gritó uno de los compañeros. Y tomamos la camilla, junto con Etzatlán, fuimos a recoger al primer herido.

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