Acto Sexto: Los Sempais inútiles que tenían buenas intenciones.

Modo Noche

Kaseitokinboshi

Acto Sexto: Los Sempais inútiles que tenían buenas intenciones.

Ya está la receta.

Vamos a añadirle una última cosa. No es causa de la catástrofe, pero la magnificó.

¿Qué tal ahora una pequeña dosis de desastres naturales?

Ni siquiera tuvo que ser un gran desastre, uno pequeño fue suficiente para que el efecto de nuestra idiotez se amplificara cientos de veces.

Hablo de la avalancha en la carretera. Por la noche, hubo una pequeña avalancha en la carretera, que arrancó varios postes de luz y dejó el sitio intransitable. No lo repararían hasta el lunes.

La clase de problema que no importaría mucho de no ser porque estábamos a punto de un colapso social.

Lo digo porque a la mañana siguiente, mientras los chicos tomaban palos, cadenas, material sacado de los clubes, y varias otras cosas que usarían como armas en caso de un enfrentamiento, las chicas hicieron lo mismo.

Ordenes de Karahara.

Ahí fue cuando algunas chicas y algunos chicos desertaron de sus respectivos regímenes, si es que les podemos llamar así. Es que era una completa locura. Pero siendo francos, no huimos por eso. Huimos porque lo que estaba pasando daba miedo. Esa es la realidad.

Los que escapamos, lo hicimos porque de algún modo alcanzamos a vislumbrar que era algo muy serio. Temíamos por nuestra seguridad. La cobardía, no la razón, nos salvó el pellejo.

Igual me alegro mucho de estar vivo, sano y salvo.

Pero para los demás era tarde.

Muchos de ellos realmente creían que el otro les apuñalaría por la espalda si se daban la vuelta. Esa era la situación en la que estábamos cuando, llegó el informe. No se podía volver a casa ahora.

Estaríamos atrapados hasta el día lunes.

––––––––––

Era sábado.

Para cuando Amizura se puso de pie, la situación era tan precaria que ni siquiera pudo acercarse para intentar calmar las cosas. Las cosas escalaron sin control después de eso.

Lo primero que ocurrió fue que los chicos comenzaron a salir del dormitorio armados. Aquello asustó a las chicas, es decir, eran casi setecientos chicos en el plantel, todos con palos, bates de béisbol, cadenas y esas cosas. Tiene que haber sido aterrador.

Fue en ese momento que las chicas comenzaron a poner algo en el medio de la escuela.

Hicieron una especie de muro a través de la escuela. Usando algunos muebles de la escuela, los sacaron de los salones y comenzaron a colocarlos en medio del patio. Poco a poco se notó que estaban haciendo un muro. Cuando estuvo listo, colocaron guardias en él.

Los chicos lo tomaron como una afrenta. Ya para ese momento, yo me había decidido a escapar, pero todavía no estaba seguro de cómo hacerlo. No podía salir simplemente al descampado. El estacionamiento y la carretera estaban allí, pero ¿Qué tan lejos podías llegar?

Por si aquello fuera poco, se escucharon aullidos de lobos durante la noche. Normalmente ni siquiera te preocuparías por ello. Bastaba con quedarte dentro del plantel y los guardabosques harían el resto.

Los pocos maestros que estaban en el plantel acudieron por supuesto. Pero ahora nadie confiaba en ellos, nadie los respetaba. ¿Por qué iban a hacerlo?

No pudieron imponer orden, porque ahora solo la fuerza tenía voz allí. Los maestros eran tres. Los alumnos eran más de mil quinientos.

Quisieron calmar a las chicas primero. Y fueron acusados de propiciar al acoso, a la violencia, y de desoír sus quejas. Arrestados al instante y encerrados en el cuarto de servicio, hasta que, según dijeron las chicas, llegara la policía.

Yo estaba presente cuando arrestaron a uno. Estaba más asustado que enfadado, lo admito. Lamento lo que le pasó. Lo golpearon en el estómago y en el rostro. Lo ataron de manos y lo patearon mientras lo conducían al almacén del gimnasio. Le escupieron y le arrojaron cosas mientras lo arrastraban.

Imagino que ellos, al igual que muchos, intentaron llamar a la policía, pero… con la avalancha, no había gran cosa que se pudiera hacer. No había carretera para llegar. Las patrullas se quedarían atascadas a media carretera.

Los chicos se acercaron al muro que estaban construyendo las chicas y recibieron algunos palos. Así fue como comenzó.

Azumo había prometido que devolvería el golpe.

Lo cumplió.

En respuesta, tres de ellos golpearon a una chica.

No había marcha atrás ahora.

La golpearon en el estómago, como si no fuera una chica en absoluto. No la lesionaron ni le rompieron nada, tampoco golpearon su cara. Pero esto estaba totalmente fuera de control.

La chica fue llevada por sus compañeras a la enfermería, mientras las chicas comenzaban a gritar. No es como que hubiera una enfermera, por cierto.

Una de ellas quiso clavar su palo puntiagudo a uno de los chicos. El chico le quitó el palo y lo rompió frente a ella.

Cuando Karahara se enteró de que los chicos realmente habían golpeado a una chica, se puso loca de furia. Las chicas le demandaron una solución, pero fuera de usar más violencia, no había gran cosa que pudiera hacer.

Ella sabía que si intentaba usar la violencia masiva en ese momento, sin ninguna razón, sería culpada de lo que pudiera pasar. Si no hacía nada, también la culparían.

Las chicas lanzaron piedras a los chicos que se acercaron al muro.

Le dieron a uno en la cabeza.

No podían llevarlo a la enfermería, porque estaba de su lado del muro.

Imagino que del otro lado tiene que haberse visto igual que para mí. Esto iba directo al desastre, pero no podíamos hacer nada para evitarlo ahora. La cosa se puso peor cuando una de las chicas desapareció. Mizumi, creo que se llama. No la vimos más.

Creo que ella estaba intentando huir de esto, pero a diferencia de mí, el miedo era tanto que, simplemente se decidió a salir al descampado.

Pero como ahora todas las chicas estaban con Karahara, o eso era lo que ella decía, culpó a los chicos de su desaparición.

Quizá de no haber estado tan empecinada en el problema que tenía, habría pedido ayuda, y habríamos hecho patrullas para ir a buscarla. Eso era lo que teníamos que haber hecho, si la nieve y el odio no evitaran que pensáramos con claridad. Hubo algunos otros altercados a lo largo del muro. Todos con los mismos resultados.

El caso era el mismo siempre. Se gritaban cosas, una chica o un chico arrojaba algo, y terminaba en un enfrentamiento de cinco o seis de cada uno, con algún herido.

Una pequeña nevada detuvo las cosas.

Es la calma que antecede al huracán.

Todos volvimos a los dormitorios. Se inició una especie de reunión general de emergencia, pero con varios heridos, la mayoría de los chicos ahora solo pensaban en golpearlas.

Ahora querían hacerlo.

Hasta allí, fue uno de los Sempais más razonables que pudiera haber.

Pontaru–Sempai.

Pontaru–Sempai siempre había abogado por las chicas, a pesar de que Naoko Sempai terminó con él luego del incidente de Nokuro en el baño, él siguió protegiéndola de alguna forma. De hecho, fue él quien encerró a Segaki Sempai luego de que la novia de este inventó esos rumores sobre ellos.

Había hablado con Amizura para tratar de llegar a una solución razonable.

Era alguien que tenía toda la voluntad, pero ya no los medios para detener la catástrofe que se avecinaba.

Pontaru–Sempai fue con Azumo.

–Esto está completamente fuera de control. –

Se quejó.

–Tienes que detenerlo. –

Advirtió luego, Azumo miraba por la ventana, esperando cualquier señal de movilización.

–No puedo. Tu mejor que nadie lo sabes, Karahara está forzando mi mano. –

Respondió Azumo. Pontaru negó con la cabeza.

–Eso es lo mismo que ella dirá si se lo preguntas. –

Se quejó Pontaru–Sempai.

–Tal vez, eso no lo hace menos cierto. –

Respondió él. Hubo la última señal. Más concretamente, cuatro chicas. Llegaron hasta la puerta del dormitorio de los chicos, la nieve estaba terminando. Era un comunicado de parte de las chicas.

Decía:

Tienen veinticuatro horas para abandonar el plantel o habrá violencia.

Enviar ese comunicado la colocaba en ventaja, es cierto. Quería que pareciera que ella había dado la opción de evitar la violencia. Ya lo hemos dicho, Karahara tenía la firme idea de que nosotros teníamos a la chica.

Aquello debe haber sido demasiada presión.

Pero Azumo solo lo rompió.

–¿Lo ves? Todo aquello era solamente una patraña para atacarnos, y si no hubiéramos estado listos nos habrían cogido desprevenidos. Al menos estamos preparados. –

Respondió Azumo.

Otros Sempais y otros alumnos apoyaron el plan de Azumo de usar la violencia. Pero Pontaru insistió en que aquello estaba mal, terriblemente mal, y lo estaba, pero cuando terminaran esas veinticuatro horas, las chicas vendrían con su gas pimienta y sus palos puntiagudos, y no se iban a detener.

Habría muertos.

No recuerdo que veinticuatro horas hubieran sido tan largas antes.

–¿Eso es lo que quieres? ¿Ir a la cárcel? –

Preguntó Pontaru.

–¿Y qué esperas que haga? ¿Qué harías tú? –

–Puedo convencerlas de no hacer esto. Puedo hacerlo. Dame autoridad para negociar. –

–Si puedes convencerlas, solamente de dejar sus armas. No habrá ni un herido más. –

Por supuesto que Azumo también balanceaba la posibilidad de lo que ocurriría después, si sobrevivía, iría a la cárcel ¿No es cierto? Por haber estado al mando y haber permitido que esto pasara. Y por extraño que pueda sonar ahora, él no quería eso.

Solo tenía que esperar a que finalizara el año y se largaría de allí.

Pero si se acercan hasta donde tú estás, con un arma, la única respuesta lógica es defenderte.

Y si las chicas venían hasta el dormitorio de los chicos, con armas, por fuerza estos tenían que defenderse. Es lo natural.

–¿Es una promesa? –

Preguntó Pontaru.

–Lo es… solo si puedes convencerlas de dejar sus armas. De otro modo, responderemos con todo lo que tenemos. –

Dijo.

–Si se niegan, si aún ahora se niegan, entrégale esto. –

Dijo. Extendiéndole un sobre de papel. Pontaru lo tomó en silencio, lo miró por un momento, y asintió.

Cosa curiosa, es que nadie, absolutamente nadie, le mencionó a Azumo en ese momento que todo se trataba de aquella chica… Mizumi. Tal vez si alguien le hubiera dicho, él habría entendido que su agresividad se trataba de que ellas creyeron que Azumo había mandado secuestrar a una chica en medio de la conmoción.

Pero, como dije, es mala suerte.

Porque como no sabía lo de Mizumi, entonces para Azumo, se trataba de una amenaza sin sentido, y por ello, premeditada mucho tiempo antes de que esto comenzara. Es decir, que tenía razón. Que la amenaza era el objetivo, no una consecuencia, y que ellas realmente querían hacer daño a los chicos desde el principio.

–Haz que te acompañe gente. –

Comentó.

En ese momento, yo vi la oportunidad perfecta para salir. Quería estar fuera del dormitorio.

–Yo iré. –

Y por eso fui. Como nunca había tenido novia ni nada, no pensaron mal de mí.

Mientras tanto, los demás comenzaron a tomar sus armas. Se prepararon lentamente para lo inevitable, por mucho que a Pontaru Sempai le pesara.

Y ahora que las chicas estaban tan enojadas, no quedaba más que responder con la misma moneda, aunque no quisieras hacerlo. No se van a detener a preguntar, ya no.

¿Qué más puedes hacer si no lo mismo? No va a haber ayuda, nadie va a venir.

Y posiblemente incluso si la hubiera tardaría horas.

Y sin embargo, Pontaru–Sempai consiguió el permiso de Azumo para ir a buscar a la líder de las chicas y detener esto. Y digo que es importante, porque se le dio a Pontaru la opción de prevenir esto de un solo golpe, si las chicas accedían a dejar sus armas.

Eso era todo lo que tenía que pasar.

Ellas enviaron a la chica del club de debate, Sazanagi Sempai para hablar con Pontaru Sempai, porque no podían permitir que un chico se parara cerca siquiera de Karahara Sempai. Aun así, se les prometió que no les pasaría nada en tanto las veinticuatro horas de tregua estuvieran presentes, siempre y cuando no intentaran nada malo.

Hasta allí fui yo, acompañando a Pontaru Sempai. Nos recibieron en uno de los salones que solía ser de ciencias.

Allí, Pontaru se inclinó ante Sazanagi. Ella lo miró como si se tratara de un bicho raro.

–Por favor… son chicas. Si no se van ahora…¿Qué pensarán los maestros? ¿Qué pensarán sus padres? ¿Qué pensará la policía? –

Preguntó Pontaru Sempai.

–No me amenaces… es por su culpa que tenemos que hacer estas cosas. No puedo hacer nada. –

Respondió Sazanagi–Sempai.

–No se supone que sea así, son chicos, y ustedes son chicas, van a salir lastimadas, ¡Esto no es un juego! Vamos a calmarnos y hablarlo. ¡Por favor! ¿Podrías solo detener esta locura? –

Pontaru Sempai tenía lágrimas en los ojos y estaba gritando.

–No puedo. Se terminó el tiempo de hablar. Entreguen a Mizumi y lárguense, o habrá violencia… –

Respondió Sazanagi–Sempai. Pontaru Sempai hizo una amplia reverencia, puso su cabeza en el suelo, llorando.

–Nosotros no… Por favor, te lo ruego… si haces esto, no habrá marcha atrás, será mi fin y tu fin, será el fin de la escuela ¿Entiendes? Puede que haya quien muera… Te lo suplico en el nombre de todo lo que es bueno y justo… detén esta locura. –

Sazanagi–Sempai lo miró y dijo:

–No puedo. –

Pontaru Sempai se puso de pie entonces. Se limpió las lágrimas y sacó un papel de su bolsillo.

Se lo extendió a Sazanagi–Sempai.

–¿Qué es esto? ¿Una nota de amor? –

Preguntó ella, mirándola por ambos lados.

–Una declaración de guerra. Los chicos hacemos eso cuando vamos a lastimar a alguien. –

Dijo y se dio la vuelta, batiendo la cabeza con pena.

–Ni siquiera sé cómo le voy a explicar a los demás que realmente golpearemos a las chicas. –

Comentó. Y salió del salón.

Tal y como había prometido Sazanagi–Sempai, las chicas permitieron que Pontaru Sempai abandonará el salón sin hacerle nada.

Al día siguiente, la escuela estaba en llamas.

Cuatrocientos estudiantes estaban heridos de gravedad.

Muchos murieron.