Haru no Yurei V3 C23

Modo Noche

haru

Capítulo 23: Acuerdos y Desacuerdos.

Me acerqué a Akane, que era quien estaba más cerca. Mizore miraba todo aquello confundida. Lamentaba mucho que la primera escena que ella viera en esta casa fuera una mujer llorando frente a sus hijas. A las que por cierto, ella no conocía.

–¿Qué ocurre? –

Pregunté a Akane, ella encogió de hombros.

–No estoy segura. –

Respondió en voz baja. Mizore dejó su bolsa y se acercó a la señora por la espalda. Kurimo me explicó a mí.

–Cuando nosotras bajamos ya estaban así. Estábamos haciendo limpieza y tocaron el timbre. Akiyama–chan y Minase–chan bajaron porque estaban más cerca… luego llegaste tú. –

Es decir, la señora acababa de llegar. Sanae la miraba con coraje. Volteó a verme a mí por unos momentos. Kurimo señaló a Mizore.

–¿Ella quién es? –

Preguntó.

Iba a decir algo cuando Akane intervino.

–Ven… yo te explico. –

Dijo y fueron a las escaleras. Una vez allí, Akane llamó a Mizore. Me quedé en la sala con las hermanas y su madre.

–Alguna de las dos puede explicarme ¿Por qué su madre está aquí llorando? –

Pregunté. Minase suspiró. Sanae me miró con coraje e iba a decir algo cuando la señora habló.

–Disculpa las molestias… mis dos hijas están aquí, así que vine… Mi marido… creo que tiene una amante… –

Explicó, con las manos temblorosas.

–Sí, bueno… no me sorprende. –

Respondió Sanae. Minase la miró enojada.

–¿Onee–chan? –

Preguntó. La señora miró a Sanae y se puso a llorar de nuevo. No quería involucrarme en esto pero no creo que hubiera opción.

–Pues tiene razón. –

Dijo Sanae, con los brazos cruzados.

–Sanae… basta… –

Advertí. Ella me miró ultrajada, pero guardó silencio.

–Sólo tienes que pedirle el divorcio… –

Dijo Minase, acariciando el hombro de su madre.

–Yo no puedo hacer eso… no puedo… –

Se quejó la señora entre lloriqueos. ¿Cómo es que Sanae podía mirar esto y no dolerse de ella? No lo sé, pero mantuvo una expresión fría. A mí me daba lástima.

Avancé un paso hacia ella.

–¿Cómo sabe siquiera que su esposo tiene una amante? –

Pregunté. Por lo que sabía, él no era esa clase de persona. Al menos lo que yo conocí de él… el hombre adoraba a su esposa y a sus hijas. Fui echado de mi trabajo anterior por ello. La señora Akiyama me miró, e hizo lo que nunca pensé que haría una señora de su edad: una pataleta.

–¡Lo sé! Los vi hablando. A esa señora siempre le ha guastado mi marido… va allí a ofrecerse con sus faldas cortas y ese perfume barato. –

Se quejó ella. Luego se puso a llorar.

Si yo creía que Sanae era una llorona esto sirvió para demostrarme lo contrario. Daba pena verla, una señora normalmente tan orgullosa y sofisticada, llorando como una niña pequeña.

Suspiré y me llevé una palma a la cabeza. Minase acariciaba el hombro de su madre. Sanae la miraba de mala manera de todos modos.

Me senté en el sillón que estaba frente a la señora y volteé a ver a Sanae.

–¿Y tú por qué estás enojada? –

Pregunté.

–No es culpa de mi padre que mi madre haya sido tan mala con él… –

Se quejó Sanae, yo suspiré. El señor nunca dio ningún indicio de ello.

–¿Has pensado que tu madre podría estar asustada en este momento? –

Pregunté, la señora me miró ofendida, pero no pudo contradecirme. Me recargué en el sillón y miré a la señora Akiyama.

–Mi marido es… es… es todo lo que tengo… –

Dijo y volvió a llorar. Minase me miró como esperando a que dijera algo. Yo no era demasiado cercano con la señora, así que no sabía si podía decirle algo en realidad, o si tenía derecho de hacerlo.

Pero ya que yo conocía al señor, pensé que estaba bien si al menos podía confirmar lo que estaba diciendo, o simplemente admitir que eran sospechas.

–Akiyama–san… puede que no tenga derecho alguno de decir esto, pero… ¿Usted vio algo? Me parece un poco… increíble que usted venga y me diga esas cosas solo así. Yo conocí a su marido. No me parece ese tipo de persona. –

La señora me miró y negó la cabeza con un chillido. Su llanto se detuvo, yo continué.

–¿Puede ser que lo esté malinterpretando? Es decir… no está bien que yo le diga esto… pero el señor parecía muy enamorado de usted. –

Fue tan gracioso… y tan bello… como si le hubieras dicho a una niña perdida que su padre está esperándola y que en realidad nunca estuvo perdida.

–¿Tú… tú crees eso? ¿Él dijo eso? –

Preguntó ella.

–No exactamente… no es como que pudiera hablar directamente de esto con su esposo, pero… bueno, es que siempre parecía pensar en usted. –

En eso no le estaba mintiendo para nada. La señora Akiyama temblaba por los espasmos que el llanto le había provocado.

–¿Puede decirme qué pasó? –

Pregunté. Tal vez, estaba viendo cosas que no son verdad. Eso también podía ser, no la culpaba si así fuera, pero seguro que es tan pronta a sacar conclusiones como sus hijas.

–Pues yo… verás… yo… –

Enrojeció y tuvo que recomponerse para seguir hablando.

–Pues… la pasé bien con él anoche y… –

Sanae se enojó. Ah, así que todo comenzó con eso ¿eh?

–¿Solo eso? ¿Es todo lo que puedes decir? –

Se quejó, yo volteé a mirarla. ¿Esperaba que su madre ventilara esas cosas frente a desconocidos?

–Sanae, no estás ayudando. –

Me quejé, ella guardó silencio. Su madre la miró enojada.

–¡No me pidas imposibles! –

Se quejó la señora con su hija, luego trató de recuperar (en lo posible) la compostura.

–Bien… el caso es que, bueno… estaba un poco… agradecida esta mañana, y pensé en llevarle algo de comer, y bien… hablar con él un poco. Y cuando llegué… estaba esa… mujerzuela allí y hablaba con él… él sonreía… él ya no me sonríe a mí… –

Volteé a ver a Minase, Minase me miró a mí, y encogió de hombros. Era extremadamente irracional, yo creo. Mizore y Kurimo bajaron juntas ahora. Al menos ya se conocían. Akane hablaba por teléfono ahora.

–¿No le parece que es un poco precipitado? –

Pregunté, ella negó con la cabeza.

–Tú no entiendes… él solía sonreírme así todo el tiempo… decía cosas lindas, tomaba mi mano… yo no sé qué hacer… ¿Qué haré si él está enamorado de otra mujer? Yo… no quiero… –

Dijo la señora, a punto de volver a llorar.

Sanae se pasó en ese momento.

–Tal vez tiene que ver con el hecho de que has estado rechazándolo consistentemente desde que yo puedo recordar. –

Dijo. La señora volvió a llorar, diciendo “lo siento” un montón de veces. Yo me puse de pie y me paré frente a Sanae.

–¿Quieres parar? –

Pregunté, estaba comenzando a molestarme, más que nada porque entendía perfectamente que esto era una competencia por ser el centro de atención. Y no era el momento.

–No… –

Le puse una mano en el hombro, y sin avisar le di un beso en los labios. Sanae se quedó paralizada, Minase se rio y la señora Akiyama ahogó un grito.

–¿Por qué hiciste eso? –

Se quejó Sanae, roja de la cara y alarmada.

–¿Está bien ahora? –

–¡No! Tú… no puedes hacer eso… eres… un… –

Volteó a ver a Kurimo, quien esperaba que dijera una mala palabra, supongo. Como no pudo, se dio la vuelta y se fue corriendo, subiendo las escaleras.

–Lamento eso, pero si no lo hago no va a dejar de molestar. –

Me disculpé con la señora, quien seguramente no estaba acostumbrada a ver esa clase de cosas, mucho menos a sus hijas.

–Eres un desvergonzado. ¿Cómo puedes hacer eso en público? –

Se quejó la señora. Mudé el tema para que se enfocara, antes de llevar la conversación por donde no debería ir.

–Sobre lo que dijo antes, yo ya había escuchado cosas así. Quizá no es del todo falso.  –

Comenté, hablaba de que la señora rechazaba constantemente los acercamientos de su marido. Puede que el señor estuviera enamorado de ella, pero si todo era como me lo imaginaba, bueno, es que obviamente tienes que buscar qué hacer en esa situación.

–Pues es que… hay cosas más importantes… yo no puedo solo… dejarlo hacer lo que quiera… –

Se quejó ella. Fue Minase quien la corrigió.

–Para nosotras tal vez… para ellos no… –

Kurimo se acercó a su amiga y asintió con la cabeza. Mizore solo miraba.

–Los hombres viven con eso en la cabeza. –

Asintió Kurimo. Era gracioso ver a una jovencita de catorce años decirle eso a una mujer adulta a la cara.

–Bueno, no es que mi padre sea diferente… –

Comentó Akane, alguien que sin duda habría compartido el punto de vista de la señora cuando recién la conocí. Aunque si me lo preguntan, ellas dos eran mucho más pervertidas que yo.

–Sí, pero… es que… había niños pequeños en casa… No podía exponerlos a eso… y luego… crecieron y… –

Se quejó la señora, Minase negó con la cabeza.

–Tal vez deberías ser más abierta con él, y es todo. De ese modo, nadie podría quitártelo… –

Comentó ella.

–¿Más abierta? –

Preguntó la señora, mirando a Minase. Ella asintió, luego me miró.

–Di la verdad… ¿Qué piensas cuando ves a mi madre? –

Preguntó Minase. Esta niña es muy inteligente, y sabe llevar la conversación hasta el punto que ella quiere. Decidí seguirla. Akane dejó el teléfono ahora.

–Pues… que es tu madre. –

Respondí, porque la señora estaba mirándome feo.

–Sí, pero… ¿Qué más? –

Preguntó.

–Bueno… resulta un poco… intimidante. –

–¿Por qué intimidante? –

Preguntó la señora, poniéndose de pie inmediatamente, me hundí en el sillón. Creo que eso demostraba mi punto, pero no lo hice a propósito. Akane intervino.

–Grande, educada, bella, con dinero… seguro que resulta demasiado alta. ¿No es cierto? –

Preguntó Akane, Minase asintió.

–No comprendo de qué hablan… –

Se quejó la señora.

–Tal vez lo que Otou–san necesita… sentirse en control de la situación nuevamente… como anoche… –

Dijo eso último con evidente desagrado.

–Dices que… ¿Debo dejarlo hacer lo que quiera? ¿Qué va a pensar de mí? –

Pregunté.

Akane suspiró.

–Mi padre y usted son tan parecidos… tan rectos y duros… eso nunca llega a ningún lado. –

Se quejó Akane, Kurimo volteó a verla, es que estaba hablando del novio de su madre. La señora también volteó a verla. Es que… tenía un delantal.

–No es mucha la experiencia que tengo, pero… todo comenzó a ir mejor con mi esposo cuando dejé esos complejos de lado. La verdad es que esa idea de que los hombres pensarán mal de una es mentira. –

Explicó Akane. Kurimo y Minase asintieron con la cabeza. Mizore sonreía.

–Tu voz me suena familiar… ¿De qué esposo estás hablando? –

Preguntó la señora, conmocionada porque aquí había cuatro chicas jóvenes… y solo un chico.

–Bueno… él… –

Dijo Akane sonriendo.

–Creo que, me voy a desmayar… –

Comentó la señora. Quizá entendiendo más de lo que le gustaría. Minase le puso la mano en el hombro.

–Cálmate Okaa–san… –

Dijo.

–¿Cómo me voy a calmar? ¿Qué me están diciendo aquí? ¿Todas están con este… monstruo? ¿Mi hija está incluida? –

Preguntó la señora. Kurimo detuvo aquel reclamo.

–Somos felices. –

Dijo ella con cara seria.

–Más felices que yo… –

Una nube negra se apareció en la cabeza de la señora Akiyama al tiempo que admitía eso.

–No se trata de eso, Okaa–san. –

Minase corrió a tratar de recuperar el ánimo de la señora, que se desplomó casi de inmediato.

–No pierda. –

Apuntó Kurimo, al parecer, apoyaba a la señora, quizá se identificaba con ella de alguna manera. Akane también apuntó.

–Sólo tiene que demostrarle quién es su esposa y por qué. Es simple. –

Dijo ella. Creo que a su manera, y dentro de sus limitaciones, como la edad y esas cosas, Akane entendía el miedo de la señora. Mizore se acercó.

–Los hombres quieren algo lindo que romper… si se lo da… él se quedará con usted. –

Dijo. Ese era el consejo de su madre, uno de todos los que le dio. Yo sonreí.

–No entiendo qué es lo que eso quiere decir. –

Respondió la señora, Minase se aseguró de que la señora la mirara y le sonrió

–No necesitas más que acercarte a él… Otou–san te quiere, yo lo sé… solo recuérdaselo. –

Le dijo, la señora batió la cabeza.

–Yo no sé qué es lo que ustedes están diciendo. –

Se quejó, no creo que no supiera, más bien seguía negándose rotundamente a entenderlo.

–Sé honesta. –

Dijo Minase. Kurimo giró la cara.

–El burro hablando de orejas. –

Dijo, era la primera vez que yo veía a Kurimo burlarse de su amiga. Minase le miró feo pero no dijo nada, suspiró y le habló a su madre.

–Mira, juega a lo que él quiere, ¿bien? Eso es todo lo que tienes que hacer… entiendo cómo te sientes, a mí tampoco me gusta eso, pero a ellos les gusta. –

Y me señaló, enfadada, no sé si con Kurimo o con su madre.

–Pensará mal de mí… –

Lloriqueó la señora. Minase se desesperó.

–Toshikane–kun… ¿Piensas mal de Onee–chan? –

Preguntó Minase.

–Bueno, no, a decir verdad no puedo pensar mal de ella… –

Respondí. Minase alzó las manos al cielo.

–¿Lo ves? Es todo… llamaré a Otou–san y le diré que vas para allá. –

Dijo, tomando el teléfono.

–¡No! No estoy lista… –

Se quejó.

–¡Por eso! Solo tienes que ir… –

Se quejó Minase. Kurimo le puso una mano en el hombro.

–Minase–chan, cálmate… seguro que ella no lo ve tan fácil como nosotras. –

Explicó.

–Es que, ¿por qué les gusta eso? –

Se quejó Minase, revelando tal vez el verdadero problema que ella tenía con el asunto. Ambas voltearon a verme, y la señora me miró también. Tuve que enrojecer, es decir… ¿Qué me estaban pidiendo que admitiera?

–No es que sea solo eso… –

Repliqué.

–Sí, claro… –

Respondió Minase. Ella llevaba algún tiempo enojada conmigo por algo.

–Es que, cada quien tiene su manera, si me lo están preguntando por la señora, solo pienso que si tu padre se enamoró de ella, fue por algo… –

Expliqué.

–Algo muy parecido a lo que tú tienes con Onee–chan… –

Se quejó. Kurimo soltó una risita. La señora se levantó y se hincó frente a mí, aquello fue una sorpresa.

–Dime la verdad… tú… no piensas mal de Sanae, ¿cierto? Aun con todas… las cosas vergonzosas que escuché… tú… no la desprecias. ¿O sí? –

Negué con la cabeza. La señora comenzó a perder la compostura en vergüenza y timidez.

–Si… yo fuera… parecida, tú no piensas que mi marido me despreciaría, ¿cierto? –

Preguntó. Yo hice algo que jamás pensé que haría.

Acariciar su cabeza. Ella bajó la cabeza y lo permitió.

–Bueno, a decir verdad yo no conozco a su marido, no sé cómo piensa, lo único que digo es que no es así como funciona. Si uno está enamorado realmente no va a rechazar a su esposa. Y si algo sé, es que su marido la quiere. No sé qué tanto ni cómo lo demuestre, pero es así. –

Expliqué, eso hizo que la señora se calmara y se sentara, Minase hablaba con Kurimo.

–Toda mi vida me han tratado como si fuera yo una muñeca. Desde que nací. Mi madre ni siquiera me gritaba, y mi padre cumplía mis caprichos al pie de la letra. Así es como me crie. Y así fue como crie a mis hijas. Al principio suena bien, pero el hecho de que todos te traten así, significa que nadie se vuelve cercano a ti. Mi marido fue el primero a quien no le importaron esas cosas. –

Explicó ella.

–Pero poco a poco… mi esposo se volvió igual que mi padre a medida que Sanae crecía. Cuando yo lo conocí… bueno… él era muy insistente… pero conforme mis hijos crecieron, los rechazos comenzaron a bastar para que se detuviera. Yo no quería que se detuviera… pero nunca se lo dije… –

Parecía que me estaba contando la historia de Sanae aquí. A ella le iba mejor, pero… en cierto modo tenía razón, yo estaba dejando de insistir a Sanae.

No dije nada y la dejé continuar.

–Por eso es que me enojé porque hicieras esas cosas. No es que no sepa lo que pasa o que sea desconocido para mí… admito que estoy un poco celosa. Cuando llegué a casa… yo… llegué pensando en esas cosas, llegué pensando que no debería reprimirme más… así que hice lo que nunca había hecho antes… y… me ofrecí. –

Explicó. Podría freír un atún en su cabeza ahora mismo.

–Ni siquiera sé por qué estoy contándote esto. Supongo que confío más en ti ahora de lo que confío en mí misma. Yo… Emm… verás… puedo llegar a decir algunas cosas extrañas… y bien… soy muy rara con esas cosas… y pensaba que, tal vez mi marido… pues piensa eso. –

Más o menos imaginaba de qué me estaba hablando aquí. Tal vez el caso es que era tan submisiva con el sexo como Sanae. Recordaba ahora la llamada que le hizo a Minase. Tiene sentido que te excite un comportamiento diferente al que todos tienen para contigo. Akane es el ejemplo perfecto de ello.

Si todos trataron siempre a esta mujer con ese respeto reverencial, bueno, tenía sentido que se enamorara del único que no quiso reverenciarla.

–Tal vez él quiere una mujer ahora… tal vez todo ese acto de niña malcriada lo tiene harto… tal vez por eso dejó de insistir… él es el único al que he amado siempre, él es el único que me gustó realmente, el único hombre en mi vida… lo juro… yo… no quiero perderlo… –

Explicó, estaba a punto de ponerse a llorar de nuevo.

–Akiyama–san… –

–Kurenae… –

Corrigió ella. Nunca había escuchado su nombre, pero era lindo.

–Como dije, Kurenae–san. Yo no tengo la seguridad de decir la verdad. Lo único que puedo decir, es que, estoy seguro de que las cosas no son tan malas como usted las piensa. Los hombres somos así, no puede hacerse nada. No creo que esté harto o que lo haga alguna vez… tal vez él cree que usted se hartó de él. –

Expliqué. Ella extendió las manos.

–¡No! Yo… estoy enamorada de él… sigo enamorada como cuando lo conocí, eso no ha cambiado para nada… pero no sé cómo decírselo. –

Akane soltó una risita.

–Solo vaya y dígalo… –

Dijo ella. Creo que todo este asunto de que el señor engañaba a su mujer, era más producto del miedo que algo real. Quizá ella había pensado demasiado en estas cosas.

–¿Y si me es infiel? –

Preguntó. Mizore suspiró, llevaba callada un buen rato.

–¿Y qué si le fue infiel? –

Preguntó.

Todos, incluyendo la señora Kurenae volteamos a verla.

–¿Cómo que qué? –

Preguntó Minase, enfadándose.

–Sí… ¿Qué? ¿Lo va a dejar? Acaba de admitir que no lo va a dejar. ¿Va a enojarse con él? Adelante… hágale un escándalo para que corra a meter su cara en medio de las piernas de otra… –

Dijo Mizore simplemente. En cierto modo tenía su lógica.

–Oye. No sé quién seas pero no puedes hablar de mi padre así… –

Se quejó Minase. Esta vez fue la señora Kurenae quien puso una mano en el hombro de Minase.

–No estoy hablando mal de nadie. Solo digo que si quieres conservar a un hombre, no puedes enojarte con él por cada pequeña cosa. –

–Una infidelidad no es pequeña. –

Se quejó Minase.

–Nadie aquí ha dicho que el señor sea infiel realmente, pero incluso si lo fuera, eso solo significa que hay que esforzarse más para regresarlo a su lado. Si te enojas con él por eso, solamente los vas a alejar, y las otras se aprovecharán para quitártelo. –

Repuso Mizore. Yo sonreí. Sin duda toda esa idea era producto de la vida en la que se había criado, bastante diferente de las demás, diría yo.

–¿Dices que está bien tolerar esas cosas? –

Preguntó Minase enfadada.

–Digo que hay muchas que quieren lo que es de una. Y que enojarte puede ser un grave error. –

Replicó Mizore.

–Creo que tú y yo no podemos entendernos. –

Minase se dio la vuelta cruzando los brazos.

–Ya basta las dos. No pueden estar peleando por esto. –

Repuse yo. La señora Kurenae miraba a Mizore de forma extraña, pero al parecer ella no se dio cuenta. Yo me puse de pie.

–Yo pienso que lo que hay que hacer aquí, es limpiar sus lágrimas, pintarse de nuevo e ir a buscar a su esposo. Si él hizo algo o no lo hizo, no tiene importancia. El problema aquí es que la señora no está segura de tener un lugar en la vida de su esposo. Y eso no está bien. Solo hay que ir y es todo. –

Insistió Mizore. Yo me llevé la palma a la cabeza.

–Ya lo dije, el señor ama a su esposa. No va a engañarla así como así… pero en eso Mizore tiene razón. Creo que es algo que Kurenae–san tiene que comprobar por sí misma. –

Todas esas razones pusieron un poco de calma y decisión en el quebradizo espíritu de la señora.

–Es cierto… yo… tengo que ir a buscarlo… tengo que hacerlo, ¿no es cierto? –

Preguntó la señora, con la cabeza baja, le estaba costando un poco decidirse.

–¿Cómo puedo… agradecer? –

Preguntó la señora, iba a decir que no hacía falta cuando Minase intervino.

–¿Por qué no me llevas contigo para que Toshikane–kun pueda continuar con su vida? –

Preguntó ella, aunque era muy obvio que ella no quería estar aquí. Kurenae–san miró a su hija y luego volteó a verme a mí. Yo sonreí.

–Puede que tu madre vaya a estar un poco ocupada. –

Comenté, Minase cruzó los hombros.

–¿Eh? ¿Por qué? –

Preguntó Minase haciendo una pataleta. Como si no lo supiera. A mí me pareció un poco… intrusivo de su parte, pero no dije nada. La señora tomó la bolsa.

–No preguntes. Tengo que irme. Quédate con tu Onee–chan esta vez. –

Le dijo la señora.

–No quiero… –

Replicó Minase. De pronto la casa se llenaba más y más de gente.

–Si te quedas te llevaré mañana al centro comercial. Promesa. –

Ofreció la señora, mientras se limpiaba la cara y usaba un pequeño espejito para maquillarse. Minase parecía que iba a negarse una segunda vez pero Kurimo le hizo una seña para que fuera con ella y le habló al oído.

La señora se fue después de eso. Yo suspiré y tomé la maleta de Mizore.

–Vamos… te mostraré tu habitación. –

Le dije a Mizore y ella asintió y me siguió. Kurimo y Minase se quedaron hablando de algo. Al subir las escaleras, me encontré con que Sanae estaba mirando a escondidas. Puse una cara seria cuando la vi.

–Recordaré esto Sanae. –

Le advertí. Ella guardó silencio, mirándome por unos momentos, luego echó a correr y se encerró en su habitación. Luego de eso guie a Mizore a la última habitación que tenía libre. Esta iba a ser de ella.

–Es aquí… –

Le dije. Bueno, esta era la que en algún momento fue la recámara de mis padres. Yo no había vuelto a entrar aquí pero al parecer, las chicas la habían mantenido limpia, cosa que le faltaba bastante porque se llenó de polvo con todos esos años de no usarse.

Ahora mismo, incluso las ventanas estaban abiertas.

Mizore fue al armario y lo abrió.

Aparte de una caja con algunas cosas, no había nada más allí.

–¿La preparaste para mí? –

–Bueno, yo no la preparé, no es eso… –

Respondí. Como he dicho antes, tienen que haber sido ellas quienes limpiaron. No creo que hayan limpiado pensando en que Mizore llegaría, pero incluso las sabanas estaban limpias.

–¿Quién ha sido entonces? –

Preguntó Mizore.

–Yo creo que fue alguna de ellas. –

Respondí.

–Oye… verás… yo estaba preguntándome… si no podía ser tu habitación… hablo de que… ya sabes… –

Explicó. Creo que se refería a lo que ocurrió la última vez que ella estuvo en mi habitación.

–Ya no es mi habitación, se la di a Sanae. –

Expliqué, rascándome la cabeza.

–¿Y tú donde duermes? –

Preguntó Mizore, sorprendida y contrariada (avergonzada también), yo suspiré.

–Bueno, cuando Kurimo y Sanae llegaron aquí, Akane me ofreció un trato, ella no iba a divorciarse de mí, y a cambio, yo solo puedo dormir junto a ella. –

Expliqué.

–Una pena… –

Respondió Mizore, luego se sentó sobre la cama.

–La cama está suave… ¿quieres usarla? –

Preguntó ella.

–¿Ahora? –

Pregunté, Mizore sonreía.

–Bueno, ya que no puedes dormir aquí… creo que solamente queda una forma de que la uses… –

Comentó Mizore, dirigiéndome una mirada traviesa. Yo me acerqué a ella.

–¿Y cuál es esa? –

Pregunté, ella me dio un beso fugaz en los labios, luego se separó y tocó mi cara.

–No sé… Qué tal si me enseñas ¿Para qué usas tú esta cama? –

Preguntó ella. Esta vez la besé yo. Estábamos felizmente entretenidos cuando abrieron la puerta. Era Kurimo.

–Akane quiere que tu nueva esposa vaya con ella de compras. –

Dijo ella simplemente, sin inmutarse. Yo suspiré.

–Y tengo algo que decirte… –

Agregó Kurimo. Mizore suspiró también. Y se levantó. Podía verse que no estaba contenta con la interrupción, pero es que ella tenía que llevarse bien con las demás.

–Está bien… supongo que podemos seguir luego… –

Dijo Mizore y salió del cuarto.

Kurimo se quedó allí por unos momentos, sin decir nada, pero no se fue, después de un momento fui yo quien habló.

–Dijiste que ibas a decirme algo. –

Comenté. Kurimo se dio la vuelta.

–Ahora estás molesto conmigo. Que sea después… –

Yo me puse de pie y fui hasta donde Kurimo.

–No es que esté molesto contigo, no me agrada ser interrumpido, que es diferente, pero si eso es lo que Akane dijo, pues no hay nada que hacer. –

Tal vez Akane intuyó que esto pasaría y mejor se la llevó de compras. Eso bien puede ser.

Ahora que lo pienso, supongo que Mizore necesitaría sus cosas. Los hombres no pensamos en esos detalles a menudo, pero que yo recuerde, lo mismo sucedió cuando Sanae y Kurimo llegaron también.

Compras son la orden del día.

–No estoy molesto contigo. ¿Quién ha dicho algo como eso? –

Pregunté, Kurimo encogió de hombros.

–No sé… me mirabas de mala manera hace un momento. Perdón por tener que interrumpir tu momento. –

No sonaba a disculpas para nada. Iba a hacerlo, iba a acercarme y a besarla… pero eso puede ponerse muy mal. Sonaba a una trampa para mí. Casi pude escuchar en mi cabeza el reclamo de “No te importa quién sea mientras se acueste contigo” o alguna tontería de esas.

–Bueno, es cierto que no me agrada ser interrumpido. Pero no es algo que tú decidieras, ¿O sí lo fue? –

Pregunté, parándome al lado de ella. Kurimo negó con la cabeza.

–Entonces ya está. Me molestaré después con Akane por esto. No es tu culpa después de todo. –

Expliqué. Kurimo por fin asintió y me sonrió. Tengo la impresión de que me evité un problema de los grandes, no ahora mismo, pero sí en una semana o dos.

Salimos de la habitación y cerré la puerta detrás de mí. Al fondo del pasillo, Minase y Sanae estaban peleando.

–Ven… –

Dijo Kurimo, tomándome de la mano y llevándome a su propia habitación. Yo me dejé llevar. Quizá era algo privado que ella quería hablar. Y lo era, solo que no del modo que yo esperaba.

–Minase–chan está enojada contigo… –

Comentó en voz baja una vez que cerré la puerta detrás de mí. Ella fue hasta uno de los pequeños muebles y tomó un vaso, que luego me extendió.

–¿Quieres té? –

Preguntó ella, pero yo ya había tomado el vaso. Asentí con la cabeza. Se dio la vuelta luego, sin mirarme.

–Cuando… tú me conociste… estábamos haciendo cosas. ¿Recuerdas? –

Preguntó Kurimo.

–Claro que lo recuerdo, te enfadaste conmigo porque no quería acostarme con Minase. –

Respondí, Kurimo se separó dos pasos de mí y se sentó en una almohada que tenía allí. Me invitó a sentarme con una seña en otro cojín.

–Dime algo… la razón por la que no querías, ¿es porque no te gusta? –

Kurimo hablaba como si fuera la hermana mayor de Minase. Se me escapó una risa de incredulidad al tiempo que pasaba el té y negaba con la cabeza.

–No se trata de eso… –

–Ahora has traído a esa… Mizore a la casa. Yo sé que era tu novia, pero Minase–chan no sabía nada. –

Explicó Kurimo. Serena y fría. Incluso daba un cierto aire maternal aquí. Como cuando tu madre te regaña porque estás excediéndote con las golosinas.

–¿Dices que Minase está celosa de Mizore? –

Pregunté. Aquello era algo nuevo para mí. Apenas se vieron dos segundos.

–No estoy segura de que así sea, lo único que sé, es que Minase te quiere, y tú continúas ignorándola. Me hace sentir culpable a veces, y seguro que a su hermana mayor también. –

–Minase no me quiere a mí, puede que esté enojada porque realmente no le presto demasiada atención, pero no me atrevería a llamarle “cariño” a eso. –

–A veces eres muy listo, y otras veces muy tonto. –

Respondió Kurimo. No me enojé, porque no pensé que ella me lo diría. Fue toda una sorpresa.

–¿Por qué otra razón una mujer aceptaría esas cosas y aún se quedaría? Incluso la señora se dio cuenta de ello. No la dejó por casualidad. –

–Su madre tiene otros asuntos… –

Respondí. Era obvio para mí que la señora tendría una noche ocupada. Kurimo negó con la cabeza, pero se resignó de intentar convencerme de algo que realmente no tenía mucho sentido.

Puede que ella supiera más por ser su amiga, eso también lo tomaba en cuenta, pero creo que Kurimo estaba viendo estas cosas como algo que no estaba allí.

–Quiero que hagas algo por mí. –

Dijo finalmente. Yo tomé del vaso que me dio y asentí, para mostrarle que estaba escuchándola.

–Quiero que tengas una cita con Minase–chan. –

Dijo Kurimo. Yo suspiré. No podía negarme, ¿o sí podía? No, no podía. Aunque como dije, creo que ella estaba forzando un poco las cosas. Si Minase estaba de acuerdo…

–Mañana es su cumpleaños, y quiero que ese sea su regalo. ¿Puedes hacerlo por mí? –

Preguntó Kurimo.

–Si es después del trabajo. –

Respondí.

–Su madre la llevará al centro comercial por la mañana, imagino que compraran mucha ropa y accesorios y esas cosas. Después de eso, me gustaría que pasaran una velada juntos. Eso es lo que quiero que hagas. –

Es decir, que yo estaría en el trabajo mientras Minase estaría con su madre. Eso estaba bien para mí.

–El té que te estoy dando es especial… mi madre me dio la receta. –

Dijo después. Llevaba medio vaso.

–¿Qué quieres decir? –

Pregunté. ¿Qué clase de “especial” era este té?

–Bueno, creo que deberías ir a atender a Akiyama–san, que en estos momentos está triste. Y si todo es como yo pienso que es, tu esposa va a necesitar que le reafirmen su lugar luego. Puedo encargarme de que Minase–chan no moleste, y contarle que has dicho que quieres una cita con ella mientras tanto. –

Aquello me golpeó duro. Pero tenía razón, me sentía diferente. Tenía que ser este té. No diré que me sentía con las ganas enteras de lanzarme sobre Kurimo ahora mismo, pero sí estaba mirándola diferente.

–¿Te dejas fuera? –

Pregunté.

–No es eso. Es que yo… te decepcioné la última vez. Y te prometo que no volverá a pasar… pero necesito tiempo. Te prometo que seré una mujer digna de ti, solo… dame tiempo. –

Al parecer, a Kurimo también le gusta hacer planes por su cuenta.

–Estás segura de que… –

–No voy a negarme, sabes que no puedo hacerlo… pero por un lado, quiero ser empática con Minase–chan, si lo hago ahora, ella pensará que le estoy dando las sobras. No quiero que ella piense eso de mí. Por otro lado, seguro que te decepciono de todos modos. Tu esposa dijo que me ayudaría… deja que eso pase, y no volveré a decepcionarte. –

Explicó Kurimo y se puso de pie. Yo miraba su trasero al pasar, pero no dije nada. No sé, creo que tenía ganas de hacer todo como ella quería.

Yo me puse de pie entonces. Al parecer me esperaba una tarde y una noche agitada, pero no me quejo. Iba a salir cuando Kurimo me sostuvo del brazo.

–Una cosa más… no le digas nada a Minase–chan, quiero decirle que has sido tú el de la idea. –

Explicó Kurimo, yo asentí.