Haru no Yurei V2 Epilogo

Modo Noche

Epilogo: El pájaro enjaulado.

Kurimo tampoco estuvo contenta cuando me vio llegar en el auto de Sanae. Salió caminando del hospital porque ya la habían dado de alta, le hable por teléfono antes y le dije que esperara dentro por mí, porque ya iba en camino. Sanae tenía la caja de su auto llena de cosas.

–¿Por qué viene? –

Preguntó Kurimo cuando la vio.

–Por la misma razón que tú. –

Respondí. Kurimo miró a Sanae por un momento, luego encogió de hombros.

–Como si fuera a perder contra ti. –

Dijo y subió al auto. Supuso que estaba allí para eso. Sanae se debatía entre la culpa y la rabia. Le puse una mano en el hombro.

–Hay que disculparnos. –

Lee dije. Y como Kurimo se subió en la parte de atrás, me subí en la parte de atrás junto con ella. Minase estaba con nosotros también. A ella si la saludó.

–Me alegra que estés mejor, no vuelvas a hacer nada como eso ¿entiendes? Si Toshikane–kun te hace enojar de nuevo, le pegaré. –

Le dijo Minase. Kurimo sonrió. Con eso le quedo claro a ella, que Minase no sabía nada.

–Por última vez, no lo lastimen. –

Eso hizo que Sanae frenara el auto en seco. Aquello era lo mismo que Hatami había dicho la última vez que estuvimos en el auto con ella. Sanae la miró con lágrimas en los ojos.

–Lo siento, Hatami–chan. –

Fue lo que le dijo.

–Hablaremos después… –

Le respondió Hatami. Al parecer, ella quería arreglar el asunto a su manera. Sanae asintió y seguimos hasta la casa de Kurimo. Una vez allí, bajamos ella y yo. Sanae y su hermana permanecieron en el auto.

–Esperen un momento. –

Les dije. Kurimo se volvió a Minase.

–No nos vamos a tardar. Espera aquí por mí. –

Pidió, Minase asintió, le dirigió una fría mirada a Sanae, y siguió su camino. Me tomó de la mano en cuanto cruzamos la cerca del jardín.

–¿No crees que estas siendo muy dura? Con Sanae, quiero decir. –

–Le llamas por su nombre. –

Se quejó Kurimo.

–Sería problemático, Minase es su hermana y también hablo mucho con ella. –

–Si no me porto así, ella creerá que no me importa. –

Respondió Kurimo.

–Tienen que llevarse bien. –

Respondí. Iban a vivir bajo el mismo techo.

–Quiero llevarme bien con ella, pero no quiero que piense que no me importas. –

Kurimo era la obstinación andando.

–Eres del tipo duro ¿eh? –

Kurimo volteó a verme sorprendida, o más bien arrepentida. Estoy seguro de que esa no era la imagen que ella quería proyectar. Mucho menos conmigo.

–Está bien, entiendo que han sido días terriblemente duros para ti. Todo lo que ocurre es que estas estresada ¿No es cierto? –

Kurimo bajó la cabeza y suspiró.

–Puede ser… –

Creo que, ahora que había llegado hasta aquí, ella no encontraba la forma de volver a comportarse como antes. No es que fuera diferente, pero ahora, últimamente, ella parecía estar enfadada con todo el mundo, todo el tiempo.

Una vez que llegamos a la puerta, ella me tomó del brazo y me metió con ella jalándome, cerró la puerta detrás y fue directamente a buscar a su madre, quien estaba tomando un té (obviamente con medicinas) en la sala de su casa.

–Me alegra ver que estas mejor, hija. –

Le dijo su madre. Kurimo asintió y se paró frente a ella. Todo esto sin soltarme del brazo.

La señora me miró atentamente.

–Lamento haberte preocupado, Okaa–sama. –

No me parecía que lo lamentara para nada. Tengo la impresión de que ella… culpaba a su madre por no hacer más con respecto a su situación. La señora sonrió amargamente.

–¿Dónde está Onii–san?–

La señora ladeó la cabeza. Creo que ella estaba acostumbrada a que se refiera a él con mucho más respeto. Pero es que, respetarlo, también significaba someterse a él, y con el asunto particular de Kurimo, estaba más que claro, que ambos estaban malentendiendo ese mensaje.

–Mirato, está en su alcoba. ¿Quieres verlo? –

Preguntó la señora. Kurimo negó con la cabeza.

–Está bien así… yo tengo que decir esto. No puedo seguir así. –

Dijo Kurimo.

Espera un segundo.

Ella no le había comentado nada de esto. Se lo iba a decir aquí y ahora.

La señora la miró, y luego me miró a mí, como tratando de adivinar si yo sabía algo.

–Iré a pasar unos días a casa de mi novio. –

Anunció. Casi me da un paro cardiaco. Hatami no se había soltado de mi para nada. Iba a soltarme antes, pero tengo la impresión de que ella estaba tomándome así para darse a sí misma valor de decir esto.

–A casa de tu novio… ¿Cuántos días? –

Preguntó la señora.

–Por lo menos hasta que hayas tenido al bebé… tal vez más… no sé. –

Explicó Kurimo. La señora me miró.

–¿Y él ha dicho que está bien?–

Preguntó. Kurimo suspiró.

–Lo sabe. –

Dijo. Vi algo dentro de la señora quebrarse cuando Kurimo admitió que me lo había contado.

–Si… claro que si… –

Dijo la señora, y bajó la cabeza.

–Tú no puedes tener preocupaciones, y está más que claro que no puedo quedarme aquí sin preocuparte. –

Kurimo estaba haciendo un gran esfuerzo por no reclamar nada, ahora me quedaba claro. Quizá era esto lo que realmente le preocupaba. Finalmente, hizo una reverencia.

–Te veré después, Okaa–sama. –

Y se dio la vuelta, la señora me tomó de la mano antes de que Kurimo me sacara de allí. Algo extraño, si cualquiera me lo pregunta.

–Prométeme que cuidarás de ella. –

Me dijo la señora.

–No se preocupe. –

Respondí. La señora lanzó un suspiro.

–Gracias. –

Y salimos de la casa. Así como suena. Solo así.

No pensé que lo aceptaría con tanta facilidad, ahora que, bien pensado, puede ser que esa era la única opción viable para la señora, no creo que estuviera de acuerdo, pero era muy obvio que era lo mejor.

¿Qué tan mala tiene que ser tu situación para que tu mejor opción sea entregarle a tu hija a un sujeto con un montón de mujeres?

Una vez que estuvimos afuera lo primero que hizo Kurimo fue suspirar, luego me miró con atención, como esperando lo que sea que yo tuviera que decir. Yo solo acaricié su cabeza y le dije:

–Vamos, hay que llegar a casa pronto. –

Kurimo asintió, luego salimos de su casa. Fuimos al auto.

–Tengo que dejarte solo, será un momento. –

Dijo. Y abrió la puerta donde estaba Minase, es decir, la puerta del copiloto.

–¿Puedes cambiar lugar conmigo? –

Preguntó Kurimo. Sanae la miró asustada. Minase encogió de hombros.

–No me culpes si él piensa que soy linda y me da un beso o dos. –

Había un reclamo allí. Pero Kurimo lo aceptó.

–Lo traeré de vuelta a mis brazos cuando bajemos del auto, no te preocupes. –

Minase se rio, por la confianza que Kurimo mostraba ahora, y cambio lugar con ella. Kurimo subió al auto.

Minase se sentó a mi lado, sonriendo. De pronto, ella comenzó a apoyar, no sé por qué.

–No pierdas, Hatami–chan, no pierdas, Onee–chan. –

Luego se volvió a mí con una sonrisa.

–Cuando apoyas a ambos lados, no puedes perder. –

Comentó ella con una sonrisa. Luego tomó mi cabeza y la recostó sobre sus piernas. Hizamakura.

–Falta una tercera, pero esa vendrá cuando lleguen las vacaciones. –

Sanae trató de concentrarse en conducir.

–Cuatro esposas… eres todo un playboy. ¿Cómo vas a mantenerlas si no tienes trabajo? ¿Eh? –

Preguntó Minase.

–No es como que me esté casando con ellas, Minase. –

Respondí, evadiendo inteligentemente la parte de no tener trabajo.

–Oh, vamos, vas a vivir con ellas. ¿Cuál es la diferencia? Más importante que eso… ¿Te queda espacio para una más? –

Preguntó ella.

–Minase. –

Reclamó Sanae.

–Sí, tengo espacio, si consigo a una con la que no me lleven a la cárcel, le avisaré. –

Respondí.

–Yo hablaba de mí. –

Respondió Minase, pellizcándome.

–No te preocupes, Minase–chan. Si algún día vas de visita, te dejaré tenerlo. Lo compartiremos, como antes. –

Aseguró Kurimo. Sonriendo. Sanae se sobresaltó, ella no sabía ese detalle de Kurimo, pero creo que lo que ella estaba tratando de expresar, es que no era celosa con esas cosas. Que estaba dispuesta a compartir.

–Onee–chan. ¿No deberías decir algo en este momento? Para tu linda hermanita. –

Se quejó Minase. Sanae tuvo un espasmo nervioso.

–Te… te dejaré mirar… pero es todo. –

Respondió Sanae avergonzada.

–¡Yay! –

Ahora la pellizqué yo.

–Deja de aprovechar la situación, si un día vienes de visita, yo mismo te dejaré fuera. –

Y así fue como caí redondo en el plan de Minase. Ella reclamó, con voz fuerte y clara.

–¿Me vas a dejar fuera a pesar de que es por mí que las tienes a ambas? Ninguna de ellas sería tu novia ahora  si no fuera por mí. Quiero mi recompensa. –

Sanae me miró, detuvo el auto, por supuesto. Kurimo también. Yo le di la razón a Minase.

–Tienes razón, no te echaré fuera. –

–¡Yay!–

Kurimo miró a Sanae.

–¿Es por Minase–chan? Que tu… –

–Sí. –

Respondió Sanae.

–No pudiste resistirte. –

Agregó. Sanae negó con la cabeza.

–Puede… que te haya juzgado mal. –

Dijo Kurimo, girando la cara. Sanae tenía ahora una probada de su propia medicina.

–No es eso… yo… lamento no haber dicho nada. –

Comenzó a disculparse Sanae.

–Está bien… yo tampoco pude resistirme. –

Confesó Kurimo.

–Yo creo que ninguna podría. –

Comentó Sanae, mirándome por el espejo. Arrancó luego de eso. La tensión estaba bajando.

–¿Por qué? –

Preguntó Kurimo, ahora con genuino interés.

–Pues… porque es genial… –

Respondió Sanae.

–Te hace sentir bien, hace que todos tus problemas desaparezcan con unas cuantas palabras. –

Confesó Kurimo.

–Y te hace sentir segura. Terminas pensando que, todo lo que tienes que hacer, es esconderte detrás de él y nada va a pasarte. –

Confesó Sanae.

–Sí, sí, y te trata bien y mal al mismo tiempo, se siente como si estuviera en completo control de lo que sientes y piensas. –

Respondió Kurimo, estaban hablando muy animadamente ahora, y yo no sabía dónde meter la cara.

–Oigan ustedes, voy a saltar del auto ahora. –

Me quejé. Minase se rio, y se rio más fuerte aun cuando escuchó los seguros del auto.

–Detenlo ahí, Minase–chan. –

Pidió Kurimo, sonriendo maliciosamente.

–No va a ir a ningún sitio. –

Respondió ella.

–Y cuando te toma, hace lo que le viene en gana con tu cuerpo, y una no puede hacer absolutamente nada. Solo… lo dejas hacer porque no tienes opción. Es como si entrara en tu corazón y se apoderara de ti. –

¿Pasamos a las pláticas privadas? ¿Tan pronto?

–¡Eso! Eso es lo que hace, se vuelve dueño de todo. Nunca te sientes bien otra vez si él no está. –

Se quejó Kurimo.

–Acabas haciendo cualquier cosa solo por volverte a sentir así. –

Explicó Sanae, batiendo la cabeza.

Yo quería desaparecer.

–Bueno, a decir verdad, a mí nunca me ha pedido nada realmente malo por ello, y podría hacerlo. Él sabe perfectamente que no puedo decirle que no. –

Aseguró Kurimo.

Sanae negó con la cabeza, y suspiró. Luego respondió:

–Me avergüenza a veces, pero… nunca va mas allá. Nunca me ha pedido algo que me dañe, o que me haga sentir mal después como persona. –

Explicó Sanae. Kurimo finalmente sonrió.

–¿Lo ves? Tenía razón. Es un caballero. –

–Ni siquiera fue su idea que mi padre se enterara. –

Se quejó Sanae.

–Minase–chan dijo que tu padre te echó porque se enteró de que él era tu novio. Eso fue cruel. Yo no sé como sería si yo tuviera un padre, pero habría hecho lo mismo que tu si me dijera algo así. –

Inteligentemente, Sanae no mencionó nada del asunto que la había llevado al hospital.

–¿Volviste con él? –

Preguntó Sanae. Kurimo asintió.

–No vuelvas a dejarlo. Él se puso muy mal, puede parecer muy malo, pero es solo por fuera. Estaba muy aturdido. –

Explicó Sanae.

–Fue un tontería, nunca debí decir eso en primer lugar. Estaba confundida y asustada, y tenía la impresión de que él no me quería en realidad. Pero ahora entiendo que el hecho de que se equivoque, no es con la intención de hacerme daño. –

Ambas parecían haber olvidado que estaba yo aquí. Minase solo se reía levemente mientras me miraba. Momentos después, yo agradecí a todos los dioses que el viaje hubiera terminado. Bajamos del auto. Antes de bajar, Kurimo se volvió a Sanae y le preguntó:

–¿Amigas? –

–Amigas. –

Respondió Sanae sonriendo. Yo suspiré, al menos se llevaron bien.

Entramos a la casa. Akane estaba todavía en ropa de dormir. Se llevó una sorpresa cuando vio llegar a Kurimo, Sanae y Minase. Aunque… Minase no iba a quedarse.

–Bueno, primero que nada, ella es mi esposa.  –

Les dije. Eso fue otra sorpresa para Akane, quien no esperaba supongo que la presentara así directamente.

–Le pido disculpas por la intromisión. Lamento los problemas que estoy causando. Por favor, estaré a su cuidado. –

Kurimo hizo eso haciendo una reverencia. Sanae y Minase lo hicieron también, y bajar la cabeza. Akane me miró perpleja, luego se acercó a ella.

–Levanta tu cabeza, y terminen de meter sus cosas. –

Dijo ella, con su sonrisa acostumbrada.

–Cielos… tu esposa es muy bonita. –

Comentó Minase.

–Gracias. –

Respondió Akane, mirándola. Minase reaccionó y se presentó:

–Akiyama Minase… yo… solo vengo a acompañar a mi Onee–chan, es todo. No puedo quedarme ni nada. –

–Muy bien, siéntanse como en su casa… Toshikane, ¿puedes venir un momento? –

Me llevó a la cocina. Allí, comenzaron los reclamos.

–Apagaste el despertador ¿Qué te ocurre? Me encontraron en pijama. –

–Tenías que dormir… –

–La comida no está lista. –

Se quejó Akane. Luego alzó las manos al cielo. Salió de la cocina luego. Kurimo y Sanae la miraban con atención.

–Si gusta… puedo ayudarle a preparar el desayuno. –

Comentó Kurimo.

–¿Eh? No tiene que trabajar, podemos pedir algo de fuera. –

Respondió Sanae. Akane se detuvo y las miró por un momento. Primero le habló a Kurimo.

–Tú vas a llevarte bien conmigo. –

Le dijo, luego se volvió a Sanae.

–Y tú vas a llevarte bien con ese tonto de allá. No, no podemos pedir comida de fuera, no hoy en todo caso. Tengo que cambiarme, y… luego haré de comer. –

Yo seguí a Akane mientras Sanae y Kurimo iban al auto por algunas maletas. Ya habíamos traído las más pesadas así que supuse que estaba bien.

–Akane ¿estás bien? –

Pregunté.

–Pues… ya no tuve tiempo de decírtelo anoche ¿Sabes? Porque peleamos, y luego nos contentamos, pero esperamos visitas. Mi padre va a venir. –

–¿Esta noche? –

Pregunté.

–Ya sé que no quieres verlo pero… –

Akane estaba nerviosa.

–No es eso pero… –

Podía ser, que una parte de la razón que hizo a Akane reconsiderar, fuera la visita de su padre. Ella me lo aclaró después.

–No voy a perder. No puedo ir con él y decirle… “fracasé” eso es algo que no va a ocurrir. Y ya que ayer me dejaste muy claro que me sigues amando, no voy a abandonar. Seré feliz aunque él no quiera. –

Me dijo.

–Y lo invitaste para… –

–Demostrárselo, sí. –

Yo suspiré. Ella se acercó a mí y me dio un beso en los labios. Esta mujer y su orgullo de acero.

–Te lo voy a preguntar una última vez. Solo por si… no entendí bien algo. Esto no tiene nada que ver con que sea una mala esposa. ¿Es así? –

Akane tembló cuando preguntó eso, pero creo que sabía que estaba siendo sincero con ella.

–Eso y esto son cosas diferentes, Akane, pero querías ser mi cómplice, dijiste. Bien, esto es lo que significa. –

Expliqué. Akane sonrió y asintió, todavía parecía algo nerviosa de todos modos. Decidí que aligeraría un poco el ambiente.

–Bueno, admito que también pensé que podías, no sé, querer mirar algo. –

Expliqué, ella enrojeció.

–Entonces incluso salgo ganando algo. –

Respondió Akane, riendo con algo de vergüenza, y finalmente recuperó la compostura. Se puso seria un momento.

–¿Quiénes son? ¿Qué pasa con la pequeña? –

Preguntó. Yo asentí.

–Bueno, ella es Minase, solo está acompañando a su hermana. Quienes se quedarán son Mizore, Sanae, y Hatami. –

Expliqué.

–¿Qué pasa con Mizore?–

Preguntó ella, de las tres, era la que más le importaba porque ya era su amiga. Yo suspiré. Con Mizore no pasaba nada.

–Vendrá la semana que viene. Cuando comiencen las vacaciones. Ella… estaba celosa de ti y quería vivir aquí. En realidad, si quieres, puedes echarla… no creí que la echarías, y todavía no sabía que Sanae y Kurimo acabarían aquí, a decir verdad, por eso le dije que si –

Sanae me miró sonriendo sádicamente.

–La haré pagar muy duro por esta interrupción. –

Dijo. Yo suspiré. Sabía que entre ellas esto iba a tomar ese camino. Luego batió la cabeza.

–¿Y la chica grande? –

–Akiyama Sanae. ERA la hija de mi jefe. –

La presenté, Akane arqueó una ceja. Esa frase no tenía sentido.

–Oye tu… ¿Ya no es su hija? –

Preguntó Akane. Aquello podía ser incluso grosero. Yo tragué saliva.

–Ya no es mi jefe. –

Akane guardó silencio por un momento. Luego se enojó.

–Pues eso si me hace enojar mucho. –

–Akane, por favor. –

Pedí. Ella estaba enojándose por esto y a mí me parecía de poca monta, pero es que era una esposa. Akane se dio la vuelta y cruzando los brazos, se negó a mirarme.

–No quiero hablar con un hombre que perdió su trabajo. –

Respondió ella. Típico de una esposa, si cualquiera me lo pregunta.

–Conseguiré otro empleo. Lo prometo… ya no falta mucho para vacaciones. Además, todavía tengo el sobre que me dieron y este nuevo sobre. Estaremos bien. –

Expliqué.

–¿Eh? ¿Y no se lo diste a tu esposa? ¿Qué tan desobligado puedes llegar a ser? ¿No sientes que estas abusando? –

Le di ambos sobres a Akane, ella me miró de reojo.

–Prometo que no te dejaré pasar presiones. Es solo algo que pasó. ¿Sí?–

Pregunté. Ella suspiró.

–Bueno, lo voy a pasar porque siempre has sido responsable, pero no quiero tener que pedir dinero a mi padre. ¿Qué va a decir? –

Dijo. Luego batió la cabeza.

–Aun no me dices que ocurrió. –

Se quejó ella, y suspirando, volvió a poner cara seria.

–La echaron de casa. –

Respondí.

–¿Por qué? –

Akane no parecía contenta con solo esa explicación.

–Porque… es la hija de mi antiguo jefe… y… mi novia. –

Expliqué, todavía me era difícil admitirlo solo así, ella me miró contrariada.

–Ella sabía que yo existía. –

Aclaró, tal vez un  poco confundida.

–Claro que lo sabía, todos lo saben, yo no guardo esas cosas en secreto. –

Expliqué. Era la verdad. Otra cosa es que Akane encontraba poco comprensible que aun así, se hubiera animado a hacer eso.

–Y aun así…  –

–Yo estaba… pues en el trabajo y ella llegó y yo dije algunas cosas… –

Expliqué.

–¿Cosas malas?–

Akane me miró de mala manera.

–No. Cosas buenas. Eso la convenció de que prefería que la echaran que seguirse escondiendo de su padre, si hablas con ella lo entenderás. –

Le expliqué.

–Y su padre la echó… y te despidió. Eso se parece bastante a lo que nos pasó a ti y a mí. ¿No crees?–

Preguntó Akane, arqueando una ceja. Sí. Había vuelto a hacerlo.

–Tienes un extraño talento para hacer que los padres de las muchachas te odien. –

Me acusó, dándose la vuelta.

–Yo no les digo que me odien, Akane. No sé qué les ocurre. Tampoco es como que me haya portado de forma indecente frente a ellos. En realidad solíamos cuidarnos mucho de su padre. –

Me defendí. Ella se burló de mí.

–Eres como una tormenta. Eso es lo que ocurre… llegas y remueves todo lo que ellos creyeron que era firme. Todo aquello que ellos construyeron con tantos años de esfuerzo, lo destruyes en un instante. –

Y tronó los dedos para hace énfasis. Yo bajé la cabeza. No es que tratara de arruinar la vida de nadie.

–Yo solo quería hacerla feliz. –

Akane se rio.

–Imagínalo como un granjero que tiene pollos, los cuida, los alimenta, y los procura por años… y un día, de la nada, llega un lobo travieso y hermoso y… SE COME A LOS POLLOS. –

Me reí por lo gracioso de la comparación y por la forma en que Akane parecía reclamar por ello. Negué con la cabeza mientras me reía.

–Los pollos no tienen alma, Akane, no tienen deseo de ser felices. No eres una gallina, ni Sanae tampoco. –

Ella asintió, sonriendo.

–Lo sé… eso tú me lo enseñaste, pero, también entiendo que, algunos padres no comprenden eso. –

Supongo que con eso, Akane quería decir que empatizaba con la situación de Sanae.

–Ahora la pequeña… –

Comentó Akane.

–Hatami… –

Ella me miró, pero luego bajó la cabeza pensativa, como tratando de acordarse de algo.

–He escuchado ese nombre en algún sitio, pero no logro recordar donde. –

Explicó Akane.

–Puede que tengas razón. Llamémosle Kurimo. –

Respondí, encogiendo de hombros. Si era importante, en algún momento se iba a acordar.

–¿Qué paso con ella? ¿Sus padres saben que está aquí? –

–Es… un asunto delicado. La razón es que ella no puede permanecer en su casa por más tiempo. No en las presentes circunstancias. –

–Suena a… –

Yo batí la cabeza.

–Me pidió que no dijera nada, creo que deberías hablar con ella en privado después. Tal vez ella misma te cuente. –

Expliqué, comprendiendo que Akane necesitaba una razón lógica, pero también recordando, que, yo había prometido no hablar de esto.

–Entonces si es algo feo… –

–Bastante… ella trató de matarse… solo por escapar de ello. –

Respondí, ella abrió los ojos todo lo que pudo.

–De acuerdo… si es algo muy, muy malo. Incluso me siento como una tonta por reclamar por ella ayer… –

Akane bajó la cabeza.

–Estabas en tu derecho. Admito que pensé que era alguna tontería cuando supe lo que había hecho. Pero cuando ella me explicó por qué, bueno. No puedo decir que no comprenda sus sentimientos. –

Akane terminó de cambiarse. Me hablaba mientras bajaba las escaleras.

–Las reglas que te dije ayer… siguen en pie. Esa es una condición. –

Aseguró.

–Hablas de que… –

–Sí, todas esas, explícaselas mientras voy por las cosas necesarias para hacer la cena, de todos modos, todavía falta un buen rato. Si tienen hambre ahora mismo, sirve para que coman cereal. ¿Está bien? –

Dijo, tomó su bolsa de mandado, y se fue. Tenía la impresión de que huyo para no tener que hablar de eso con ellas ahora. Hay que ver que no se conocían. También tengo que decir que… acababa de darle mis dos sobres de paga.

–¿Pasó algo? –

Preguntó Sanae cuando la vio salir apresurada.

–Bueno, el caso es que, como les dije, ayer le mencioné esto a Akane. Peleamos y nos contentamos, como era de esperarse, incluso le di mis sobres de paga pero… bueno, eso no la dejó mencionar, que… su padre vendrá de visita el día de hoy. … –

–Qué suerte tiene… –

Se quejó Sanae.

–Cállate, ya golpee al sujeto una vez. Es igual que tu padre, solo que en sentido contrario. –

Respondí. Kurimo batió la cabeza.

–Onee–chan… –

Llamó Minase en voz baja, aunque todos escuchamos.

–Ya veo… bueno. Sé que debo estar aquí justo ahora pero, todavía faltan algunas cosas, mis discos duros, y algo de ropa y… tengo que dejar a Minase en casa también. ¿Puedo ir? No tardaría más de unas horas… y…  –

–A mí no me preguntes, trae tus cosas. –

Respondí. Sanae asintió. Minase la tomó de la mano.

–Nos vemos. Hatami–chan. –

Y salieron.

Ah. Ya entendí. Kurimo había pedido el momento.

Ella me miró sin decir nada por un momento.

–Ven… te mostraré tu cuarto ¿sí?–

La tomé de la mano. Ella asintió. Subíamos las escaleras cuando ella preguntó:

–Tu esposa… habló de reglas… ¿Qué reglas son? –

Preguntó Hatami, bastante obvio que quería preguntar si lo que quería hacer pondría en peligro su estancia aquí.

–Bueno, primero que nada, no debemos exponer a nadie a cosas indecentes. Es decir, no podemos hacer nada pervertido frente a Sanae si ella no quiere ver. A eso me refiero… Justo ¿No te parece? –

Kurimo asintió.

–Segundo… bueno. La única con la que tengo permitido acostarme a dormir, y… dormir… es con Akane. –

Kurimo soltó una risita. Casi lloro. Hacía mucho tiempo que ella no soltaba una risita frente a mí.

–Ella quiere tener su lugar de esposa. En eso ella tiene razón. –

Respondió Kurimo.

–La tercera es que, tengo que estar al tanto de sus necesidades… ya sabes. Ella no quiere que desatienda a mi esposa solo porque sí. –

–No quiere sentirse como yo me he sentido. –

Respondió Kurimo, había un reclamo allí, pero también una especie de petición.

Entramos a la habitación. Había algunos muebles, pero no estaba seguro de que debieran permanecer allí, Kurimo miró a todos lados.

–¿Este va a ser mi cuarto? –

Preguntó ella, sonriendo.

–Si… –

Respondí.

–Es más grande que mi cuarto. –

Dijo, mirando a todos lados.

–Si bueno, hay que limpiarlo y, nadie ha usado está habitación en años. –

Ella aprovecho que yo estaba dentro para ir y cerrar la puerta. Ya sabía que esto pasaría, pero quería que ella fuera quien tomara la iniciativa. Por todo lo de las negativas de antes. Se dio la vuelta después, y bajó la cabeza.

–Yo… –

Quiso comenzar, pero al parecer, nada salió de su boca. Iba a besarla cuando ella volvió a reunir coraje para hablar.

–Te grite todas esas cosas ayer. Perdón. –

Dijo ella. Hizo una pausa. Yo la deje continuar.

–También te abandone hace algunos días… perdón… y… todavía más porque fue un pretexto muy estúpido. Me comporté como una mujer tonta, problemática e irracional. Y en realidad, te culpé de todo ello porque, si asumía mi parte de responsabilidad, tu tendrías una razón muy buena para dejar de quererme. Si todavía me guardas rencor por alguna de esas cosas, puedes castigarme si quieres. Puedes dejarme al último. Puedes incluso olvidar que estoy aquí. No soy más que un pájaro enjaulado en tus manos, y ya es tiempo de que acepte, que fui yo quien se metió en la jaula en primer lugar. –

–No te guardo rencor, Kurimo. Yo no me porté diferente en realidad. –

Respondí, pero ella negó con la cabeza.

–Dije mentiras también. Cuando tomé esas pastillas, lo único que podía pensar es… ojalá que me encuentre y me salve, así entenderá cuanto necesito de él… y cuando no ocurrió, me enojé contigo. –

Pensamiento de niña de colegio.

–Eso fue extremadamente peligroso… –

Me quejé. Ella asintió.

–Lo sé ahora, no lo haría otra vez… pero eso no cambia que lo hice. Y si quieres castigarme por eso, también lo aceptaré. Puedes ser negligente, incluso, puedes gritarme de cosas, tratarme como basura, si piensas que eso es lo que realmente merezco. –

Dijo ella, con lágrimas en los ojos.

–No te traje aquí para eso. –

Kurimo sonrió y asintió con la cabeza.

–Lo sé. Tú no eres así. Pero estoy al tanto, de que no me merezco tu cariño. Y… tampoco quiero tu lastima. Te pongo en un gran dilema ¿No es cierto? –

Explicó.

–Puedes darte ahora la vuelta. Puedes venir después, mañana, la semana que viene. No importa. Cuando tu creas que es adecuado. Cuando sientas que es correcto perdonarme, y ser mi novio… Tu sabes que estoy a punto de estallar, sabes que me hace falta, puedes usar eso para castigarme por todo. Y aquí estoy segura de que nadie más va a tomarme. Puedes hacerme esperar todo lo que quieras y yo estaré completamente a tu merced. –

¿Eso era lo que quería? ¿Estaba castigándose a sí misma cuando comenzaron a pasar cosas con su hermano? ¿Por eso accedió a venir?

–¿No vas a salir de aquí?¿Para nada? –

Pregunté.

–Bueno, puede que tenga que salir al baño y eso pero… me considero a mí misma castigada. –

Yo suspiré.

–Siempre tienes la costumbre de arrojar tiempo de intermedio entre tu, tus sentimientos y tu felicidad, Kurimo. Lo hiciste la última vez. Y no tardé gran cosa en decidir. –

–Tuve la sensación de que no lo pensaste porque no te importó. –

Respondió ella.

Que dura y obstinada.

–¿Y pensarías lo mismo si lo hago ahora? –

Kurimo negó con la cabeza.

–Pensaré que estas perdonándome. Y como tal, seré tuya, para siempre. Te pagaré tu perdón y tu amabilidad con mi amor. Seré honesta y no volveré a abandonarte. Te daría lo que tú quieras… incluso un bebé. –

–¿Un bebé? –

Pregunté. Aquello fue demasiado inesperado y demasiado aprehensivo también, pero había una razón. Kurimo se explicó.

–Los hombres quieren bebés, dice mi madre… pero si tú no lo quieres está bien. O si quieres esperar. Pero en esencia, es eso. Te daría lo que tú me pidieras, cuando vengas aquí y… me perdones. –

–Como un pájaro enjaulado. –

Kurimo asintió con la cabeza. Yo avancé un paso hacia ella y levanté las manos.

–Escucha, Kurimo. No más castigo… ¿vale? No más… no quiero castigarte, no me gusta. Quiero que seas feliz… eso es todo… –

Le dije, ella me miró con los ojos muy abiertos. La acerqué a mí y la abracé ligeramente, sus pechos se pegaron al mío, ella enrojeció al instante.

–Si eres como un pajarito. Muy lindo… y frágil… –

Le dije, inspiraba ternura en realidad.  Le di un beso en los labios. Lagrimas resbalaron por sus mejillas, pero esta vez no me quejé.

–Ven aquí… ¿Qué le pasó a tus alas? Tu solías salir a volar. –

Le dije, pasando mi nariz por su cuello y sus hombros.

–No sé…se mojaron… porque soy idiota y siempre estoy llorando…  –

Kurimo siempre ha sido muy sensible, y con todo lo que había pasado, creo que ella estaba especialmente dócil y receptiva. La tome de la muñeca y alcé su mano para llevar mi boca lentamente a través de su brazo desnudo y ella se retorció, pegando su cuerpo al mío todo lo que pudo.

–Quiero que vuelvas a volar… –

Le dije. Ella negó con la cabeza.

–Ahora no… ahora no… me fui lejos y casi me pierdo… y a mí me gusta mi nueva jaula… quiero quedarme aquí… enjaulada… para tu diversión…  –

–¿Aquí? –

Pregunté, comenzando a acariciar sus pechos. Ella comenzó a tener problemas para respirar. La acosté sobre el futon después, y aparté sus pantis del camino. Ella se abrazó por debajo de sus pechos. Me coloqué sobre de ella, que no dejaba de mirarme a los ojos, justo como la primera vez.

–Seré obediente, me portaré bien, seguiré las reglas, ayudaré en casa… por favor… no me dejes ir… –

Pidió ella, su respiración estaba acelerada.

–¿Tanto te gusta la jaula? –

Pregunté, bajando mi cierre con muchas ansias.

–No es la jaula… es… lo que quiero hacer en ella… –

Respondió Kurimo, separando sus piernas todo lo que podía. La metí de un solo golpe, su cuerpo se amoldó a mi como las otras veces. Echaba mucho de menos lo suave y dócil de su cuerpo. Sus piernas blancas, su vulva rosada y apenas con vello, lo abultado de sus caderas… su vientre, apenas plano, como hecho exclusivamente para concebir. Lo bello de su ombligo, y su estómago suave y pequeño, sin un gramo de más. Y sus pechos, grandes, suaves, redondos y provocativos.

Uno se preguntaba cómo es que ella cerraba sus sostén a veces. Su cuerpo era pequeño, daba la apariencia de ser frágil y se calentaba con mucha facilidad. Ella siempre se excitaba por una pequeña caricia, mucho más con todo lo que había esperado con ello.

No quise resistirme ni un momento.

Kurimo estaba en extremo contenta de que yo pareciera no poder resistirme a su encanto femenino tampoco.

–Me has hecho tuya… convertiste mi jaula… en nuestro nido de amor. –

Aclaró Kurimo. Algo me decía, que ella planeaba quedarse, por un largo tiempo.

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